lunes, 11 de mayo de 2015

Nosotras parimos nosotras decidimos: La actualización del mito de Meda en Adriana Cruz



para Adriana Cruz, que no podrá escapar a su destino trágico
y cuyo nombre es menester recordar siempre, incluso pese a ella misma.


Medea

La noticia consterna a la audiencia. Algunos se rasgan las vestiduras, otros imploran, todos acusan, hasta la implicada en el hecho. Ya está dictada la condena de antemano. El juez se atreve a pedir perpetua en los medios.

Una mujer, brasilera radicada en Argentina desde hace 16 años, de mediana edad, clase alta y guapa, se auto-inculpa frente a a las cámaras de televisión sobre el asesinato de su hijo de 6 años, cuando la fuerza policial la saca esposada de su casa de barrio privado. Para “cagar a su padre”, dice en cámara, cuando explica por qué lo hizo.

¿Por donde empezar a desovillar la bola de horror que se nos arroja con total virulencia a la cara?



Dejarse caer



Norita Dalmasso y María Marta García Belsunce, solo por recordar dos de las más renombradas en los últimos tiempos, nos traen a la mente la brutal paradoja de la mujer ateniense del siglo V: aquello que más la incluye en la sociedad, más libertades te resta. Adriana Cruz también vive en una casa de un barrio privado.

Mientras las mujeres atenienses, las únicas que parían ciudadanos atenienses (como dijo la congresista chilena Ena Von Baer “las mujeres prestan el cuerpo” al niño que viene al mundo a nacer), vivían en un estado de reclusión total. Para las de las clases bajas y las mujeres no atenienses (porné y/o hetaira) el confinamiento debe haber sido difícil, ya sea por falta de esclavos que realicen las tareas del afuera (ir de compras, por ejemplo) ya sea por falta de kyrios (guardián encargarlo de mantenerla “protegida”, nexo con el exterior). Estas otras mujeres sin derechos se manejaban “solas”.

¿En la era post-Blumberg, qué estará pensando la clase media que desea progresar al referirse a la la inseguridad?

¿Cuándo?

Eurípides logra que su tragedia Medea, su segunda obra, se represente en el año 431 a.C. En aquella oportunidad,  no ganó la competencia, quedó en tercer puesto, una constante que se repetirá a lo largo de su carrera, consuelo paradójico para el tragediógrafo más popular y famosos hoy día si tenemos en cuenta que la tradición manuscrita de transmisión de textos antiguos lo benefició con la gracia de conservarle más textos que a Esquilo y Sófocles. El resto de los dramaturgos ni sobrevivió.
El mito de Medea, cuyo nombre aparece documentado en Teogonía de Hesíodo, surge en el marco del ciclo de héroe de Jasón, su esposo, a quien conoce y de quien se enamora cuando éste viaja a su país la Cólquide, a robar el bellocino de oro.
Según el historiador Pausanias, sus hijos fueron lapidados hasta la muerte por los habitantes de Corinto como castigo porque Medea asesina a la novia princesa con quien se desposará su marido tras abandonarla a ella. El motivo del asesinato de los niños o mitema, mínima unidad en la que un mito puede descomponerse, parece haber sido incorporado por “contaminación” con el mito de Procne y Filomela.

Lanam Fecit. Tejía

Proce y Filomela son dos hermanas griegas. La primera es obligada a casarse con Tereo, un bárbaro aliado de su padre, como poco más que botín de guerra. Vive desde ese casamiento en tierra lejana pero no puede olvidar a su hermana, a quien quiere profundamente. Sororidad. Ruega a su marido que la traiga. Él accede y trae a Filomela (nombre que significa ruiseñor en griego), pero antes de que ellas se re-encuentren, Tereo la viola, y para que no hable, le corta la lengua y le entrega un telar (dispositivo por definición de sometimiento de las mujeres en la antigüedad) para que ocupe la mente y las manos mientras lo espera entre violación y violación. Procne queda convencida de que su hermana fallece durante el viaje. Filomela teje el acontecimiento y lo hace llegar a la reina Procne quien descifra la tela, medio privilegiado del relato; rescata a su hermana, y juntas plantean la venganza. De repente, oh fatalidad del destino, Itis, el hijo pequeño producto de la relación entre Procne y Tereo, ingresa a la escena. Y su madre no duda, como Romina Tejerina, ve la cara del padre, el violador. Mata y cocina a Itis, y lo sirve en una cena especialmente preparada para Tereo, que gustoso devora el manjar.
Tejer, la sabiduría femenina al servicio del oikos, el hogar, de donde saldrá nuestra palabra economía, la ley del hogar. La tela tejida, el regalo de bodas con el que Medea comienza a destruirlo todo. El tejido de Aracne denunciando a los Olímpicos y sus vejaciones, contra Palas Atenea, diosa civilizatoria que regala a los varones el telar para mantener ocupadas en la casa a las ansiosas mujeres.
El las tumbas romanas cuando una mujer ha sido decente, honesta y buena figura «lanam fecit», tejía, quien teje mantiene la mano ocupada, y la mente también contando las vueltas del huso.

La confesión

Demóstenes afirma «Tenemos hetairas para nuestros placeres, concubinas para servirnos, esposas para nuestra descendencia.»
Tales de Mileto, a través del relato de Diógenes de Laercio en Vidas de filósofos comenta «Agradezco a los dioses por haber nacido humano y no animal, varón y no mujer, griego y no bárbaro.»


El padre, la madre y los hijos


Medea (y todas las filicidas) engloban simultáneamente tres características definitorias de lo execrable: femenidad, animalidad, barbarismo. El caos que ellas encarnan trastoca el orden heteronatural del parentesco propio de la masculinidad hegemónica que representa Jasón y todo padre. Jasón necesita a sus hijos para asegurarse la descendencia. Son los hijos varones los que transmiten hoy los apellidos, y ayer los encargados del culto a los ancestros. Con el asesinato, Medea pone fin a su estirpe, y se asegura que nunca más nadie entregue a su hija en matrimonio para que Jasón vuelva a reproducirse. ¿Quién casaría a su hija con Jasón estando Medea con vida? Medea no es castigada en el mito. Por el contrario, escapa, con los cuerpos de sus hijos en el carro de su tío, el Sol, y luego se casa con el rey Egeo, con quien volverá parir.
Medea aniquila el ámbito doméstico que es propio de la mujer y resiste el papel de pura reproductora del linaje de su esposo, respuesta reactiva a la exclusión/seclusión de las mujeres en Atenas en el siglo V. Ella transgrede la noción misma de la moral imperante como reacción a la opresión y a la humillación recibida. Objetivamente su matanza no es mayor –ni peor- que la del héroe épico promedio, de hecho, su violencia es asistemática y privada.
En la antigüedad clásica, donde las Espartanas hacían volar por el monte Taigeto a los hijos defectuosos para ser  guerreros útiles, donde los niños podían ser expuesto (abandonados) en las calles sin más por sus padres, donde solo las mujeres tenían control absoluto sobre la reproducción y la parición de la prole, y el aborto llegaba hasta el momento de parir, donde una parturienta podía elegir en complicidad con quienes la asistiesen en ese transe o sola, si el bebé vivía o no, que una madre asesine a un hijo no era motivo para que nadie se rasgue las vestiduras.
El instinto maternal, mito sobre de la modernidad y pilar fundamental donde se asienta hoy el heterocapitalismo. Al fin y al cabo, si parir y ser madre fuera tan divino, no habría 42 % de abortos sobre nacimientos totales, al año.


La Herencia


En el mundo antiguo, los hijos, que solo son del padre, cargan con las culpas de sus progenitores, generación tras generación. La raza tebana descendientes de Layo así lo demuestran: de Edipo a Antígona, ninguno queda en pie. El único crimen lo cometió el abuelito que no tiene mejor idea que violar las leyes de hospitalidad, y abusar del hijo de su anfitrión.
En el mito grecolatino, las culpas se castigan, la ley es divina. Trabalenguas mítico: Clitemnestra mata a su esposo, y su hijo Orestes debe vengar la sangre, su sangre, derramada. Hijo pródigo y ejemplar atrapado en la tragedia de tener que matar a su madre para vengar a su padre, a su vez, asesino de su hermana Ifigenia. Solo el “milagro” divino lo salvará luego de la venganza de las Euménides, que castigan los crímenes de sangre por el asesinato de su propia madre.
Insistimos en esto: Medea no es castigada por los Dioses porque no comete ningún crimen. Por el contrario, su acción le ahorra a sus vástagos una condena en vida, lavando las manchas que sus padres adquirieron, por eso los dioses no accionan contra ella. Medea sabe que la vida futura de sus hijos no será vida, casado Jasón nuevamente, y ella lejos, con esos progenitores como toda prosapia, esos hijos ya están muertos.

Si los hijos son del Estado a través del padre, si la madre cede su cuerpo cual receptáculo y lo presta para que la vida se reproduzca, matar a esos hijos, casi podría ser pensando como un aborto retrospectivo, un acto de empoderamiento de la mujer, una apropiación del poder.


El siglo de Pericles


Pericles, pese a tener una esposa atenienese, como correspondía a un hombre de su posición, pasó una buena parte de su vida adulta (20 años) con una junto a hetaira, Aspacia de Mileto, con quien tuvo un hijo. En el año 451, sanciona una ley que suprime la ciudadanía de los hijos que las mujeres extranjeras tuvieran con ciudadanos atenienses. De ahora en más, para ser ateniense hay que nacer de padre y madre atenienses.
20 años después, para cuando Medea llega a escena, el público de Atenas sabe perfectamente bien que la pretendida situación de igualdad -prometida por Jasón- de los hijos de una extranjera con respecto a otros nacidos de una madre griega es una mentira. Jasón, una vez más, la está usando, y especula qué le conviene a él.



La decisión de Sophie


Una madre con un niño y una niña. El nene como de 10 máximo, la nena 4, tal vez. Los tres esperan para ser subidos a un tren que los llevará a un campo de concentración, un tren común, un destino común, una fosa común. Fatal el destino que le lleva a esa madre hermosa a tener que lidiar con el sadismo de un oficial de alto rango de la SS. El milico le dice que le cree cuando ella alega, suplicante, que no es judía, que es un error, que es alemana, que no deberían estar ahí. Y como le cree le permite elegir a uno de sus dos hijos. Ella no puede y no quiere elegir, se niega a hacer lo que le piden, se ofrece ella misma como víctima, se sacrificaría por sus hijos, pide por favor que los salve, que ella toma su lugar. El nazi da una orden y un soldado arranca de las manos de la mujer a los niños. Entonces, la madre, presa de la desesperación grita: Llévense a la niña, déjenme al varón.
No recuerdo cómo termina la escena y no me he atrevido nunca a volver a ver esa película que tan profunda impresión forjó en mí. Mi recuerdo duda si entonces dejaron al niño o si prosiguieron llevándose a los dos. Lo cierto es que Sophie sobrevive a sus hijos, después de terminada la guerra, y debe vivir con su decisión el resto de su vida. Y casualmente, elige al varón...

¿Qué significa ocupar el mismo verbo para un hijo (o dos) que para una casa o un coche?
Somos nuestros propios hijos, en perpetua posesión, como botín de guerra por el poder de progenitores dementes dentro de un régimen de opresión.


