martes, 12 de abril de 2016

Amar mi trabajo, Amo trabajar en Ammar mi trabajo Ammar CTA






Cada vez que Ammar me invita a participar de una charla me es difícil no hacerlo desde mi propia experiencia personal. Yo soy docente. Doy clases usualmente grupales, organizó mis propios talleres, en base a temas que a mi me gustan. En general, asisten a mis talleres personas piolas, gente que sería mi amiga en la vida cotidiana, y que muchas veces lo son. El encuadre es muy básico. Hay un horario y hay que respetarlo. Excepto que vivas demasiado lejos de mi casa, y puesto que empiezo y termino a horario a raja tabla, y como mi departamento no tiene portero eléctrico, pido puntualidad. También la doy. He aprendido que el tiempo, mi tiempo, vale, y mucho.

El otro día, tuve un entredicho con una querida estudiante, una de esas con las que comparto cosas más allá de las clases, y que siempre nos hemos tirado, como se suele decir, muy buena onda. No se enteró que por motivos personales había adelantado la clase 30 minutos, porque no se fijó en ninguno de los múltiples avisos que hice en los distintos grupos y redes sociales que compartimos, y ninguna de las personas que toma clases con ella, con distintos grados de cercanía, le avisó tampoco, lo cual habla mal de todo el grupo. Sobre ya los 30 minutos de retraso, llegó 20 minutos más tarde de lo que usualmente sería el horario. Intenté realizar una intervención al respecto, acerca del cuidado de un espacio laboral, no obstante el encuentro terminó con un “quiero retruco de su parte”: “¿A vos te gusta tu trabajo?” A lo cual me vi forzada a contestar que obviamente lo mismo que a las demás no me gustaba trabajar y que si por mi fuera yo me dedicaría a entrenar todo el día y a leer sola en mi casa. Sorprendida, contestó que ella realmente creía que yo realizaba esta tarea por el deseo de comunicar y transmitir todo lo que sabía y había aprendido. Y aunque la palabra no fue dicha, en silencio, sobrevoló el aire: la idea romántica de la docencia por amor, como muchas otras tareas que las mujeres realizamos abengadamente, sexo, maternar, cuidado infantil y de enfermxs. Como mis grupos de estudio son en mi casa y no pensaba dejar a nadie con la última palabra en mi propio bunker que no fuera yo misma le dije que su comentario romántico, me recordaba a lo que siempre le dicen a las putas cuando las entrevistan “¿Quisieras esto para tu hija?”, una pregunta por demás injusta, que nadie le hace al barrendero, ni al minero, ni al albañil. Agregué que si a ella no le gustaba su trabajo y lo hacía por dinero no entendía por qué el mío debía ser hecho por otros motivos simplemente porque a diferencia del de ella el mío, pese a las llegadas tarde de mi estudiantes y muchas veces su falta de responsabilidad para leer o su subjetivación en la ausencia del dispositivo académico, es por lo general una tarea mucho mas grata que trabajar en una oficina, parecía ser más divertido. Empiezo por aquí porque aunque gracias a la labor de AMMAR más de una vez pienso que debería ser trabajadora sexual y me la pasaría mucho mejor, la verdad soy docente, informal, voluntariamente, precarizada y autónoma por libre elección. Pero se me antojan algunos puntos de encuentro entre mi trabajo, o mejor dicho, entre lo que mis estudiantes creen que hago, deseo y siento y lo que las abolicionistas piensan acerca del amor, el sexo y el cuerpo.

Podemos medir la fuerza de coerción de un enunciado por su capacidad de obturar discrepancias, objeciones, cuestionamientos. Tal es el caso del discurso aviolicionista que viola y vulnera, cuando no reafirma, la autonomía de las mujeres. Las tareas así llamadas “por amor” (o vocación, que es otra de las trampas del amor) y su naturalización que el discurso del abolicionismo, que cada día más se yuxtapone con -hasta volverse sinónimo de- los feminismos, en principio, obturar la historia alegre (la triste ya la conocemos hasta la lágrima y a veces son de risa) de las mujeres trabajadoras sexuales es equivalente a hacer desaparecer del mapa y perseguir políticamente a todo un grupo de personas, minoritarias o no, como si eso fuera lo relevante, porque no conviene a los intereses de una cierta facción. Del mismo modo que siempre narrar la docencia como una tarea abnegadamente feliz es el mismo truco de la maternidad maravillosa por la que aboga el capitalismo con medio millón de abortos al año. La historia de las trabajadoras sexuales siempre ha estado inscripta, como nos cuenta la lesbofeminista y ex trabajadora sexual, Joan Nestlé, a la de otras minorías sexuales, como las lesbianas, y no solo en el imaginario patriarcal y calenturiento de dos mujeres comiéndose, sino en la historia común de su persecución por otras mujeres heterosexuales, al salirse ambas de los cánones de respetabilidad de la familia nuclear y las buenas costumbres, aquellas encargadas de erradicar la posibilidad de vidas singulares a contra pelo de la cartografía del control heterocapitalista. Esa persecución también se ancla en la naturalización de ciertos mandatos como las tareas por amor y la gratuidad de los actos “más sagrados”, como por ejemplo el sexo, porque el trabajo sexual reniega del esencialismo tierno femenino mediante una agresiva libertad de estar en las calles (o en la noche), y cobrar lo que vale por hacer lo que se sabe. Al mismo tiempo, ridiculiza las instituciones sociales del amor, el romance, los sentimientos, la gratuidad, la entrega y la pareja como los mandatos sociales que son y no hechos naturales que surgen de la intrínseca bondad femenina de la producción de cuerpos docilizados.

El enemigo es siempre la moral, la policía del pensamiento y de las formas de vida, aquella que valora lo que no debería precio y desprecia lo que marca su valor y exige su pago, su encuadre y su marco en el mundo capitalista. La puta, como antes lo fue la lesbiana, y en ciertas zonas aún lo sigue siendo, es la enemiga de las buenas mujeres, la roba maridos, la oprimida, la enferma (mental), la confundida, la que necesita ayuda, de las otras mujeres -las buenas señoras de su casa-, por su propio bien. La trabajadora sexual nos increpa visualmente a deconstruir la misoginia internalizada que llevamos dentro para agradar al buen hombre-príncipe azul que supuestamente nos vendrá a proteger y rescatar, el buen compañero, que no va de putas, el supuesto hombrecito nuevo. Lo importante tal vez sea construir una nueva mujer, una que no juzgue las elecciones de sus congéneres y que entienda ciertas cosas de cómo funcionan las cosas en este sistema. Como la antigua torta marimacha, esa especie en extinción, las putas llevan el atuendo y la marca corporal, a la vista de todas, que debe ser denostada por la mujer domesticada que se cree libre. La trabajadora sexual, aquella mujer anti natural, acumula el desprecio o la piedad de la mujer decente y femenina. Sus arreglos domésticos son inaceptables e inusuales, por eso es acosada por la vigilancia y la patologización de su conducta. No obstante, la historia alegre de las trabajadoras sexuales forma parte de la historia de las mujeres y del movimiento feminista, le pese a quien le pese, donde han desarrollado una subcultura de supervivencia, como lo han hecho otras minorías que hoy son abrazadas por el movimiento pero cuya historia e interacción con el mismo no siempre fue calmo y amoroso. Por ejemplo, las mujeres trans se abrieron y se abren paso a través del feminismo esencialista mediante debate, discusión y batalla. La que cobra por lo que sabe hacer, por su arte, la que tarifa su labor simboliza la pérdida de la condición de mujer como producto del capitalismo naturalizante de la entrega por nada a cambio, a cualquiera. Es por eso, entre otras cosas, que se nos denomina cuando no criminales, enfermas y locas; así se le permite al Estado, y su aparato represivo la única interveneción que la buena conciencia feminista celebra, dado que en nuestra sociedad, son muchos los trabajos que están regulados estatalmente y mediados por los sindicatos. Sorprendentemente, en el caso del trabajo sexual, el Estado, con todo lo que implica, solo debe formalizar una relación con la trabajadora sexual en términos de salvataje y rescate; es decir, aquello que no es criminalizable (como no lo es el trabajo sexual) entonces sera patologizable: se trata de mujeres confundidas, locas, enfermas, a las cuales, mediante la labor mancomunada de las asistentes sociales y las psicólogas del ministerio de justicia, se las remueve de su trabajo haciéndolas entrar en razón y se las reinserta en un mercado laboral digno y decente, como ser el trabajo doméstico, muchas veces realizado para feministas, cajera de supermercado, vendedora de tienda, entre otras maravillosas tareas femeninas que el beneplácito de la buena conciencia estima una obra de bien, del mismo modo que una estudiante cree que una dicta taller de filosofía un sábado a la tarde antes de un examen de graduación de cinturón de arte marcial por puro placer y dedicación a lxs demás y no por necesidad económica.

