domingo, 21 de septiembre de 2014

Chocolate Remix, reggaeton lésbico: si no puedo perrear no es mi revolución


Una debe ser legible a primera vista, dice Halberstam y no se equivoca cuando piensa críticamente el feminismo y sus opositores en su viejo y para nada pasado de moda libro “Masculinidades Femeninas”.
 
 De allí que si por casualidad aparece en el abúlico panorama del Buenos Aires progre buena conciencia alguien como la banda de reggaeton lésbico conocida bajo la figura del personaje conceptual llamado Chocolate, todo parece desmadrarse.

 
En sí mismo, alguien con la cabeza no tan quemada por la corrección política antipatriarcal podría pensar que el video es irreprochablemente transfeministaqueer. Tomémonos unos segundos para analizarlo fragmento a fragmento. Encontramos tres bailarinas, una entrada en carnes, la anti bailarina y la anti femme magra de las publicidades patriarcales (y de muchas bandas de cumbia feminista, sea dicho de paso) con su feminidad desbordante, desacomodante, maquilladísima, incorrecta, esa para la cual Virginie Despentes en el comienzo de Teoría King Kong escribía, perfecta re-invidicación y apropiación queer de cuerpos voluptusoso y deseables justamente por su voluminosidad y no pese a ella; otra bailarina hiperflaca, andrógina, de cabello corto parado tipo video de Robert Smith, claramente, dados sus rasgos faciales, proveniente de algún lugar del territorio argentino que todavía deja ver sus raíces de pueblos originarios, y (si mi lesradar no me engaña), torta; la tercera indefinible, guapa sin ser linda, no podríamos decir claramente a que orientación sexual pertenece, y eso parece un logro: ¿una hetero que la dimos vuelta?¿una chica como cualquiera animándose a lo que no la dejan? Las tres vestidas como se dice en el mundo vulgar y corriente de gato o trola. Pero lo cierto es que también podríamos decir que sus atuendos se parecen a los de las heroinas de Marvel, esas que usan la ropa interior por encima de una ajustada calza de color chillón. Es el ojo que mira el que las ve y elige si se parecen a Storm o a una trabajadora sexual. Es el ojo que mira que decide que trabajadora sexual de alta gama es un deshonor. ¿O por qué no pensar que una trabajadora sexual puede ser una heroína superpoderosa? ¿Qué se esconde tras ese feminismo bien pensante y pacato que en vez de creer que en cada trabajadora del sexo hay una fuente inagotable de conocimientos y prácticas del cual debemos aprender en vez de una “pobre mujer” que necesita ayuda? 


 