Nosotras
¿Cuál es el precio que se paga por la autonomía radical sobre nuestros cuerpos cuando en vez de una línea de fuga bien por fueras de las lógicas de la heterosexualidad como régimen político, se reactiva y reacciona contra ese poder? Yo los parí yo los mato, parece gritarnos Medea a todas las filicidas, bajo cuyo arquetipo hoy somos leídas. Ella es poderosa, desestima la lógica falocéntrica de Jasón, se eleva por encima de él y como una divinidad furiosa, lo castiga, lo obliga a vivir muerto, a no tener quien lo honre posteriormente, le demuestra que él es completamente impotente para impedirle que se lleve a sus hijos. Medea le demuestra que ella tiene el poder, e intenta, con el asesinato de sus hijos, recuperar la virginidad perdida y volver al viejo orden perdido, el de su tierra natal, donde empezaron los asesinatos y las traciones, por amor a Jasón.
Medea apunta más allá de la posibilidad que surge cuando se encuentran los límites de las políticas de la representación. Se apropia del último recurso que le resta, el último bastión para ejercer la autonomía, y la soberanía, pero por dentro de las lógicas que Jasón delimita, no él, sino el régimen que él encarna. Ella retira de la mano del control paterno, sin duda, a sus hijos. Pero es incapaz (¿quién podría serlo?) de trazar una línea por fuera de esas lógicas totalitarias que el varón tiene sobre la disposición de estas vidas, de todas las vidas, incluso la de ella misma. Una trayectoria que le permita conservar a sus propios hijos, tal como ella le expresa a Jasón.
Autonomía: falacia del pensamiento que siempre se construye dentro de un orden dado por un sujeto, efecto irrestricto y privilegiado del poder, que se empodera.
La tragedia no puede ser re-escrita, banal pensar qué podría haber hecho ella y todas. Sin embargo, Medea nos alerta: es menester construir líneas de fuga, devenires, por fuera todo poder heteronormativo.

Amo Amor

Eris, la discordia, no es invitada a las bodas que Zeuz planifica para Tetis, con Peleo. ¿Quién invitaría a la discordia a una fiesta feliz? En venganza, esta diosa trama un plan: crea un concurso de belleza (las divinidades también son femeninas y superficiales) para la más hermosa de todas. Palas Atenea, Hera y Afrodita compiten. Paris Alejandro, el troyano hermano de Héctor, es el juez. El premio: una manzana. Pese a lo que vulgarmente suele creerse, no gana la más bella sino la más astuta. Afrodita es la única que comprende a su juez y oferta lo que es necesario: a Paris no le interesan ni guerras, ni territorios, no le interesa la gloria de la masculinidad hegemónica griega en lo más mínimo. Afrodita le ofrece una vida de placeres con la mortal más hermosa del mundo. Paris no lo duda, y dictamina que el galardón le corresponde a ella, la diosa del Amor. Hay un problema en la ejecución de la promesa: la mortal más hermosa ya tiene un dueño. Helena entonces es sustraída de las manos de su marido y llevada a la cama de Paris, desencadenando la guerra de Troya que dura casi 10 años y termina con la caída de la ciudad sitiada.
Desde entonces las mujeres estamos sometidas al dispositivo de subjetivación más potente que se haya creado jamás y como valijas somos llevadas de una casa de un varón a otra sin dilación, permanentemente enamoradas.
Amor: una enfermedad, pasión desenfrenada, vulnerabilidad absoluta -del latín vulnus, herida o tajo- con la que se subjetiva a las mujeres, especialmente a las jóvenes, para dejarse arrastrar hacia la muerte.


Indubio pro reo

Para el juez la mujer "se valió de la indefensión de la víctima para provocarle la muerte", detalló una fuente judicial al diario La Nación.

“¿Lo mataste para vengarte de tu marido?”, preguntó el periodista de televisión. "Sí", fue la respuesta contundente de Adriana Cruz. “Para cagarlo”.

"Psicópata, manipulador, mentiroso”, pintó en las paredes de la habitación con baño en suite, donde dentro del jacuzzi, ahogó a su hijo. Un mensaje para su hija mayor decía que se tenía que salvar, que se independice, que tenía que ser “ella misma”.

No se ha detectado “ninguna patología psiquiátrica de base" en la mujer, razón que lleva al fiscal Heredia a pensar que "estaba en su sano juicio en el momento de cometer lo que cometió”.

La voz del periodista agrega: “la madre no mostró arrepentimiento...cuando esperamos encontrarnos con una mujer vulnerable escuchen lo que dicen vean las imágenes.... fue muy impactante porque vos esperás encontrarte con una mujer quebrada, arrepentida, pero me encontré con una persona resentida que esta más bien enceguecida por el odio a su ex marido que por el crimen que cometió...nos encontramos con una mujer fría que no estaba quebrada por la situación.”


