domingo, 4 de enero de 2015

dios pareja patagónico

Imposible competir contra el dios pareja. Adonde vayas, él viene. Incluso se presenta en formas reterritorializadas más sofisticadas. Lo tendrás hasta en la fiesta de un grupo de amigas donde ninguna es pareja de la otra. Si hay 5, una se queda afuera. A veces me recuerda a la triangulación neurótica, aunque seamos múltiples, el dios pareja se las arregla para hacer de todo dos: Ellos y vos. Ellas y vos. Donde esté el dios no entra nadie más. Donde está el dios se pone un fin la horizontalidad, los devenires, las posibilidades, el juego, lo incierto. Sabés bien cómo van a ser las cosas, él te lo dice, te dice con quién te vas, cómo, adónde y cuándo, le entregás tu libertad y él te deja tranquila y segura; te dice con quién te quedás y a quién preferís, te dice qué hacer y cómo. Si no tenés pareja, te la inventa: dos amigas contra otra, o tres contra una, lo importante es que la cuenta de dos, el famoso nosotros y ellos. Lo importante es encontrar al chivo expiatorio, el fusible, que garantice que el dios viva feliz y contento en su mismidad. El dios pareja es siempre heterosexual, aunque quienes estén involucradas no lo sean.

Demos ejemplos.
Escena 1.
Famoso anarcopunk queer cirquero body art modification en el contexto de una fiesta se escabia y penetra con consentimiento de todas las partes, incluida su novia, a la cual se le dice compañera, al más mariconcito del jolgorio y gana así un cocarda más a su pechera queer de deconstrucción + amor libre. La pareja está ahí intacta, para que el señor tenga su aventura, pero no pierda su sostén y su apoyo y pueda jugar al puto en tanto y cuanto él sea el activo.

Escena 1.
Famoso grupo de lesbianas feministas implota y sus esquirlas altera todo el bioma de una comunidad fragilmente sostenida cuando la pareja alfa del grupo se ve  embestida por los viejos y queridos cuernos. La pareja abierta resulta no tan abierta, y el queer resulta subrepticio y silencioso, con práticas sexo afectivas de una ética rayanamente hetero. Al fin de cuentas, bien o mal, de manera más o menos elegante (porque seamos realistas, no siempre se puede ser elegante en un mundo plagado de parejas y reterritorialización) estamos hablando de unos polvos, que terminan en escenas de violencia de género (a las cuales me referiré en otro episodio, porque realmente creo que algo debe ser dicho acerca de la diferencia entre violencia sistémica y un exabrupto producto de prácticas sexo-afectivas poco agraciadas) que se expanden no solo hacia el cuerpo de la novia que tiene sexo fuera de su noviazgo sino a toda y cualquier persona que haya sabido del hecho pero no dijo nada (tal vez para no meterse donde no la invitan, tal vez para no traicionar amistades) y hasta cualquier persona que tenga trato con esas personas que sabían del hecho y no dijeron nada (personas que ni son ni quieren ser amigas de la pareja lésbica alfa abierta que se pelea a las trompadas por un par de polvos).

No sé realmente cómo esperan que reaccione una persona bastante desconfigurada dentro de esos sueños románticos de amor eterno y casamiento cuando se entera por tercerxs de que su novia le está lisa y llanamente metiendo los cuernos con una persona cercana, que varias lo saben, y que ella es el último orejón del tarro. Tampoco logro comprender por qué tanto escandalo por algo tan poco valioso como coger (ay el sexo sagrado propio de la pareja, el sexo especial, magnificado, ay el sexo por amor). Ni comprendo por qué las cosas no son claras blanco sobre negro: cojo con tal, quiero coger con tal, cogí con tal, cogeré con tal y espero que podamos seguir juntas y trabajarlo abiertamente porque no es tan grave lo que ando deseando. Menos comprendo, ¿será que me ando volviendo viejo?, que caliente el secreto, lo clandestino, lo oculto, lo que me recuerda tanto a lo hetero: las mentiras, las confesiones a ternceras. No comprendo que no te la seque como una pasa coger con alguien cuyos relacionamientos, el consentimiento y la distribución de la información es tan poco apropiada, horizontal y transparente.
Quedaron atrás mis años de pensar que expropiar conchas monogámicas era liberar mujeres, como expropiar tierras, robar en el supermercado, o destruir la heterosexualidad como régimen político. Tal vez lo sea, pero a mi me aburre. Lo que me calienta no abunda: grupo de amigas que politizan la sexualidad para algo más que la foto en la muestra de arte queer y que hacen de la amistad un modo de vida, no el coto privilegiado de reterritorialización de la familia donde cualquier comentario que hagamos sobre alguien del clan, por acertado que sea, desatará la furia propia de la madre defendiendo la potestad sobre el hijo, o de la hermana dejando en claro que si no hay lazo de sangre lo creamos contra cualquier cosa que desestabilice esa consanguinidad. Puedo entender que no nos guste que nos digan ciertas cosas o nos hagan ciertas observaciones, pero a esta altura cómo todavía se nos ocurre pretender no escuchar...

Prometo pronto escribir más sobre el dios pareja y la exclusión.
Pero por el momento dejémoslo acá.


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