Tal como la sociedad está estructurada nuestra sociedad -a veces, hay que ponerse un poquito pragmáticas-, y pese a las románticas idealizaciones de pensar que hay tareas laborales, intercambios económicos, y relaciones afectivas donde no haya explotación, domininación o juegos de poder, lugares neutros, islas donde no ocurren esas cosas “malas”, donde podemos ser por entero “buenas” y nosotras mismas, la realidad es que la explotación es intrínseca al sistema capitalista, y ocurre todo el tiempo y cada vez todas la aceptamos de un modo u otro, por conveniencia. Muchas veces conveniencia no significa sacar rédito sobre alguien sino incremento de nuestras potencias en un agenciamiento que nos hace más poderosas. Por caso, yo no estoy cobrando esta charla, y no me hace falta porque lo yo “gano” en términos de aprendizaje y de pensamiento viniendo acá y charlando con ustedes no puede ser económicamente medido. La explotación no es algo que algunas labores si tengan en sí mismas y otras no. Si digo que pagando la primera clase del curso hay un descuento, y así las cosas, alguien, sin aviso previo, sin consultar, viene a la clase y me pide al final del encuentro pagar de cualquier modo la segunda vez que venga con ese descuento, ya estamos dentro del aprovechamiento, del sacar tajada. Bienvenida amigas de la buena conciencia, las putas son las primeras que se dieron cuenta que esto es el capitalismo. Mis estudiantes, muchas veces, no. No obstante habría tal vez motivos para que yo acepte ese intercambio, con condiciones que yo no fijé ni deseo para mí, por otras razones: por ejemplo, no perder unx estudiantes, dejarle pasar alguna porque me rinde o por que viene siempre, o porque estudia y aviva el encuentro, etc. Nadie diría que es propio e inherente a mi condición docente esa situación desventajosa que yo leo como cesión de mi control, y hasta un poco abusiva. Pienso particularmente en todas y todos mis estudiantes que ya sea por omisión o conscientemente han modificado las reglas de mi juego sin preguntarme, como la pesadilla morbosa abolicionista de que a toda puta le meten la puntita y ella no puede hacer nada al respecto. Y sin embargo, son quienes tienen una mirada romántica acerca de la docencia por amor y vocación quienes usualmente, justamente debido a ese romance que confunde necesidad con vocación, donde me veo yo con la puntita adentro. Tal vez sea por eso que entonces pueden, desgraciadamente, debido a mi necesidad, sacar provecho. Y mi necesidad en nada tiene que ver con brindar un servicio deficiente. El hecho de que prefiera rascarme las axilas o fumar porro no significa que intento con mi mejor esfuerzo, muchas veces en vano, que la gente aprenda algo, que en general tiene que ver con cómo tejer redes, desmitificar y desromantizar.

Por caso, hagamos cuentas: Si soy psicóloga y vivo en un tres ambientes y alquilo uno de los tres ambientes para el ejercicio de colegas No soy Proxeneta. Si tengo un domicilio (o lo alquilo) y cuando estoy de viaje se lo alquilo a otras personas para que allí vivan y/o trabajen No soy proxeneta. Si alquilo un salón para eventos, o reuniones empresariales, preparo el lugar para que esté todo en orden y a cambio cobro No soy proxeneta. Si soy una señora anciana, con una jubilación de mierda, y alquilo a jóvenes estudiantes una o varias de las habitaciones de mi casa a cambio de dinero No soy proxeneta. Si fundo un instituo de inglés y contrato (haciéndoles facturar para mi) a profes de idiomas a quienes envío a casas particulares y/o empresas para que impartan una clase y yo me quedo con un porcentaje de esa ganancia en concepto de hacer la publicidad, conseguir las clases, tener los contactos, tener el material para que se den las clases, capacitaciones varias etc. NO soy proxeneta. Entonces por qué cuando una es una Trabajadora Sexual ya un poco mayor, que no tiene ganas de trabajar tanto o simplemente no puede, y comparte su espacio por un dinero a cambio, a trabajadoras sexuales más jóvenes, el aviolicionismo la persigue como si se tratara de una un fiolo viola mujeres? Del mismo modo, cualquier persona que consuma psicoactivos y demás sustancias por el momento ilegales, sabe que para combatir el narcotráfico, primero hay que despenalizar, cuando no legalizar. Como explica Foucault, tener una nueva relación con el consumo de las sustancias, en vez de prohibirlo como si fuera pecado. A la trabajadora sexual, como vemos se le exige el infinitamente más que a cualquier otra persona: que su trabajo sea autónomo -cuando muchas de nosotras trabajamos bajo condiciones de explotación y dependencia salarial-; que le guste y ame su trabajo -cuando trabajar es siempre una catástrofe-; que haya elegido voluntariamente su profesión -cuando las posibilidades de elegir son más bien acotadas-. Y si pasa las 3 preguntas de la Inquisición abolicionista luego se dirá de ella “es una privilegiada” o “no ejerce”.

