lunes, 11 de agosto de 2014

Había una vez la princesa Annie de la Buenaconciencia


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Había una vez la princesa Annie de la Buenaconciencia

11/8/14

Había una vez una princesa que se llama Annie la Buenaconciencia. Era pequeña, de preciosos risos colorados que orlaban con piruetas deliciosas la fina piel blanca de su rostro besado por pocas y pequeñas pecas que acariciaban la lisa superficie de sus mejillas de criatura divina y celestial de buena cuna. La bella princesa, como todas las bellas princesas-atrapa potencias de las pequeñas nenas, ocultaba secretos, secretos que a nadie podía confesar, y por los cuales de noche sufría en soledad llorando mares de lágrimas de sal marina que la sirvienta de la reina, su madre, recogía en un pocillo de fría porcelana china para sasonar los manjares que la cocinera creaba sin tregua ni pausa en el palacio. Pero la blanca y colorada princesa atrapa potencias jamás confesaba su secreto, y sola roía su pena. De tanto engullir feminidad y vergüenza, la princesa Annie de los risos de cobre se volvió irónica y pérfida, enturbiando toda palabra con vil sarcasmo. No era maldad lo que la habitaba, como un fantasma a una casa abandonada, puesto que las femeninas princesas no pueden ser maléficas. Era una hiedra aún más venenosa que corroe el espíritu de las jóvenes nenas y maricas del mundo con malsana ponzoña de bilis color verde esperanza dólar paralelo de padres progres y profesionales. Lo que carcomía su carne por dentro, lo que atenazaba su corazón color de cielo hasta volverlo dura piedra petróleo, eran la envidia y el resentimiento, porque la princesa Annie risos de cobre justiciera no podía vivir sus deseos con desparpajo, era simplemente incapaz de cualquier cosa que no fuese lo de siempre, lo normal, lo que la buena conciencia dicta. Annie había sido expurgada hasta la médula no solo de toda capacidad de gustar sexualmente a otros cuerpos con vagina sino de poder desear penes sin sentirse humillada al respecto. Annie era incapaz, asimismo, de afrontar que no siempre somos amadas por todo el mundo. Annie quería ser querida, aceptada, ser una más como todas. Por eso, el resentimiento y la envidia se la fueron devorando hasta dejarle un exoesqueleto de latón que cubría con zapatillas Salomon carísimas y sus finas ropas baggy al estilo punk autogestiva okupa europeizante con el cual intentaba, en vano, parecer menos como todas las demás. Annie senía resentimiento y envidia contra esas otras, putillas de poca monta vulgares y agresivas, que si lograban que todo les importe tres carajos y así realizar su voluntad. Así la buena princesa solo podía construir un “nosotras/nosotros” de la única manera en la que esas palabras se construyen: edificando con sus ladrillos de resentimiento buenrollista una franja de Gaza donde del otro lado queden todas aquellas con las que está todo mal: es decir, las putillas vulgares que les importa todo tres carajos, con las cuales Annie inventaba falsos pleitos y entredichos inexistentes solo porque muy dentro de ella las envidiaba.

En el reino de la buena conciencia progre de Annie vivía una puntilla especialmente. Una nene chiquito, menudo y feo, de cara redonda, mentón de tortuga y ojos de huevo que a la bellísima Annie perdurbaba especialmente. Es que este putilla era molesto, provocadora, y especialmente desestabilizante, como un terremoto. Este pequeño, temible y demoníaco ser era pura potencia de obrar su propio deseo, porque quien no tiene ni salud ni belleza, ni juventud ni riqueza (todos bienes con los que las princesas cuentan siempre), tienen confianza, ingenio y temeraria ferocidad (como los animales del bosque que moran salvajes y libres en la helada tundra y que pueden jugar solas sin necesidad de un rebaño esclavo). Hubo una especial ocasión donde Annie se sintió profundamente transtornada en su acomodaticia progresia ante la presencia del pequeño monstruito animalesco y así asomó la imparable necesidad de crear con el monstruito una diatriba, una enemistad, una persecusión, una exclusión, una segregación so pretexto de que el monstruito pequeño y potente era un riesgo para bienestar de la comunidad que Annie risos de cobre construía excluyendo, armando su zona de confort palaciego mediante la expulsión demonizante del monstrenco terrorista. Porque bien se sabe que todas las princesas bonitas y buenas arman un grupito y dictan quién pertenece a él y quién merece vivir fuera del reino. Tal como Israel hace con Palestina. Tal como todos los estados Nazion gestan microfascismos en nuestros corazones impotentes. Porque todas las princesas de la femineidad de la buena conciencia (esa que no es nunca ni muy femenina ni muy masculina como para incomodar a nadie nadie nunca nunca) ejercen el oficio de la policía del género. Así Annie un día creó el “nosotras/os”, le colocó al lado un “todo mal”, y lo arrojó como una saeta, pero que digo, como una bala, pero no, aún más como un rayo lazer fulminante contra el afilado putilla monstrenco de malos modales en la mesa de la corrección política que, como en realidad tiene una pata renga, se desestabiliza con un escupo bien lanzado. El ínfimo pero poderoso putilla estaba tan acostumbrada a estas afrentas que su piel estaba resguardada por una gruesa capa de finos camafeos de nácar azulverde y espinas de cactus que nada, pero nada de lo que las princesas como Annie pudieran decir-hacer podía penetrarla. Por el contrario su piel anfibia y andrajoza tenía el poder mutante de tomar casi cualquier oportunidad como un espacio incomensurable para la resignificación y la reapropiación noble y soberana que solo pueden tener las monstruas de la gleba. Y con el resentimiento y la envidía que sus pocas pero insoslayables potencias producían en todas las princesas, y especialmente en Annie de los risos de cobre, realizaba esas labores con las que las princesas de la buena conciencia podían soñar porque estaban muy ocupadas confabulando sus grupos de autoayuda de princesas que no pueden estar solitarias.

