miércoles, 6 de enero de 2016

novela

A veces pienso en la compañera muerta por su chongo, en cómo la asesinaron, en lo difícil que es para algunas de nosotras encontrar quién nos quiera, quién quiera, más allá de toda máscara, compartir la vida, el cuerpo, la cena con nosotras. Abandono. Así aceptamos los peligros y ese malsano cariño maltratador, al ser forzadas a vivir en un mundo que nos idolatra, nos admira, nos posee o nos expulsa y repele pero que no nos ama, nunca. Un mundo que nos lame el sudor de la piel hasta el hueso con sus lenguas de lija o nos succiona la vitalidad del espíritu para animar una reunión en la cual no se nos quiere presente pero que nunca tiene el sabor ni el aroma cocinar juntas. Incubos y sucubos son. Y nosotras, la sustancia que alegra la conversación de las parejas cuerdas que nunca tendremos. Objetos de reverencia o ídolos para abatir por una supuesta iconoclasia. Las prostitutas de una snuff escato sado con las que las buenas parejas y las buenas mujeres gozan y especian la abulia de las buenas cosas construidas sólidas con la cordura de la cual es solo es capaz patria familia y propiedad, tenga el género que tenga, porte el documento que porte, tenga el sexo que tenga. Somos solo cosas sobrevivientes del naufragio de la familia nuclear y el amor saludable entre personas saludables. Inspiramos un mundo y construimos ventanas donde antes había muros de una casa que no habitaremos. Tendemos la mesa para una fiesta a la cual no seremos invitadas mas que como la animación y entretenimiento de canal codificado. Obreras de la alegría de una revolución que ejerce sobre nosotras ya sea su derecho a pernada o o su toque de queda, plusvalía del afecto. Una noche, o una mañana el tirano, rufián o matón que no nos teme, porque nada teme porque no lleva atalaje, toca nuestra puerta. Tiene drogas, golosinas, caricias. Tiene ganas, tiene la intensidad propia de quienes no están asustados. Y una sabe lo que va a pasar porque ha escrito los libros donde se ensaya estrategia. Sin embargo, abre la puerta. Porque el monstruo que fagocita al menos toca y no puede entrar si no se lo invita. Cuando la bronca se apodera de mis vísceras al punto de chorrear la podredumbre de este mundo con excrementos que me borbotan hasta por la boca y se me da por buscar sentencias y juicios que expliquen los tajos que llevamos puestos como si fueran adornos,encontrar los por qué nos matan y nos dejamos, pienso que la culpa no es ni siquiera del asesino, mucho menos de quien abre la puerta, sino de ustedes, espectadores y espectadoras sin alma que nos arrojan al borde donde viven quienes se alimentan con la muerte, nuestra muerte. Pero me sé injusta. El destino no es antojo de ninguna voluntad. Nadie nos debe, nadie nos hace. Y un minuto de intensidad en este desierto de pacificación se paga con la vida. Y a veces la vida es eso. Que cada quien elija la forma de su suicidio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario