martes, 1 de diciembre de 2015

Deja que yo y mi desatino corramos este riesgo: Mesa AMMAR, Carpa Roja frente al Congreso, CABA. 2015.


Deja que yo y mi desatino corramos este riesgo
Mesa AMMAR, Carpa Roja frente al Congreso, CABA. 2015.


Para todas las compañeras de AMMAR y todas las putas de este mundo




Había considerado comenzar esta presentación hablando de cómo desde los 12 años, tanto en el barrio como en la familia, se me ha dicho “puta” con el mismo nivel de agresividad y escarnio, para ponerme en el lugar de aquella que cuidará de enfermos y se brindará sexualmente a un varón por nada a cambio, como quien me grita “milica”, “yuta” o “botona”. Había también considerado hablar de mi propia vida como call girl y dominatrix, pero como se trata de una práctica altamente extendida dentro de la población tanto marginal y precaria como dentro de la más rancia clase media universitaria –igual que el aborto, mal que le pese a tanta gente- y tan extensamente escrita y descrita (magníficas bibliotecas enteras de feministas que o han trabajado en los servicios sexuales -y a mucha honra- o los han apoyado desde la hegemonía de su lugar de enunciación como Nestlé, Preciado, Federici, Butler, Rubin, Califia y Despentes entre otras –aunque se quiera negar e invisbilizar esas prácticas y esos apoyos cuando visitan la Argentina) que no podría decir nada demasiado original. Asimismo, estamos a un nivel de sociedad de control donde tal vez contar mi relato autobiográfico acerca de cuanto me enorgullece no haberme siempre prodigado sexualmente y haber conseguido ser gratificada económicamente por ello podría significar -so pretexto de la buena conciencia, el bien estar y el feminismo del Bien contra el Mal- que alguna persona ociosa con sueños punitivistas y desvelos represivos utilice mis dichos para procesarme penalmente por alentar y promover la esclavitud sexual, como si yo fuera una proxeneta en vez de una testimoniante a favor de la autonomía de las mujeres principalmente y de las personas en general.
Por todo lo dicho antes, hoy vengo a afirmar que efectivamente soy abolicionista. Soy abolicionista porque estoy a favor del trabajo sexual autónomo, de su auto-organización, su agremiación y sindicalización. Abolicionista, si, del estado totalitario que gracias a un inexplicable voluntariado del Imperio acalla la divergencia, la libertad de expresión, la parresia, que persigue, patologiza y criminaliza toda conducta tanto sexual como social, todo elemento subversivo, insubordinado e insurreccional, que no pueda ni quiera ser subsumido bajo los cánones de la normalidad donde las personas de Bien, que votaron a Hitler y que no solo cerraron las ventanas cuando se chupaban a las vecinas ya antes del 76 sino que llamaron a los ratis para dirimir sus diferencias y censurar cualquier argumento o forma-de-vida que diera cuenta de cuán mediocres e inexistentes eran, hoy van forjando las líneas políticas mediante las cuales se monta la industria del montaje y el hostigamiento para silenciar cualquier tipo de manifestación contraria a lo que se nos quiere convencer que siempre fue y será. Soy abolicionista, si, de todas las instituciones que promueven la criminalización de las minorías sexuales y de expresión de género que no deseen ser reterritorializadas bajo las egidas de los dioses de la heterosexualidad (amor, matrimonio, pareja), especialmente de las minorías que quieren ejercer el trabajo sexual; abolicionista de la gratuidad del amor en pos de las formas de afectación y el tendido de redes amicales donde tal vez no estaremos totalmente de acuerdo pero sabemos con quiénes no hay diálogo y con quiénes si brindamos, y entendemos que no le hacemos el trabajo fino a los aparatos represivos, porque tanto los dispositivos de salvataje rescatista psi como el de opresión represiva policial son los que nos caen encima, no solo a las que ejercemos o ejercimos el trabajo sexual, sino a todas las que no nos conformamos con patria, familia, propiedad, buenos modales en las mesas queer políticamente correctas. Soy abolicionista de todas aquellas que en pos de ayudar a las víctimas proscriben, denuncian y facilitan la persecución y la violación cuando no la alientan de aquellas que somos sobrevivientes porque no toleran que algunas tenemos lengua y somos yeguas y queremos el derecho a correr el riesgo del desatino, al decir de Antígona, desafiando a los Creontes y sus poderes, y reclamamos nuestra parte de placeres en el banquete de la vida, y no solo un lugar tranquilo en la reunión de