En el reino vivía también una niña que gustaba mucho de la putillas pero tenía terror y pánico de quedar solita. La niña que soñaba con ser ella misma una putilla y no una princesa buena o peor una sierva lacaya del coro de ángeles de la buena conciencia que desafina la canción de la corrección política había sido contagiada con el pus pestilente del querer ser amada que la pérfida princesa había derramado en su ojo de ahora en más. Si bien las putillos intentaban convecer a la niña mediante sus actos que del otro lado, fuera del espacio de las comunes, serás más libre en este laberinto llamado “me importa tres carajos”, allí podrías combinar el naranja con el marrón, podrás alimentarte con aquello que sane tu cuerpo, no tendrás que quedar bien con nadie, podrás ser tan libre que tendrás la potencia de tu locura sin temor. Ven ven aquí querida donde el incomodar a las princesas acomodadas es filigrana con la que se decoró la plataforma para despegar en vuelo fugaz. Pero la niña dudaba y dudaba y no se decidía a afrontar el bellísimo riesgo de la transgresión sin importar el que dirán las otras niñas que juntas, en el espacio de las comunes, se acompañan impotentes, excluyendo, confundiendo manada de lobxs con nido de humanas, cómplices y secuaces con potente afinidad. Al fin de cuentas, entre las obsecuentes, la pobre niña, que había estado tanto tiempo sola, alimentándose de raíces arrancadas de la helada tierra, había encontrando, bien o mal, entre estas autocondescendientes mediocres, un seralguien, de algún modo se había encontrando un ellamisma, que ahora no quería resignar. Pero como el precio que pagan las sirenas que quieren caminar sobre la faz de la tierra cuando no les corresponde su tiempoforma, la niña había sacrificado en el altar de la compañía cualquier potencia incierta e inconmensurable que otorga el don del proceso de la sagacidad prepotente y empecinada con su propio deseo máquina de guerra. El precio de no caminar sola es condenar la astucia en el altar de la sabia masa molar mediocridad de las muchas en el orden menor de la dádiva concedida por el orden mayor. En cambio las putillas cabalgan, mitad yeguas, sobre el microocéano de la minoría molecular.

Les putillas no tenían un nosotras para ofrecer porque en el bosque solo hay líneas de fuga perpendiculares jamás rectas ni sectas. Solo le podían mostrar lo evidente: se es lo que se puede, y lo que se puede solo se conoce colisionando con aquellos cuerpos orbitales que desprendan en una las partículas de la potencia no masacrada dentro del cuerpo, tomando posición sin temer sin temor
.

Así los putillas monstruosas del reino de las buenas princesas de risos de cobre dorados siguieron libres y salvajes, solitarias afectándose, galopado sobre las olas de desopilante risa incontenible y rabia mientras la niña, de tanto dudar acerca de si tomar posición o no contra los embates principescos contra lo que ella tanto gustaba, se convirtió en un pequeño hígado pusilánime y tímido que ya no pudo revelar su insondable potencia. Pero eso sí, siempre tuvo amigas para merendar por la tarde en tacitas de jade, opalina y porcelana fría, como buenas vecinas y atentas señoras de alcurnia, mientras se habla el lenguaje del “todo mal” y se despelleja a las putillos que no se adaptan a las normas del género trazadas en el reino de la buena conciencia.

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