Madre Ejemplar

Maru Botana es la más famosa de las respoteras de la Argentina, horneando tortas forjó un imperio. Rubia, hermosa, siempre joven, de rulitos, simpática, alegre, parió más de 8 hijos del mismo padre.
En el 2008 uno de sus hijos muere a los 6 meses, del “síndrome de muerte súbita”, mientras Maru, que “siempre exhibió su devoción por la maternidad” y vivía cada “con mayor felicidad” esquiaba en el lujoso resort Las Leñas. El pequeño bebé Facundo estaba a cargo de la abuela. Una mujer somete a otra de generación en generación. Así, cualquiera puede.
Maru expresó en una nota a la revista Pronto: “Siento que nací para ser mamá. La maternidad viene incorporada a mi de manera natural, está en mi ADN... Para mí, tener una familia numerosa no es demasiado trabajo. Ser madre no me quitó mis espacios. Jamás cambiaría una hora de spa por un tiempo de juego con mis hijos. Yo elegí esta vida y soy feliz así”, es una de las tantas afirmaciones que respaldan el estilo de vida de Maru, quien hasta el nacimiento de Facundo vivió embarazada más de la mitad de los últimos ocho años.
Maru Botana gracias al séquito de esclavas que, abnegadamente y por dinero también, como tantas otras de su misma clase social, por ejemplo Juanita Viale, la ayudan a no sobrecargarse con los engorros de la maternidad, permanecer bellas, parir muchos hijos, que otras criarán y cuidarán, tener 4 locales de un servicio de catering para una ciudad de 5 millones de habitantes, y un programa de televisión, escribir libros de cocina, y tener sexo con su marido, sin que un rulo de su dorada cabellera se aje.
Otras, menos perfectas, y menos asistidas, entramos en crisis que de la mano de Freud se llaman histéricas, por un taza fuera de lugar.
Maru, el ejemplo para todas nosotras de que ser madre es lo mejor que te puede pasar en la vida, y que incluso con tantos hijos, se puede ser hermosa, delgada, esbelta, regia, espléndida, saludable, sin arrugas, sin maquillaje, sin cirugía plástica, y desarrollar una vertiginosa carrera económica, especialmente si nos dedicamos a alguna actividad tradicional, como cocinar tortas, sin perder la compostura, y la simpatía.
Maru, el modelo de familia feliz a seguir por todas nosotras, su sonrisa contagiosa parece decirnos “querer es poder, no hay por qué resignar nada”.
Maru, la promesa más acabada del heterocapitalismo al cual toda mujer hetero o no hoy aspira llegar.
Pero a Maru también se le mueren los hijos, oh casualidad, cuando los cuida la abuelita...y ser madre es algo tan hermoso que muchas mujeres pobres se perforan el útero con agujas de tejer con tal de no volver a parir ni una vez más.



El desafío

Leer el mito desde su narración trascendental, que nos remite a un presente político y a los griegos, en el mismo gesto. La historia que narra el mito desemboca en el presente, el de los griegos, y el nuestro.

Sin embargo, nuestro tiempo es obcecado, y visita el mito antiguo, con la indignación del presente, donde el filicidio es la peor de las afrentas al orden heteronatural, porque nada es más sagrado que el amor maternal que sustenta la dieta reproductora del heterocapitalismo, nada es más sagrado que la vida, que se sostiene, fundamentalmente, sobre las madres que la dan.

Si se logra retornar al mito sin las categorías del presente que no es lo mismo que decir sin las armas que hoy conocemos, el mito todavía nos habla. Pero lo que dice es un llamamiento: está dirigido a quienes aún pueden oír.

Medea habla claro desde Eurípides hasta hoy y nos advierte sobre el empoderamiento, o la toma del poder, dentro de las lógicas que se vienen a combatir. Especialmente, sobre el amor, por un varón (o por quién sea) como único sostén de la vida de un cuerpo biopolíticamente asignado a la violencia de género llamada mujer.

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