jueves, 28 de enero de 2016

la ética como práctica de la libertad

Las prácticas de la libertad de las tecnologías del yo de los grupos filosóficos de la antigüedad grecolatina son distintas a la idea contemporánea de liberar el deseo. Estas prácticas antiguas permiten establecer una relación de poder sobre los deseos y no ser su esclavo y obedecerlo bajo ese modelo de ser libre es auto complacerse y auto prodigarse. La libertad es la condición ontológica de la ética porque solo una persona libre puede actuar eticamente. La ética antigua era una práctica de la libertad que se producía entre iguales. La espiritualidad y la filosofía son la misma cosa. El diálogo interior que el ejercicio de la filosofía estimula permite cumplir con el dictum del frontispicio del templo de Apolo, gnothi seauton, conocete a ti mismo. Ese diálogo permite el cura sui, el cuidado de sí, que nos dota de afirmaciones desde dónde impulsarnos, momento en el cual el logoi se hace cuerpo, y con voz precisa acalla el ladrido de los perros que ladran dentro nuestro, es decir, se incorpora y ya no hay distancia entre la ética como ethos singular y por ende minoritario y la Ética como disciplina. El ethos supone la manera en la que nos mostramos frente a otros y nos conducimos interiormente.
El objetivo principal de una ética de estas características es estético, es decir, una experiencia política: poder vivir una vida bella y dejar recuerdos a los demás de esa existencia bella en vez de un intento de disciplinar y adoctrinar a la población. Por eso siempre era minoritario. La preocupación por la propia conducta era personal, como quien guarda dentro de sí una existencia bella de ser contemplada para los momentos terribles. Esa búsqueda o construcción de una ética estético-política de la existencia era un intento de afirmar la propia libertad, no un código de obediencia aunque hubiera cánones y asentaba las bases y las condiciones de lo que podría ser un programa hasta hoy: que nuestra ética tome en cuenta el placer ajeno, punto fundamental para poder desarrollar una política del devenir minoritario o poder salir de la encerrona de las izquierdas. Si pensamos para qué se lucha no es tanto para incluir o asimilar o para formar parte de esta sociedad, ni para respetar o tolerar, ni para negar o reactivamente contradecir sino para poder crear una ética ya no de aceptación y respeto sino de deseo por el placer ajeno, una ética donde nuestra libertad se expanda con la de las demás. Resuena de fondo Perlongher diciendo “quiero que me deseen, no que me acepten o me toleren” integrando el placer ajeno al propio sin referencia a ley. Una ética sin relación a lo jurídico, o a estructuras autoritarias o disciplinarias. Un arte de vivir supone un ejercicio de dominio sobre el si mismo donde la vida es una obra estética ya no para ganar méritos personales sino donde el mérito no es externo ni depende del reconocimiento, aunque esa existencia quedará singularizada.


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