consorcio de la heteronormalidad universitaria de desayunos de lobby de la política clásica. Soy abolicionista sí de un microfascismo que se postula feminista sin suciedad, que vehiculiza un acceso aún mayor hasta lo intolerable, hasta forzarnos al suicidio, del control vigilante de los métodos de subjetivación dentro de la docilidad, que para no hacer olas, no quedarse sin reunión de té y masas finas los fines de semana y no ofender las buenas costumbres de las familias policíacas teme blasfemar y ofender lo establecido pero no titubea a la hora de utilizar los derechos conquistados como privilegios con los que se nos ultraja una y otra y otra vez; soy abolicionista, de un régimen punitivista, aliado con los poderes legales y psiquiátricos, que junto a la industria del rescate y de la judicialización de cualquier conflicto no se demoran y no dubitan en erradicar de la faz del planeta cualquier manifestación alegre que todavía goce de potencia como para obstaculizar la reterrritorialización del totalitarismo estatal hasta en los elementos más tenúes de nuestra cotidianidad social. Soy abolicionista porque no comprendo cómo podemos creer que cobrar por practicarle sexo oral pago a un varón es menos digno que limpiar el baño cagado por los hijos paridos sin violencia obstétrica y parto orgásmico de la maternidad subversiva de una familia de lesbofeministas profesionales blancas y universitarias; porque se me ocurren pocas cosas más hipócritas que derrocar el patriarcado apelando a sus instituciones e instutidos más representativos como el poder judicial, el despliegue de sus fuerzas armadas y sus escuadrones anti vicio de la mano de los regímenes de verdad moral del aparato médico psicológico, el amor y la sexualidad sagrada; porque no comprendo cómo se puede trabajar en pos de la independencia económica y afectiva de las mujeres y luego prohibirles y perseguirlas cuando la consiguen mediante la utilización de su herramienta más potente: el cuerpo; porque me excede cómo es que somos autónomas para votar, ser madres, parir, insertarnos en el mercado laboral como fuerzas de seguridad y profesionales corta cabezas de otras, para elegir marido o esposa pero no para usufructuar con nuestro cuerpo; porque me parece altamente desempoderador y subestimador estar imponiéndoles a otras cuán oprimidas son cuando hace meses que no se cobra el propio salario y cuando una se ha tenido que arrodillar a chupar la infame kilométrica escalera de humillaciones en el ascenso social para conseguir la posición de privilegio desde donde policiar a aquellas que no se han hincado; porque me resulta irracional que pensemos que somos libres para operar dentro de los marcos de las legalidades heteronormales y consentir nuestra esclavitud por amor pero no para estar en las esquinas tarifando nuestro tiempo de manera autónoma; porque no encuentro argumento más patriarcal que suponer que estamos definidas por lo que hacemos con nuestras cavidades y que sea inaceptable pedir gratificación monetaria por satisfacer sexualmente a un hombre o a quien sea; porque me rehuso a tener una existencia tan colonial que no comprenda que las trabajadoras sexuales tienen algo para decirnos y enseñarnos a todas más allá del mismo plañidero lamento victimista que les garantiza su existencia social bajo nuestras reglas que lavan nuestras propias conciencias privilegiadas; porque ya soy lo suficientemente adulta como sacar provecho y rédito económico de donde me plazca y porque exijo que mi libertad no esté tutelada estatalmente: porque el sexo sin amor y por dinero no es más degradante que el que ocurre entre personas que dicen amarse; porque me resulta más violento que no me permitan elegir mi propio desatino; porque hay tanto esperma en una francesa como en la inseminasión artificial y porque lucho para poder interrumpir sin morir ni caer presa lo que ese esperma produce en mi cuerpo en el momento que yo quiera; porque no hay argumento más anti trabajadoras que suponer que quienes reclaman derechos laborales -considere yo lo que considere sobre esa labor- son privilegiadas; porque todas tenemos el culo sucio y solo existe la reducción de daños; porque me niego a policiar a otras mujeres; porque la esclavitud significa no percibir ingresos por las tareas prestadas por amor y por miedo a la soledad; porque quien denuncia se exime; porque nos confundimos si opinamos que dominación es querer percibir ganancia y generar auto-economía en vez de no percibir haberes; porque no es necesario tener un orgasmo cada vez que una