El capitalismo nos obliga a todas a comerciar con nuestro cuerpo, no hay tarea que no sea física, y no hay espacio que los poderes no hayan penetrado. No hay cuerpo que no haya sido subjetivado y por ende, generizado. No hay trabajo, incluso el más independiente de ellos, donde en algún momento no haya alguna especie de concesión o renuncia al control. De hecho, esto es propio de los intercambios, todos, dentro y fuera del mundo del capitalismo, incluso, porque no hay relaciones sin conflictividad, y esto es realmente interesante y hasta tal vez deseable para generar resistencia y anticuerpos. Toda elección es problemática porque una elige lo que sabe elegir y desconoce aquello que es invisibilizado para que exista, y porque elegir siempre supone hacerlo dentro de un set delimitado de posibilidades. Puestas a elegir, tal vez todas seríamos Madonna o Lady Gaga o Paris Hilton, o tal vez. Ciertamente, si uds. me preguntan conviene realizar la labor mejor paga en el menor tiempo posible para no vivir para trabajar sino que trabajemos para poder vivir, hasta que podamos no trabajar más cuando el capitalismo ya no exista. Así, una nena es socializada desde antes de nacer para que un tendal de tareas sean hechas gratis, vocacionalmente y por amor, se le enseña que el dinero es sucio, que trabajar es honrado y decente, que el sexo es por amor y gratis, que ella debe cuidar de lxs más peques de la casa, y de lxs enfermxs, que la docencia y el servicio son propio de su sexo, que es más débil, y por eso, porque sus labores son más hermosas, debe aguantarse menos respeto o menos retribución monetaria. La asimetría es inherente a toda condición, especialmente, la condición laboral. Será tal vez por eso que algunas de nosotras sostenemos que trabajar es siempre una gran mierda. Sin embargo, en si misma la asimetría no conduce a la dominación aunque puede bien producir un cierto tipo de resentimiento, pero no nos vuelve apriorísticamente esclavas privadas de nuestra libertad. Uno de los graves problemas es sostener que algunas de nosotras hacemos lo que hacemos por dinero, lo cual es una verdad a medias, pero sin duda el dinero es el motor, porque eso significaría que nada hacemos sin él. Por caso, mis estudiantes reciben mucho más placer de mi parte que yo de ellxs; y no veo al movimiento feminista organizar un sub-movimiento para lidiar con esta cuestión o esgrimirlo como argumento, del mismo modo yo recibo mucho más beneficios del personal de enfermería que me atiende que ellas de mi, puesto que soy una persona con una condición discapacitante.

