lunes, 14 de noviembre de 2016

Adios al feminismo

comienzo con la escritura de un libro que vengo pensando hace un tiempo ya
aun no definí mucho nada
pero voy colocando aquí algunas intuciones
espero sean de su agrado


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Empecé como empezamos todas. O eso me cuento a mi misma, es decir, me lo creo. Tengo un hermano 5 años mayor. El trato era ostensiblemente diferencial. En todo. Los regalos, el afecto, el apoyo, la motivación, la atención, la cantidad de comida, la libertad tanto de expresión como de acción, siempre más y mejor. Él era considerado bello, inteligente, capaz, digno de confianza, apriorísticamente poseedor de posibilidades y potencias a las cuales no solo yo no podría acceder, sino tampoco debía. Así se me informó de algo que todavía no era del todo capaz de abarcar pero que sentía en cada nervio. Un mundo diferenciado por una matriz de inteligibilidad que por un lado, te hace decodificar una cierta información de cierta manera, por el otro, te hace producir efectos materiales mediante acciones y palabras sobre una potencia insondable e indefinible de antemano sin experimentación. Mi familia, como todas, era uno de los dispositivos o equipamientos privilegiados para construirme como lo que somos todas: cuerpas dóciles, expropiadas de nuestra capacidad de acción, aparición y reacción; agentes de control entre nosotras mismas.
Por supuesto, no hablaba así en esos años.
Mis palabras eran las propias de un paradigma moderno decimonónico. Incluso cuando las abandoné al hacerme de instrumentos más sofisticados, su subjetividad permaneció por un tiempo. Hoy, de hecho, creo que esa subjetividad de la buena conciencia opera incluso bajo la imagen construida con un lenguaje de quirófano digital. Calculo que no deja de ser un fenómeno moderno. Tal vez sea por eso menester abandonarlo como quien deja una máquina obsoleta en el limbo entre lo inútil/inutilizable y lo que aun no es antigüedad, ni reliquia, ni vintage. Una “lata”, como un disquette pero con menos esperanzas hipertélicas. Quienes crean que basta con modificar su lenguaje para seguir habitando ese mundo ya perimido excepto como baluarte de programa de estudios organizado por fechas cronológicamente, se olvida de cuál es el ícono de la multicorporación Windows para hablar de “guardar” o “salvar” algo.
Durante años todas, y todavía la mayor parte de nosotras, cree en este sintagma como un “movimiento”, algo que se “mueve”, que “avanza” y “crece”. Efectivamente el uso de esas colocaciones habla tanto de qué tipo de máquina estamos hablando como de cuándo fue construida y cómo opera. Mi pregunta es distinta. Yo quiero saber si en realidad no ha sido todo esto una trampa hacia la que querían que fuéramos con nuestro propio pie so pretexto de obtener lo mismo que tenían ellos. Hasta que lo tuvimos.
Y todo empeoró.
Al fin de cuentas, quien se propone hacer justicia con toda la fuerza de su espíritu para darle algún sentido a su muy menospreciada vida lleva consigo el germen de lo que sin lugar a dudas dará a luz un juez. Recordemos, entonces, que fueron jueces, con una ofensiva legal y vehiculizados por las mejores de las intenciones (evitar el daño a terceras partes, acorralar quienes atenten contra el bien común encarnada en la verdad de aquellos años, y dar paso a esa ferocidad llamada progreso, pero también ciencia y avance y modernidad, donde nos encontramos hoy) quienes torturaron, violaron y quemaron a esa construcción o efecto del poder conocido en la actualidad bajo la romántica re-apropiación de “bruja” mientras cobraban un sueldo con el beneplácito de la comunidad o el miedo, que a veces tiene la misma forma. Qué se puede esperar de alguien o algo así además de escarnio, vituperio, oprobio, ostracismo, excomulgación, aislamiento, expiación, sacrificio o linchamiento.
El hecho que el mundo del cual una parta no sea mejor, no hace a este donde una se encuentra menos malo.
Ese estado permanente de indignado uso lexical de historias ajenas para el automarketing donde se encuentran una gran parte de las supuestas visibilizaciones de abusos, violaciones, cacerías de mujeres, expresadas desde un así llamado feminismo, no resiste ni los mínimos requerimientos, no digo literarios de lo que se suele llamar la literaturiedad, esa materia o sustancia cuasi insondable de la que se supone está hecha la narración escrita, sino de la catharsis. No creo en lo auténtico. Pero si en lo verosímil. Esas lágrimas derramadas en letras por otras ni siquiera conjuran el miedo de no querer ser la próxima, son como las de Andrea del Boca; mezcla de chiste con mala actuación.

Decir todo esto te convierte en bruja o monstruo. Y ya sabemos que nos caracterizamos por querer destruirnos las unas a las otras y lloraronas solo cuando estamos asesinadas de maneras cuanto mas morbosas mejor. Y solo a veces. Otras veces somos referidas por académicas como alguien que “no supo leer su contexto”. En el barrio eso se dice “le cabió”. Le cabió que la maten, la violen y la torturen.  

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