lunes, 18 de julio de 2016

Putas: feministas en el exilio

Putas: feministas en el exilio

Leo Silvestri, para mis compas putas pro sex


"Un movimiento que comenzó diciendo que la biología no es destino ahora tira a la basura a transexuales y celebra la conexión "natural" de las mujeres con la tierra y las cosas vivas. Un movimiento que produjo la liberación de lxs niñxs ahora tira a la basura la posibilidad de tener jóvenes amantes muchachos y favorece el paso a leyes sexuales dignas del legista ateniense Draco que asigna condenas más fuertes por tener sexo con un menor que por robo a mano armada. Un movimiento que desarrolló un análisis del trabajo doméstico como tarea no remunerada y reconoció que las mujeres usualmente comercian con sexo porque eso es lo único que tienen, ahora se enrola en los escuadrones del vicio para sacar a las prostitutas de la calle. Un movimiento cuya literatura temprana fue habitualmente considera obscena y prohibida de la circulación ahora hace campaña para deshacerse de la pornografía. Lxs unicxs pervertidxs sexuales que este movimiento apoya son las madres lesbianas, y sospecho que lo hace debido a la propaganda actual que sostiene que las mujeres comprenden una fuerza nutricia y sanadora que salvará al mundo de la energía masculina destructiva."
Pat Califia