Le temo a ese feminismo que sin darse cuenta juega las cartas de los intereses de nuestra propia opresión, como por ejemplo sustenta el mito de la protección o del buen marido que atrae a las mujeres hacia el matrimonio cuando sabemos que la que mayor violencia física se da contra la mujer casada, por ejemplo. No se puede condenar al patriarcado sin cambiar las instituciones que lo sustentan. El abolicionismo trabaja con un sistema jurídico, criminal, punitivista y un sustento moral de sacralidad de la sexualidad y la pareja. Aquel feminismo que le hace el trabajo fino a la policía y a las políticas de eugenesia que extermina la diversidad, de formas de vida y de corporalidades en pos de la salud y el bien. Es horrible que la obligación de trabajar pase desapercibida porque una hace algo que le gusta. Tampoco es que a una le gusta tanto lo que hace pero es una herramienta para poder tener la plata para hacer todas las otras cosas y muchas veces el trabajo sexual, o dar talleres de filosofía, es menos aberrante que ser oficinista. A mi también, especialmente entre los grupos más radicalizados, esos que viven en okupas y cuando no hay agua van a lo de su mamá, me han dicho cosas como que estoy “vendiendo” mis conocimientos que debería compartirlos gratuitamente (y de hecho lo hago, en otros contextos y para otras personas, como por ejemplo esta oportunidad). Somos varias las que creemos que la vocación es un invento burgués, como la Coca Cola y Papá Noel, y cualquier actividad que sea recreativa o por ocio parecería ser que debe avergonzarnos cobrarla o pedir una remuneración, un encuadre y un cierto enfoque. En el capitalismo, el salario nunca es justo pero te da entidad como trabajadora, y ser trabajadora es exigir un cierto respeto, un dinero, un horario y no permitir que nadie se pase de listo, desestigmatizar. Si es un hobby, entonces me pregunto porque no se quedan mis estudiantes a barrer el piso, o levantar las tazas cuando termina el encuentro. Cuando no es un oficio, entramos en el mundo de quien no tiene entidad, y puesto que es un hobby, o un lujo recreativo, puede ser tomado de la manera que se le cante a la otra parte. Ningún trabajo es digno, sino que tiene momentos de dignidad y enriquecimiento, como dice la feminista Sylvia Federici. Se trabaja porque sin eso no hay manera de vivir, aunque la paradoja sea que el trabajo nos quita vida. Ciertos trabajos, como el sexual, pero también podría ser el docente, o el doméstico o de enfermería y cuidados, son estipulados como necesidades internas, naturales de las mujeres, destinado a no ser remunerado, o a serlo a muy bajo precio, con condiciones subhumanas, sin derecho a réplica. Nos preparan a las mujeres para estas labores en estas condiciones mediante mitos tales como “el amor” o “la vocación” o “la trascedencia”.

Las putas, en cambio, somos las feministas en el exilio, las excluidas del legítimo lugar del movimiento aunque nuestros valores sean valores de independencia económica, soberanía sexo-afectiva, autodeterminación, fuerza personal y alianzas solidarias frente a la opresión, especialmente de las fuerzas represivas, justamente porque nos hacemos valer por lo que sabemos hacer, lo tarifamos, le ponemos un marco, un encuadre, un tiempo. Y por bien que realicemos nuestra labor, está claro que no es por caridad sino por interés, el propio, el del amor propio, aquello que el patriarcado, al cual combatimos no regalándonos, se encarga día a día de quitarnos a todas y cada una y reemplazarlo con narcisismo exacerbado, como el de alguna de mis alumnas, que cree que mi trabajo es un descanso dentro de la disciplina laboral, aunque sea yo la encargada de proveerles a ellas bienestar, sin incomodarlas demasiado, ni hacerle realizar ningún esfuerzo más que el de llegar a clase. Debo confesar que en semanas como ésta y gracias a la labor de Ammar, me dan ganas de cerrar el boliche, y ser puta porque el cliente, ese al cual las abolicionistas llaman prostituyente o putero y quieren linchar, cuando todas sabemos que es el novio o padre de turno el que nos ha violado, no pide usualmente amor ni me exige que me guste, o al menos no lo hace sin que medie dinero. Y no importa cuánto se confunda quien se va de putas, eso siempre lo tiene en claro. Y tal vez ese sea el paso de baile que haya que dar para pensar lo político no solo como lo público, sino también como lo personal y lo privado, que es el lugar donde algunas putas y algunas docentes ejercemos, nuestra profesión, lo mejor que podemos hacerlo, pero ni por amor ni por placer, sino por dinero, hasta que el capitalismo sea derrocado. Y realmente no me explico cómo vamos a derribarlo afirmándonos en sus lógicas de gratuidad, servicialidad, ternuridad que toda mujer debe tener a la hora de realizar especialmente esas labores que son del orden del espacio privado, cuando no íntimo, y fortaleciendo la labor de los aparatos represivos estatales y arrojando a una mayor clandestinidad estigmatizante al trabajo sexual.



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