domingo, 14 de septiembre de 2014

Games of Crohn: Fugitivas del desierto


14/9/14


Fugitivas del desierto
Para Pao, que solo me conoció con Crohn

Dicen que las que quieren transformar el mundo se proveen ante todo de fusiles.
Dicen que ellas parten de cero. Dicen que empieza un nuevo mundo
Moniqe Wittig

Hace poco alguien que tan solo tuvo la fortuna de llevarse a la boca un único mendrugo de concha, con toda la soberbia de la adolescencia, que en algunas clases no se abandona jamás, criticó, quizás con justa razón, quién sabe, yo no presencié el hecho, a una de esas otras lesbofeministas que hicieron de este mundo un mundo donde ellas y nosotras todas pudiéramos no solo existir sino también pudiera existir la crítica hacia ellas que ahora soportan. Esa lesbiana criticada por otra lesbiana recién llegada cuidó de otra más que hoy -el día en el que me pongo a escribir esto, un domingo de lluvia- arrancó en fuga hacia otra parte, como solo te cuidan las personas cuya trama amical no se deshace con las muertes, tal como decía Juárroz en su poema. La muerte, pese a que escribo cada vez menos este diario y tengo ganas de leer ensayo de nuevo y no la ficción que me sostuvo en la celda de la clínica, no me es una experiencia ajena, ya no, algo que le puede pasar a otra persona. Y aunque discuto con su productividad heterocapitalista, me da pena cuando me paso un día haciendo nada más que sintiéndome triste porque quizás ya no haya mañana. Y todo el feminismo de este mundo no me sirve para no sentirme mal cuando el pelo se me cae con la medicación inmunodepresora.
Elegir los motivos por los cuales seremos criticadas, o a menos, tratar de reducir la implacable crítica humana, resentida y debilitante a los espacios y las razones por las cuales nos da tranquilidad ser criticadas porque algunas críticas son una condecoración y porque ser amadas irrestrictamente, especialmente por quienes no te conocen ni jamás llegarán a hacerlo porque solo pueden admirarte en el escaparate narcisista de su propia desafectación es una suerte de maldición, como también lo es ser el ídolo iconoclasta de turno del pueblo cuya valentía y radicalidad todo el mundo admira desde el confort de su zona de privilegios. He dejado de esperar que las mujeres se unan en un movimiento tal que se anime cuando todas juntas a realizar acciones por encima de lo que cualquier hincha de fútbol hace cada domingo: ponerse en tetas, gritar y cantar fuerte, pintar algo en una pared, quemar uno que otro muñeco. A veces ni eso: ni las tetas ni romper nada (es decir, hacer incurrir a la empresa -o el Estado, que también es una empresa- en gastos). Temerosas ciudadanas pacificadas se apuntalan en su temor con excusas de toda índole hasta que finalmente tener problemas con la ley se convierte en un estigma dándose un pico poco creíble para subir al ritual de fachabuk “yo estuve ahí en el escrache”, legión de autobombo selfie correctamente político del tipo Perez Esquivel del lesboqueer. He dejado de esperar que nos unamos en algo cuya conciencia de género y su capacidad de resolver conflictos de violencia de género entre notroas sea mayor y mejor que el troglodita promedio de los deportes de combate. La heterosexualidad como régimen político opera entre polos de intensidades. Uno donde peregrinan las hippies especialmente las chic y donde la “mujer” es una reproductora natural, conductora natural de la naturaleza, naturalmente una suerte de pilar sordo en el mejor de los casos bisexual o lesbiana, naturalmente esencialista. Otro polo trans de la inclusión donde la “mujer” es la cura para la disforia, donde Florencia de la V, o Maru Botana, es el modelo apostólico, católico y romano que nos incorpora hacia la heteronorma.
De camino a casa, de vuelta de un escrache que no fue tal pero que dejó a todo el mundo con sus conciencias tranquilas de que no ser ni delincuentes vándalas rompe cosas que terminan presas cual putitas culisueltas callejeres ni de ser indiferentes ante el dolor y padecimiento de las anormales anestesiadas en su incesante prédica asimilacionista, nos encontramos con una paloma con las alas rotas, agonizante, muriendo al lado de la parada de un colectivo al pie de un árbol. Mi compa la mata, yo no me atreví, quedé inmovilizada. Sustraer un cuerpo del dolor indecible de la indiferencia humana incapaz de salir del sopor de la pasividad. Ayudar a morir. Dejar de ser humana en tiempos de soledad alejándose de lo frívolo. Vuelvo a intentar elegir los motivos por los cuales seremos difamadas, porque algunas personas se alejarán de nosotras y otras más afines querrán tenernos cerca. Quien solo sufre por amor, quien nunca tuvo una enfermedad, quien nunca sintió el dolor de una salud que no se recupera, quien no padeció frío o hambre, quien no comprende la pena de ya no poder volver a ver a alguien nunca más, quien ignora el sabor de la sal de la espalda lacerada al ritmo de la exclusión, el escarnio y la retahíla de injurias proferidas por las bocas de las bonitas, quien no conoce el castigo del esfuerzo del trabajo que latiga el lomo de quien teme no tener dinero, quien desconoce el color de la fealdad y la vejez, quien no sabe nada acerca de las grietas del rechazo, quien tiene toda su salud o así lo cree, todos sus órganos, toda su familia, toda su belleza, todos sus privilegios qué puede ya criticar de la maternidad, la crianza de infantes, el deseo de ser mamá, el deseo de triunfar, ser alguien, tener poder, transcendencia y fama. ¿quién tiene todo esto, quién no?

Estar pensando todo de nuevo porque ese mundo que Wittig nos prometió ya es claro que no existe si es que algún día existió aunque el mundo de las críticas sigue en pie más fuerte que nunca. Ya es claro que no podremos construirlo con los mismos materiales que ella creía. Quienes están privadxs de su libertad ya nos lo enseñaron: seguir entrenando la cuerpa, leyendo y tomando notas mientras vamos elaborando un plan para escapar con una cucharita aunque ahora estemos encerradas.
Arrancó me avisa una amiga esta mañana. Como siempre iba adelante, empezó a caminar más temprano, si bien no pudiendo hacernos la cuesta menos empinada a las que veníamos después al menos haciéndola más sonora, más poética. Más tarde ahí en ese desierto nos vamos a encontrar todas las que nos esforzamos en el cómo vivir bien, en la generosidad sin mezquindad algún día.


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