jueves, 17 de noviembre de 2016

Adios al feminismo 3. Teoría de la mala víctima

No hay nadie con quien razonar.


Quiero que te veas a acá, quiero que lo sientas, bajo la piel, a todo galope, campo traviesa, el fuego de la ansiedad de tu ira al verte retratada como una de las exterminadoras. Te crees buena. Te crees del bien. Te crees exenta. El mal es banal, el bien lo vehiculiza. Lo sabe South Park, lo sabe Black Mirror, lo sabe the Walking Dead, lo sabe American Horror Story. Lo sabe todo el mainstream de la tele cool de USA. Vos no te enteraste. Hacer el bien es de rati, poli, cana, yuta, cobani, tira, madero. Decile como quieras. Sos el juez de las conductas de las demás. Yo estuve ahí. También fui juez. Tal vez lo siga siendo porque la trampa del bien es no poder decirle que no. Incluso cuando proferís el speech anti moral, moralizás. Quiero que cada una de uds se encuentre acá en estas páginas. No voy a pedirles perdón, no voy a reconciliarme, ni siquiera voy a defenderme, no voy a aclarar, ni a dar testimonio, ni a presentar pruebas. Voy a atacarles volviéndome espejo de cómo uds actuaron. Y actúan. Voy a lograr que atenten contra la libertad de expresión y tengan que vivir con ese peso. Aunque no haya salida. Aunque las mismas que me enseñaron a poder ser no solo mala sino también peor hoy les abren las puertas de los juzgados a quienes violaron. Tengo la capacidad de verlas como lo que son. Verlas como no quieren ser vistas. Verlas agarradas a la almohada llenas de pavor, orinadas en las lágrimas de su crisis personal de mujer que se avejenta en la cual se metieron sin ayuda por no quedarse solas, por ser buenas feministas, buenas madres de familia, tener un marido o una marida. Finalmente, están solas. No se tienen ni a si mismas. Cada día más absurdas. Cada día más obsoletas. No voy a rogarles que se detengan. Tampoco me voy a detener yo. Te hablo a vos, y a vos, y a vos. Vos sabés a quien le hablo. A las que cambiaron de nombre, a las que cambiaron de bando. Las resentidas, las reactivas, las inactivas, las asalariadas estatales que el coágulo cerebral y el envejecimiento precoz les detonó la misoginia que ya portaban hasta el punto tal de apoyar incodicionalmente lo irrefutable. Cada quien denuncia como puede. Algunas, se abstienen. Todas tememos. Pero quiénes instigan el abuso, quién alienta el linchamiento, quién empuja hacia el suicidio, quién exige y demanda los nombres que te suben al cadalzo, quién te acorrala. Todas las que me quisieron coger y no pudieron. Todas las que mande a la mierda -volvería hacerlo-. Todas las que me deben algo. Todas las que les escribió el libro. Todas las que mejoré la lección que me enseñaron. Todas las que superé como enseñantas. Todas ante cuya directriz no me hinqué. Todas las que se detestan a sí mismas por eso detestan. Soy ellas las que podrían haber sido y no fueron. Todas las que taponan su malestar con su dinero. Todas las que sienten vergüenza de aquello por lo cual yo recibo dinero. Todas las que desean mi puesto por eso me lo intentan hacer invivible, malograrlo. Todas las que anhelan sus 5 segundos de atención en su vano intento de denigrarme. ¿Cuál es el valor de lo que disputa esta partida como para justificar a cara lavada sin filtro solar la violencia extrema, el asesinato, el suicidio social abierto y descarado por medios legales? Están encalladas en imperativos epistemológicos occidentales pokemones recolectoras de opresiones que se conviertan en jerarquías de superioridad moral e inocencias desde donde pontificar con mayor cizaña la verdad, la vida, la justicia, el camino. En un mundo donde las alianzas no son cómodas ni alegres, mixtas y monstruosas, juegan a Jesús. Van a tener que convivir con eso. Aunque quieran continuar creyendo en el bien. Agentes zombificadas por el terror que les produce no solo no haber podido, sino también saber que existe la posibilidad que no lograron. Son la ley de vagos y mal entrenidos. Son el terrorismo de estado. Son las encargadas de castigar cualquier tipo de protesta con respecto a lo que no realizan. Son las porteras de las puertas del cielo que generan sospecha sobre los aspectos más corrientes de vidas cotidianas que no van por la autopista donde manejan sus privilegios. Son las perseguidoras de los fallos que derivan en el acontecimiento de la subversión. Son quienes batallan contra el mundo de la presencia. Son la producción de un dispositivo de diseño emocional para producir la negación del acontecimiento. Son la personificación del juicio a la inversión moral. Son la prueba viviente de que la mala reputación alcanza para ser criminalizada, sancionada, sometida a control de calidad. Son la pira que enciende la llama donde se forja el ideal de feminismo actual domesticado. Son las funcionarias de su propio rencor. Son las amigas de los varones y cuando a la noche intentan dormir saben, porque lo saben, que están muertas.

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