realiza una transacción comercial; porque estoy harta de que ser considerada pura vulva, solo sexo, o sexualidad sagrada; porque no hay nada más contradictorio que se me exija como argumento anti trata que no me deje usar por los varones y no cobrarles por lo único que de mi quieren; porque no hay dominación mayor que no permitir el ingreso al debate sobre el trabajo sexual a las trabajadoras auto-organizadas; porque es soberbio pensar que cualquier asimetría produce dominación –o acaso alguien realiza una asamblea para ver como se le arregla la media suela con el zapatero-; porque las mujeres casadas tampoco tienen garantizado su orgasmo y porque no hay lugar mas peligrosamente femicida que la familia heteronuclear; porque me niego a que se me patologice porque prefiero el dinero al orgasmo o el amor; porque no quiero ir al cielo donde queman brujas incovenientes y porque no se me ocurre mejor negocio para el androcentrismo que nosotras desunidas prodigándonos gratuitamente por amor o miedo a la soledad; porque me he beneficiado de un régimen que deja a otras sin voz y es menester que yo le ponga el cuerpo para hacer audible su demanda; porque soy discapacitada, convivo con una enfermedad degenerativa y tal vez yo misma -en tanto el régimen hetero-capitalista exista- deba más temprano que tarde adquirir servicios sexuales para mi propio bienestar psicofísico y no quiero ser penalizada cuando ya he sido diagnósticada.
Por todo eso, tal vez las trabajadoras sexuales agremiadas, con sus diferencias, contradicciones, con sus aciertos y sus fallas, estemos o no de acuerdo con las leyes, o con las sindicalizaciones, las putas, las que cobran, las que se están haciendo ver y oir ya no como víctimas irrecuperables de un maltrato que oh casualidad nunca le ocurre a la buena señora del bien de las instituciones académicas feministas, excepto cuando se topa con un monstruo, sea una de las poquísimas posibilidades que aún tengamos de precipitar devenires por fuera de las cartografías y los marcos de restricción y reapropiación propuesto por quienes no dudan –dado que ya sea su estrecha mente no da para pensar otros mundos posibles ya sea porque cobran por restringir que puedan ser pensados esos otros mundos- que cualquier situación solo puede ser resuelta y mediada cediendo el poder, la capacidad de acción y respuesta a través de las instituciones que cargan y embisten sin ningún miramiento contra cualquier tipo de insubordinación. Y todo eso es realizado mediante la coerción explícita y difícilmente erosionable del “bien” donde se nos neutraliza enloqueciéndonos, patologizándonos, crimininalizándonos, castigándonos, o ninguneándonos, donde para dar muestra del totalitarismo microfascista de las sociedades pacivicadas que volutariamente trabajan con ardor por su propia opresión y esclavitud bramando que toda persona que no acuerde con sus métodos, que son los métodos de las corporaciones del capitalismo que nos gobiernan a través de los estados nacionales o no son putas, o nunca trabajaron, o mienten, o están locas o son proxenetas, o no existen. Aquellas personas que nos quieren convencer que el amor es gratis, y es la fuerza que sostiene el mundo dadivando sin remuneración no solo la fellatio sino la maternidad y el cuidado de quienes necesitan asistencia 24/7 sin nada a cambio, porque es nuestra responsabilidad. Que nos quieren convencer que la misma autonomía que me permite elegir cuándo y cómo y cuántas veces interrumpo un proceso biológico no deseado o cuándo y cómo y cuántas veces mantengo relaciones sexuales, se termina en el mismísimo momento que comienzo a tarifar aquello, tan sagrado que en apariencia define nuestras subjetividades, y que ellas realizan por nada a cambio más que un muchas gracias, o no estoy sola, o tengo una posición de privilegio en el lugar donde los enunciados se premian.
Como dice el sindicalista socialista de principio de siglo XX Eugene Debbs mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de él, mientras haya una clase inferior perteneceré a ella, mientras haya un alma en prisión no seré libre. Las putas nos fuimos a la huelga, y tomamos la calle, dónde, cómo y con quién nos da la gana y mientras la policía esté del otro lado, personalmente yo sé bien dónde me ubico. Y si juntas no frenamos el juicio moral la némesis de la buena conciencia va acaer sobre todas nosotras con todo el peso de la ley hasta que no quede ni una que escape a los cálculos de la gestión global de los cuerpos.


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