Estas diosas imponentes, todas mucho más enormes que la ínfima Chocolate, que canta y que no es la típica chonga, tal como lo demuestra su vestimenta que hasta lencería y transparencias lleva, desquiciando la heterosexualidad como régimen político (se acuerdan de ese viejo pero querido concepto o ya no se usa más) donde empieza la masculinidad donde termina lo femenino, le cierran el paso frente a lo que parece los monoblocks de Lugano. Chocolate, entradora y sugerente ,hace un gesto con su gorra, saludándolas y ahí vemos que estas yeguas del infierno (o yeguas del infierno feminista políticamente correcto) cuando la pequeña Choco pasa con sus pantalones rojos, le miran el traste. ¿Quién domina a quién? ¿No será que se trata de un juego? La canción y el video continúa y frente al panorama de música popular al que estamos habituadas que hace cumbia blanca (tan blanca como la cantante de este video, ni más ni menos) ya sea acerca de novias celosas, ya sea de amor romántico ya sea contra el trabajo sexual, el reggaeton “Lo que las mujeres quieren” sorprende en su lírica, verdadera batalla. Chocolate, tal como la canción dice, viene a explicarnos algunas cosas, especialmente al reaggetonero macho, y no solo a través de la letra, sino con el concepto todo del video: porque sus bailarinas también son enfocadas mientras cantan la letra “información invaluable para que sepan cómo una mujer goza”. Chocolate les roba a los reaggetoneros machos su territorio y lugar y les va a enseñar sobre mujeres, lo que ellos no saben, porque la breve Choco tiene la capacidad de ir y venir como queda claro en la canción de poder hacer de macho que se las sabe todas y como se las sabe todas, también sabe ponerse en 4, no ser siempre la que domina, por eso el estribillo dice “empújalo, mujer”. ¿A quién o a qué? Pues claramente con arnés cinturonga y dildo al culo del machote, pero también los límites de lo cantable, de lo deseable, de lo emitible, de lo visible, de lo gozable, de la corrección política. En especial comienza erradicando algunos conceptos como que “el tamaño no es clave, vamos a ser honestos...que una mujer prefiere dos dedos bien puestos, o uno... que tu pito será grande pero no más efectivo.” Mientras, las bailarinas se tocan, pero ese tocamiento con esa letra de fondo adquiere otro juego, ya no es toqueteo para el reaggetonero macho, las Chocochicas han descubierto una verdad: que entre ellas se la pasan mejor, ergo, machirulo, te quedaste afuera, esta vez: “Una vez que aprendas que tu pene es prescindible y centrés tu atención en ser un poco más flexible...y quizás te guste darte vuelta como una prenda reversible.” Y la que gira y muestra la tanga es una bailarina, en una clara invitación al machito del reaggeton a que se vista de chica, a que se cole la tanga, porque ser esta súper hembra amazona, tal como dice la lírica, es hermoso y halagador; es decir, la canción es además de una ilustrativa muestra de educación sexual queer, una invitación al Devenir Perra de la perróloga feminista Ixtar Ziga pero para machotes, seduciéndolos con la estética para que adopten la posición de la bailarina, que ya no es, como se emepeñan en ver algunas ciegas feministas un cuerpo objetivado y desempoderado, sino puro júbilo exultante, cuerpo alegre y poderoso cuya situación de dominio hace querer ser como ellas, generar deseo en un cuerpo biopoliticamente asignado a la violencia de genero llamada “varón” de ocupar la posición supuestamente subalterna que estás bailarinas re-inscriben en otra lógica. La letra se mueve y juega, una vez más, y en clara alusión intertextual a toda una historia de lésbica gay con el fetiche policial “que enfunde como un cana su pistola” que va desde Village People y más atrás hasta el hipermaricón de George Michael y sus bailarinas voluptuosas y pelirrojas vestidas de policías, como las que se lo llevaron a él por coger donde no corresponde. Porque de eso se trata, no?, de no hacer lo que corresponde.
 
 Por eso siempre hay gente patrullando con su obediencia debida en vez de blasfemar sobre ciertos valores y símbolos como la policía mediante nuestros fetiches y deseos perversos; esas serán las personas que ejerzan el control de biografía, porque cuando todos los análisis fallen y descubramos que las críticas a este video de político no tiene nada sino que la crítica es solo contra las personas, dirán que dónde vive la hace una cheta, y que eso es motivo y razón suficiente para defenestrarla a ella y a sus bailarinas, ninguneando el trabajo de todas las que participaron en este video. ¿Disculpen pero eso era el feminismo? Y supongamos que lo sea, que sea cheta, acaso eso le resta mérito a la canción y lo que moviliza? Si no les cabe la persona, mi recomendación es que no sean su amiga, pero su expresión político-musical es inobjetable hasta el punto de parecer haber leído Cuerpos Sexuados de Ann Fausto Sterling cuando la lírica chocolatera arroja “Hormonas mi niño, todos tenemos de todas...quien sabe esta vez es ella quien te la acomoda que todo súper macho lleva dentro una loba”. 

 
Entonces, ¿qué cálculo desagradable se hace para llegar desde esta joya del empoderamiento transqueer gordotortafílico del devenir perra a un alegato machista de la cosificación de la mujer simplemente? Simplemente y aunque cueste creerlo del orden de la envidia, el resentimiento, y el odio, todas viejas conocidas de cualquiera que ande por los bordes más incómodos de nuestro mundo, prototípicamente de “la mujercita hetero” que todas llevamos microfascista dentro haciendo de policía contra las otras. Porque las mismas que se ofenden por el fetiche de rati, son las que en los encuentro de mujeres le cantan a las milicas y a las ratis “mujer, escucha, únete a la lucha”, cuando esas son nuestras enemigas, y no están jugando y no van disfrazada.
 