Uds. probablemente no necesiten ser sensibilizadas acerca del trabajo sexual. Probablemente uds, sepan ya que el trabajo sexual abarca una gran cantidad de prácticas desde asistentes sexuales, escorts, gente que trabaja en privados como recepcionistas o limpiandolos, personas que trabajan en el porno delante y detrás de cámara, camgirls, hasta Trabajadoras VIP, bailarinas de caño y strip tease, imprenteros o personas que subalquilan espacios etc. Efectivamente, el sexo es una industria, como muchas otras, por ejemplo la del rescate, montada sobre el cuerpo mismo de las mujeres. Que una esté de acuerdo en la abolición del trabajo, no debería ser lo mismo que la abolición del trabajador. En ese sentido, si vivir del cuerpo de una mujer -porque lo único que importa en este tema de la trata es la mujer cis o trans para las así llamadas rescatistas- entonces tanto la industria del rescate, como los talleres de trata con fines de explotación sexual pagos, o la violencia obstétrica y la familia nuclear toda deben ser considerado proxenitismo.
Probablemente uds. sepan que abolir el capitalismo nunca se trató de abolir a los individuos que nacieron en él, sino por el contrario, partir de la situación para generar el cambio. Por caso, hagamos cuentas: ¿Si soy psicóloga y vivo en un tres ambientes y alquilo uno de los tres ambientes para el ejercicio de colegas soy acaso proxeneta? ¿Si tengo un domicilio (o lo alquilo) y cuando estoy de viaje se lo alquilo a otras personas para que allí vivan y/o trabajen soy acaso proxeneta? ¿Si alquilo un salón para eventos, o reuniones empresariales, preparo el lugar para que esté todo en orden y a cambio cobro soy acaso proxeneta? ¿Si soy una señora anciana, con una jubilación de mierda, y alquilo a jóvenes estudiantes una o varias de las habitaciones de mi casa a cambio de dinero soy acaso proxeneta? ¿Si fundo un instituto de inglés y contrato (haciéndoles facturar para mi) a profes de idiomas a quienes envío a casas particulares y/o empresas para que impartan una clase y yo me quedo con un porcentaje de esa ganancia en concepto de hacer la publicidad, conseguir las clases, tener los contactos, tener el material para que se den las clases, capacitaciones varias etc. soy acaso proxeneta? ¿Si tengo a mi cargo las carreras de actrices, artistas, la venta de sus cuadros, sus contratos en obras de teatro, cine y televisión, la carrera de escritores, soy acaso proxeneta? Entonces, ¿ por qué cuando una es una Trabajadora Sexual ya un poco mayor, que no tiene ganas de trabajar tanto o simplemente no puede, y comparte su espacio por un dinero a cambio, a trabajadoras sexuales más jóvenes, se la persigue como si se tratara de una un fiolo viola mujeres? Ciertamente, si uds. me preguntan conviene realizar la labor mejor paga en el menor tiempo posible para no vivir para trabajar sino que trabajemos para poder vivir, hasta que podamos no trabajar más cuando el capitalismo ya no exista.
Tal vez uds ya se dieron cuenta que a la trabajadora sexual, como vemos, se le exige el infinitamente más que a cualquier otra persona: que su trabajo sea autónomo -cuando la gran mayoría trabajamos bajo condiciones de explotación y dependencia salarial-; que le guste y que lo ame -cuando trabajar es siempre una catástrofe-; que haya elegido voluntariamente su profesión -cuando las posibilidades de elegir son más bien acotadas y cuando la noción misma de elección en nuestro mundo es una ficción-. Y si pasa las 3 preguntas de la Inquisición abolicionista luego se dirá de ella “es una privilegiada” o “no ejerce”. Toda elección es problemática porque una elige lo que sabe elegir y desconoce aquello que es invisibilizado para que exista, y porque elegir siempre supone hacerlo dentro de un set delimitado de posibilidades. Y esto aplica también a ser mamá, tener pareja, y ser heterosexual. Así, una es socializada desde antes de nacer para que un tendal de tareas sean hechas gratis, vocacionalmente y por amor, se nos enseña que el dinero es sucio, que trabajar es honrado y decente, que el sexo es por amor y gratis, que si somos mujeres debemos cuidar de lxs más peques de la casa, y de lxs enfermxs, que la docencia y el servicio son propio de nuestro sexo, que es más débil, y por eso, porque nuestras labores son más hermosas, debemos aguantarnos menos respeto o menos retribución monetaria, porque en realidad es vocacional. Somos varias las que creemos que la vocación es un invento burgués, como la Coca Cola y Papá Noel, y cualquier actividad que sea recreativa o por ocio parecería ser que debe avergonzarnos cobrarla o pedir una remuneración, un encuadre y un cierto enfoque. En el capitalismo, el salario nunca es justo pero te da entidad como trabajadora, y ser trabajadora es exigir un cierto respeto, un dinero, un horario y no permitir que nadie se pase de listo, desestigmatizar. Cuando no es un oficio, entramos en el mundo de quien no tiene entidad, y puesto que es un hobby, o un lujo recreativo, puede ser tomado de la manera que se le cante a la otra parte, o casi. Ningún trabajo es digno, sino que tiene momentos de dignidad y enriquecimiento, como dice la feminista Sylvia Federici. Se trabaja porque sin eso no hay manera de vivir, aunque la paradoja sea que el trabajo nos quita vida. Ciertos prácticas, como el trabajo sexual, pero también podría ser el docente, o el doméstico o el de enfermería y cuidados, son estipulados como necesidades internas, naturales de las mujeres, destinado a no ser remunerado, o a serlo a muy bajo precio, con condiciones subhumanas, sin derecho a réplica. Nos preparan a las mujeres para estas labores en estas condiciones mediante mitos tales como “el amor” o “la vocación” o “la trascedencia”.
Uds. probablemente ya se percataron de que aquello que no se puede patologizar está siendo criminalizado. Ya saben que las salva-putas anti-patriarcado trabajan, muchas veces de maneras para nada inocentes, con la finalidad de diagnosticar, victimizar y confundir el trabajo sexual con la trata de personas con su moral hegemónica que nunca se pone a rescatar, oh casualidad, mujeres en talleres clandestinos o chupadas para sustracción de órganos, o que nunca están haciendo en las comisarias cuando se llevan detenida a una compañera trabajadora sexual callejera.
Probablemente, muchas de uds. ya leyeron a Preciado y saben que todo trabajo es sexual, y que no existe en nuestro mundo tareas que no sean realizadas generizadamente o generizadas para su realización. La que cobra por lo que sabe hacer, por su arte, la que tarifa su labor simboliza la pérdida de la condición de mujer como producto del capitalismo, como dato biológico transparente, que naturaliza la entrega por nada a cambio, a cualquiera. Es por eso, entre otras cosas, que se nos denomina cuando no criminales, enfermas y locas; así se le permite al Estado y su aparato represivo la única interveneción que la buena conciencia feminista celebra, pese a que en nuestra sociedad, son muchos los trabajos que están regulados estatalmente y mediados por los sindicatos. Sorprendentemente, en el caso del trabajo sexual, el Estado, con todo lo que implica, solo debe formalizar una relación con la trabajadora sexual en términos de salvataje y rescate; es decir, aquello que no es criminalizable (como no lo es el trabajo sexual) entonces será patologizable: se trata de mujeres confundidas, locas, enfermas, a las cuales, mediante la labor mancomunada de las asistentes sociales y las psicólogas del ministerio de justicia, se las remueve de su trabajo haciéndolas entrar en razón y se las reinserta en un mercado laboral digno y decente, como ser el trabajo doméstico, muchas veces realizado para feministas, cajera de supermercado, vendedora de tienda, entre otras maravillosas tareas femeninas que el beneplácito de la buena conciencia estima una obra de bien. El capitalismo nos obliga a todas a comerciar con nuestro cuerpo, no hay tarea que no sea física, y no hay espacio que los poderes no hayan penetrado, no lugar que no sea sexual, no hay cuerpo que no haya sido subjetivado y por ende, generizado, no hay trabajo, incluso el más independiente de ellos, donde en algún momento no haya alguna especie de concesión o renuncia al control. De hecho, todo esto es propio de los intercambios, todos, dentro y fuera del mundo del capitalismo, incluso, porque no hay relaciones sin conflictividad, y esto es realmente interesante y hasta tal vez deseable para generar resistencia y anticuerpos. La asimetría es inherente a toda condición, especialmente, la condición laboral. Será tal vez por eso que algunas de nosotras sostenemos que trabajar es siempre una gran mierda. Sin embargo, en si misma la asimetría no conduce a la dominación aunque puede bien producir un cierto tipo de resentimiento, pero no nos vuelve apriorísticamente esclavas privadas de nuestra libertad. La asimetría forma parte de las relaciones de poder que no es externo y opresor. La asimetría no es dominación de la misma manera que el poder no es el despligue de su fuerza, y por si no se dieron cuenta explotación es sinónimo de trabajo por algo este último término deriva de tripalium, método de tortura para esclavos romanos.
Uds tal vez ya sepan que el campo cultural está en las calles de los barrios marginalizados y menos pudientes, ya sepan que oponerse al reconocimiento del trabajo sexual es perder la perspectiva no solo de género sino también de clase y migración dado que muchas trabajadoras sexuales llegan hasta nuestra región o no pertenecen a las clases sociales que gestan discursos que solo benefician la clandestinidad, la deportación, el cierre de fronteras, etc. Y en ese sentido ni la regulación ni su contrario son la panacea pero las involucradas en la cuestión así lo desean y por ende, es menester si no apoyar al menos no obstaculizar su reclamo.