 Según se ve, la vagina te auna en algunos casos y en otros no. Ya se sabe, por la senda del Bien andan aquellas que creen que el sexo es algo que los varones (siempre malignos) le hacen a las mujeres (siempre víctimas y buenas), y que aquellas que disfrutan del sexo han sucumbido, como las idiotas que son, al lavado de cerebro patriarcal y están atrapadas para siempre como estúpidas o colaboracionistas. Así van alentando temores y fobias y recores del orden de la moral que en vez de fomentar y tender a la proliferiación de esfuerzos anti religiosos por la diversidad sexo-afectiva se anclan en una suerte de pureza sexual de un supuesto feminismo lesbiano, qué están proponiendo, cómo seducirán a las otras para que abandonen las heterofilas y se unan a los devenires inclasificables? Explica Halberstam, que ahora es Jack, mal que le pese a varias, como la otrora Pat Califia es ahora el Patrick, que a la sazón formó parte del primer grupo de feministas sadomasoquistas llamado Samois, en honor a la región donde estaba el castillo de Historia de O, la novela de Pauline Rege, ya decía que: 
 

“En su intento de evitar el lenguaje pornográfico o sexista, algunas escritoras lesbianas feministas que querían describir escenas amorosas de sexo se limitaban a hablar de “vaginas” y de “manipulaciones digitales” en un tono que sonaba muy clínico. Este pasaje particularmente asexual está tomado de Common Lives, Lesbian Lives (1983). En la narración “Making Adjustments” de Teresa Lilliandaugther, la narradora y su amante tienen dificultades para ponerse de acuerdo sobre cuándo tener sexo y cómo coordinar sus deseos con sus horarios. La amante tiene menos deseo que la narradora, de modo que ésta intenta encontrar soluciones creativas a ese dilema. Una de ellas consiste en hablar de ello e intentar saber por qué la amante no la desea. Le dice a su amante “Creo que siento como si siempre debiéramos sentir lo mismo, que si yo estoy excitada tu deberías estarlo también”. Otra solución que las amantes plantean es que la narradora debería masturbarse más. Pero ésta dice que no quiere porque lo que realmente quiere es a su amante. La amante responde: “Quizás podríamos hacer un esfuerzo las dos...¿ Por qué no te masturbas mientras yo te acaricio o algo así?”. Finalmente deciden hacerlo. A la amante no le importa, dice, “porque te corres rápido”. La escena de sexo:
Ella comienza a masajear mis pechos y acariciar mi cuello. Después empieza a mordisquear y lamer el lóbulo de mi oreja. Yo empiezo a usar el vibrador.....
-¿Puedes meter un dedito en mi vagina?
-¿Quieres un dedito? ¿Y que tal un dedo de tamaño normal?
-Si, mete un dedo de tamaño normal en la vagina. Para correrme. Como cuando pides en un restaurante de comida rápida.

Esa escena de sexo tiene más que ver con el informe Kinsey que con un relato porno. Esto es un ejemplo del tipo de sexo feminista que se supone que evitaba las trampas patriarcales de follar, mamar, frotar, morder, ponerse dildos o usar roles. (Judith Halberstam, Masculinidades Femeninas)”

Por suerte, y pese a las críticas infundadas de estas ignorates chiquitas acomodadas, muchas de ellas muy patricias, por cierto, por ahí van las Chocolates, cantante, DJ y bailarinas perreando aunque las corra la perrera del lesbofeminismo de la buena conciencia y su coro de ángeles asexuados (porque acá el problema, como era cuando íbamos a la escuela, es el largo de la pollera, o la tela del top), y con estilo y talento, que es lo que en general falta por parte de quién saca el cuero, se las manda a guardar:”“y para las mujeres que dicen esta inventa, y para las que dicen ser felices y contentas yo te desafío mira después no hay vuelta vení y proba conmigo y después me cuentas.”
¿Quién no querría probar con las Chocolate Remix?







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