Hoy hablo, entonces, no para enseñar nada, sino como colaboradora de AMMAR y como compañera de las putas. Hablo porque como muchas de uds, más de una vez literalmente cobré por mis servicios sexuales y me harta llevar eso como una cruz o una carga, o una vergüenza, porque quiero que se me reconozca como mérito haberme lanzado a la experimentación del trabajo sexual en algún momento para no hablar, como hablan otras feministas, sin saber de qué estamos hablando, sin haber pasado por ahí. Hoy hablo también como discapacitada legalmente reconocida gracias a una ley que admite daños viscerales, que no sabemos cuánto tiempo más resistirá esta nueva gestión. Como discapacitada, ni especial ni diferente a ustedes, algún día tal vez requeriré asistencia, que perfectamente puede llegar a ser, por qué no, sexual; y quiero que cuando ese día llegue haya personas dispuestas y felices de realizar su labor sin ser perseguidas, estigmatizadas o exterminadas. Hablo más allá de toda ley, porque considero que son todas tramposas, dictadas por el mercado. Creo fervientemente en los cómo, cómo encontrarnos, cómo organizarnos, cómo hermanarnos, cómo tener espacios de contención ante tanta discriminación, estigmatización, marginalización, hostigamiento y represión que vivimos tanto las trabajadoras sexuales como quienes nos solidarizamos y trabajamos junto a ellas (investigadorxs, abogadxs, personas que respaldan su trabajo, y demás individuas que depende del trabajo sexual para tener un derecho inalienable como es el ejercicio de la sexualidad segura y placentera). Producto del hostigamiento, la indiferencia, la hegemonía del discurso abolicionista, muchas personas que eligen esta profesión deciden no exponerse. Esperamos que podamos dar la discusión no solo acerca del trabajo sexual, sino del trabajo sexual como experiencia autogestiva no idealizada sino mostrando los paralelismos con otros trabajos (y su explotación intrínseca y propia al trabajo y especialmente al capitalismo, y no a lo sexual) para que otras se atrevan a manifestarse. Esperamos un cómo hacer las vidas más vivibles de las putas y sus aliadas, cómo reconstruir la ternura, cómo hacer a un lado los egos, cómo poder simpatizar y empatizar con quienes de un modo u otro estamos privadas del monopolio legitimo de la hegemonía que no es simplemente no ser cis varón o cis mujer, también significa poder sentarse a comer en cualquier lugar sin que sea una cuestión épica en términos de dinero y de salud.







Lo cierto es que frente al prohibicionismo hay que hacer alianzas porque quieren aterrorizarnos, con prácticas que lindan con lo mafioso, como escraches, enunciados sacados de contexto, montajes, amenazas de muerte, linchamiento y encarcelamiento con el beneplácito de las personas que callan o no les paran el carro; pero sabemos que se trata de “decorado y cartoneo de protagonismo” al decir de la number one, Moria Casán y su humor que tanto bien nos hace a las putas y pro-putas, que no es lo mismo que putas pro, hay que aclararlo. Todas tenemos nuestras ideas, opiniones y prácticas, no obstante no conozco ningún otro caso donde todo una facción de mujeres se una para remover de las calles y abolir algo que un colectivo entero pide. ¿Acaso se armó un frente para evitar la ley de identidad de género, so pretexto de que podría derivar una reterritorialización del binomio heteronormativo o por las dudas, para evitar que algún día tengamos policía trans o mala praxis en operaciones de reasignación de sexo que condujeran al suicidio de algunas compañeras? ¿Acaso alguien se organizó, excepto la extrema derecha, contra el matrimonio igualitario o la unión civil, puesto que ambas podrían ser consideradas re-afirmaciones de el “legitimo organizador de la sexualidad”, al decir de Foucault, o una promoción de derechos pequeño-burgueses que solo aplican a personas con trabajos en relación de dependencia y propiedades? ¿Si se considera que el trabajo doméstico es una aberración que no debería existir, acaso alguien se le ocurrió militar para que dichas trabajadoras, usualmente todas mujeres, como se dice, erróneamente, del trabajo sexual, por ejemplo, no alcanzaran ni obtuvieran sus derechos ni tuvieran reconocimiento por parte del Estado? ¿O mejor aún, alguien, alguna vez, realizó una coalición con cargos públicos y alianzas políticas dentro del estado para que las amas de casas no perciban remuneraciones ni jubilación ni aportes por su labor porque mejor les convendría obtener un trabajo fuera del hogar, como estímulo y promoción emancipatorio de la mujer oprimida dentro del ámbito privado? ¿Alguien realmente piensa que para luchar contra el narcotráfico, tomemos por caso, lo mejor es no solo prohibir y judicializar, como hasta ahora, el cultivo para fines personales y/o terapéuticos, sino también la tenencia y el consumo para uso personal de cualquier psicoactivo? ¿Quién, en su sano juicio, hoy sostendría que alguien que trabaja en reducción de daños en realidad le está enseñando a drogarse a personas con consumo problemático? ¿Quién fomentó que no se impulsara una ley de reproducción asistida porque muchas de nosotras creemos, como dice Simone de Beauvoir, que la libertad empieza por el vientre, e hicimos lobby y campaña contra aquellxs que así formaron sus familias, solo porque algunas de nosotras sostenemos que la familia nuclear es opresiva? ¿Cuál de todas las socorristas de este mundo, trabaja contra la ley de aborto legal y gratuito, solo porque creemos y afirmamos que las causales para el aborto son un error y porque el socorrismo ya ha logrado que el aborto sea legal como hecho incluso en el segundo trimestre en cuerpas con úteros sin documentos? En mi ya no tan corta vida de ideas radicalizadas no recuerdo que nadie haya esgrimido críticas, objeciones, observaciones, diferencias a lo antes mencionado que llegarán al punto tal donde está el abolicionismo hoy: obturando, eliminando, y acallando a todas aquellas que no piensan igual a que trabajo sexual equivale si o si a trata y si o si tiene que ser abolido, saliendo a responder y policiar cualquier estrategia que un grupo de personas autopercibidas como trabajadoras sexuales esgrima para hacer sus vidas mas vivibles.



Cuéntenla como quieran, hablen un lenguaje “relajado”, “piola”, hablen de “está todo bien con garchar”, el totalitarismo abolicionista es fascista y demuestra a las claras el giro represivo del feminismo que, mal que nos pese, tiene una extensa tradición de no solo excluir sus voces más radicalizadas sino también llevarlas a la muerte en la miseria y el abandono, y de eso nos tenemos que hacer cargo si queremos seguir siendo feministas (solo por mencionar algunos casos podemos hablar de Monique Wittig, María Elena Oddone, Kate Millet o Shulamith Firestone). Muchas de nuestras divinidades feministas actuales han tenido vidas miserables ya no debido a “varones malos” sino debido a la injerencia de sus discursos en un movimiento con el cual hay que estar luchando todo el tiempo para que no reterritorialice lo más absurdo del conservadurismo: desde el insulto de “amenaza violeta” por parte de Betty Friedan, pasando por los 80 en la Argentina donde ninguna feminista hablaba ni de lesbianismo ni de aborto para que no sea “mal recibido” por la audiencia, como hoy muchas dirigentas de movimientos sociales se niegan a dar la discusión o a confesar que No son abolicionistas, hasta grandes personalidades que hoy leemos que fueron exiliadas y/o olvidadas. De seguir así por este carril punitivista el feminismo se suicida; y el punitivismo no es solamente lo que hacen las abolicionistas, -el punitivismo se extiende como lógica ante cualquiera que no solo levanta el teléfono para llamar a la policía sino que cree que hay quienes merecemos castigo, merecemos la judicializacion , y no nos merecemos nada más que vivir mal-, esa manera de entender la realidad, la ley y el orden es transversal a toda la comunidad LGTB y al feminismo cuando antagoniza con las involucradas en el trabajo sexual, que le otorga aún mas poder a los aparatos represivos, so pretexto, insisto, de ayudar, hacer el bien y echar luz sobre las que supuestamente no consiguen ver que están oprimidas. Así se les niega a las trabajadoras sexuales su derecho a ser y hacer lo que deseen con sus cuerpos, su existencia como sujetas políticas. Insisto, es transversal esa lógica cada vez que alguien esgrime un “que se pudra en la cárcel”, cada vez que se eleva un juicio moral y se lo deja caer sobre un cuerpo, cada vez que se entiende que la judicialización es la única manera de resolver los conflictos, cada vez que creemos que justicia es algo que pasa en la corte suprema o que está escrito en un papel llamado código penal. Este feminismo, este tipo de movimiento LGTB que se yuxtapone al abolicionismo/prohibicionismo, que cree que es lindo ver besarse a dos policías en la marcha del orgullo mientras uno le propone matrimonio al otro,  ya sea se olvidó del famosos documental Paris is Burning aunque sigan citando los capítulos del Género en disputa de Judith Butler o nunca lo vio ni estuvo ahí porque desde que el tiempo es tiempo las putas, las travas, los trolos, las trolas, las yonquis, las tortas y las anormalas hemos estado juntas y lejos de la policía. Lo único que aporta esta lógica es destruir algunos de los axiomas más importantes que históricamente, como movimiento hemos producido: “lo personal es político” y “mi cuerpo es mío”. Desgraciadamente, una palabra tan cargada de contenido histórico como “abolir”, que históricamente remitía a luchas contra la esclavitud, se ha convertido en el lexema que intenta -y muchas veces lo logra- esclavizar todavía más a mujeres.




Esta reterritorialización microfascista o fascismo posmoderno al decir de Lopez Petit que cree en lugares prístinos e inmaculados en el medio de esta guerra porque hay algo del orden del colonialismo imperial en negarles a las putas su lugar de enunciación o no incorporarlas al debate, no invitarlas a la toma de decisiones en proyectos de ley que las afectan de manera directa. El feminismo al cual yo adscribo desde que entendí su relevancia, cree en hacer las vidas más vivibles para aquellas que solo reciben de las privilegiadas las migajas de la condescendencia, la lástima o la piedad. Caso contrario, estamos utilizando el feminismo como un dispositivo potente para dar rienda suelta a toda nuestra misogonia internalizada dentro de la heterosexualidad como régimen político que no puede afectarse e incrementar la propia potencia con la libertad de las demás. Ese feminismo es un dispositivo de grupos doctrinales y adoctrinamiento para producir cuerpos docilizados. Si se trabaja contra las mujeres, cualquiera y todas ellas, no solo no es revolucionario tampoco es feminista, especialmente. El enemigo es siempre la moral, la policía del pensamiento y de las formas de vida, aquella que valora lo que no supone no debería tener precio y desprecia lo que marca su valor y exige su pago, su encuadre y su marco en el mundo capitalista. La puta, como antes lo fue la lesbiana, y en ciertas zonas aún lo sigue siendo, es la enemiga de las buenas mujeres, la roba maridos, la oprimida, la enferma (mental), la confundida, la que necesita ayuda, de las otras mujeres -las buenas señoras de su casa-, por su propio bien, porque no sabe, porque la “posta” la tienen las otras, las que saben “mejor que nadie” cómo luchar contra el patriarcado. Así el patriarcado, ese club de violadores compulsivos que violan bajo consentimiento, tal como se le dice al trabajo sexual infantilizando a las putas, se convierte en la coartada para enfrentar mujeres cuyo discurso ni está alineado con la moral de la iglesia ni el estado ni se condice con las normas de etiqueta del amor romántico y demás mitologías.



















Le temo a ese feminismo que sin darse cuenta, de tan radical o tan conveniente, de tan utópico o idealizado, juega las cartas de los intereses de nuestra propia opresión, como por ejemplo sustenta el mito de la protección o del buen marido que atrae a las mujeres hacia el matrimonio cuando sabemos que la que mayor violencia física se da contra la mujer casada, por ejemplo. No se puede condenar al patriarcado sin cambiar las instituciones que lo sustentan. El abolicionismo trabaja con un sistema jurídico, criminal, punitivista y un sustento moral de sacralidad de la sexualidad y la pareja. Y aquellos comunicados que se proponen abolicionistas contra el código de faltas, las contravenciones y las ordenazas municipales pues a ese no los vemos en las rondas con las putas ni impidiendo que la policía allane privados autónomos. Ese es el feminismo que le hace el trabajo fino a la policía y a las políticas de eugenesia que extermina la diversidad, de formas de vida y de corporalidades en pos de la salud y el bien.
Por eso, el feminismo putón, el de las putas, el nuestro, disputa la correlación de fuerzas con trabajo territorial para que un día decirse “abolicionista” sea tan absurdo como decirse racista. Entre todas las putas vamos haciéndonos un nuestro mundo feminista putón sin vergüenza que no intenta caerle bien a las carcamanas que hegemonizan la discusión y que son quienes realmente se benefician monetariamente de esta estigmatización dado que trabajan en la industria del rescate por ejemplo dictando cursos de formación para rescatistas y aparato represivo en el ministerio de justicia, entre otros trabajos que ha generado privar de trabajo a las trabajadoras sexuales. Las putas somos las feministas en el exilio, las excluidas del legítimo lugar del movimiento aunque nuestros valores sean valores de independencia económica, soberanía sexo-afectiva, autodeterminación, fuerza personal y alianzas solidarias frente a la opresión, especialmente de las fuerzas represivas, justamente porque nos hacemos valer por lo que sabemos hacer, y tenemos claro que nuestro cuerpo es el campo de batalla, la herramienta de trabajo y el arma de lucha de lucha.

Por eso es menester pensar lo político no solo como lo público, sino también como lo personal y lo privado, que es el lugar donde algunas putas y algunas docentes ejercemos, nuestra profesión, lo mejor que podemos hacerlo, pero ni por amor ni por placer, sino por dinero, hasta que el capitalismo sea derrocado. Y realmente no me explico cómo vamos a derribarlo afirmándonos en sus lógicas de gratuidad, servicialidad, ternuridad que toda mujer debe tener a la hora de realizar especialmente esas labores que son del orden del espacio privado, cuando no íntimo, y fortaleciendo la labor de los aparatos represivos estatales y arrojando a una mayor clandestinidad estigmatizante al trabajo sexual.





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