jueves, 12 de junio de 2014

Lesbonorma microfascista: Games of Crohn. Diario de una externación


Games of Crohn
Diario de una externación


Lesbonorma microfascista

4/6/14

Lesbonorma microfascista

Para Gabriel P.

¿Por qué hombres y mujeres combaten por su servidumbre como si lucharan por su salvación? ¿Cómo es posible que se llegue a gritar: ¡queremos más impuestos! ¡menos pan!? Lo sorprendente no es que la gente robe, o que haga huelgas; lo sorprendente es que los hambrientos no roben siempre y que los explotados no estén siempre en huelga. ¿Por qué soportamos desde siglos la explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de quererlas no sólo para los demás, sino, también, para nosotros mismos? Félix Guattari

Crohn ha traído muchas sorpresas. Mucha gente que quiso ayudar y se quiso acercar. Celebrar su presencia y su amistad, también su cariño, no hace falta que seamos amigas para contener, apoyar, respaldar. Estar abierta a las sorpresas ha sido, y sigue siendo el lema.
La enfermedad y su tratamiento debilitan físicamente (50 miligramos de corticoides por día no es joda, y he tomando más aún, por lo menos los 20 primeros días de internación) y psíquicamente, aunque todo esté tan en el pasado que a veces juego a que no va a volver a ocurrir, lo cual no es cierto. A veces una deja acercarse de más a la gente, ya sabemos del peligro que eso implica porque vivimos, como dice Deleuze hablando de Spinoza, a merced de los encuentros en un mundo más que desafortunado, repleto de gente trastornada, vampiros que quieren entristecernos, puesto que el poder tiene mucha más necesidad de gente triste que de cuerpos alegres y potentes. No, no les interesa realmente que te estés recuperando, insisten e insisten aunque ya les hablaste claro, y siguen rompiéndote los ovarios con su demanda enferma probablemente hasta que te mueras. Madeja extensa en la cual me extenderé en lo sucesivo que tiene que ver con la famosa y querida enfermedad de la cathexis del enamoramiento, el abuso, el hostigamiento y el acoso, entre otros males de una subjetividad de barra-brava macho desempeorarte (sin haber nacido asignada macho al momento de nacer). Creo que esto en parte ocurre debido al vicio de la horizontalidad, por siempre creerme que soy como cualquiera, de hecho es así, sino mirame enferma de una autoinmune, cualquier podría tener Crohn, como cualquier hija de vecina, cualquier persona común y corriente, eso soy; entonces me creo, un poco como enseñó Baruch, que hay que darle cabida a todo el mundo, si quieren hablarnos, hablarles, si quieren conocernos, conocerles, si quieren ser amigas, intentarlo. Craso error que solo invita a la reterritorialización de la norma y los intercambios más absurdos por parte de personas que realmente sería mejor que subsanarán el error de existir.
La norma no es solo la norma de las enfermedades. La soberbia de quienes se creen sanos ve enfermos en todas partes. La soberbia de quienes se creen normales te asumen sometidas aun cuando una toma decisiones vitales. Y así funciona también con el deseo por parte de las personas cuyos deseos son, por decirlo de algún modo, un poco más acotados. Desde que sé que me gustan las mujeres he vivido la lesbonorma como una espada de Damocles pendiendo sobre mí. He hecho cosas deleznables para encajar, como toda adolescente o joven temprana, en grupos lésbicos, como negar compañeros o amantes no mujeres, o esconder que no solamente me gustan las mujeres, o agobiarme porque no me gustaban TODAS las mujeres o algunas que sí gustaban de mí. En otros tiempos, cuando me consideraba bisexual, cargaba conmigo el estigma de no ser una lesbiana verdadera, falsa torta que transmite enfermedades, me lo han dicho muchas veces, como hoy no tienen reparos de decirme lo mal que me veo (según ellos) por mi enfermedad, y lo bien que me veía antes. Nunca seré lo que llamo lesbiana pura sangre. También cargaba y cargo con el estigma de “bisexuales propagadoras de infecciones de transmisión genital”, como si cualquier peste tuviera que ver con tener sexo con gente que no tenga vagina; he llegado escuchar tremendas sandeces de boca de reputadas lesbianas radicales afrodescendientes diciendo “¿de qué te vas a contagiar si estas solo con mujeres?” (supongo que hoy ya deben haber aprendido alguna cosa sobre infectología, porque de una orgía de mujeres yo me vine con una clamidia a casa, y hay quienes creen que de esa clamidia nació el Crohn actual).
Hoy no me siento bisexual ni mujer, a veces tampoco lesbiana (si por lesbiana entendemos una señora madre de familia profesional y con mucama en pareja monogámica que de a ratitos juega a la radicalidad y se consigue una chonguita, rubia, linda y flaca tipo sex toy de carne para jugar con su señora esposa exitosa), hoy sé que “mujer” es un artefacto político que responde a la heterosexualidad como régimen político, he leído a Monique Wittig, me ayuda a vivir, sé que varón/mujer son ficciones somatopolíticas las cuales sostenemos con nuestras creencias, y mis preferencias sexuales se han expandido, no achicado. Me siguen encantando ya no tanto las mujeres, sino las lesbianas, cuanto más tortas y masculinas mejor, y todo lo demás que habita este mundo que no sea heterosexual, cuanto más raro, mejor. Evidentemente la identidad “lesbiana”, la cual politicamente activo como muchas otras contra el régimen heterosexual opresor e imperial, me queda acotadísima a mi realidad sexo-afectiva y de poco, a esta altura del matrimonio igualitario y demás ficciones neoliberales, la voy dejando atrás. Más aún, suelo no dar pie con bola en cuanto a las maneras lésbicas (concedaseme que existen) de relacionarse sexoafectivamente de la subjetividad de Buenos Aires, con sus ritos, pasajes, y grupos, los cuales tienen prácticas que usualmente no me interesan. Cada día un poco más lejos del feminismo y más cerca de Nike y McDonald's estas lesbianas. Y las viejas rancias lesbofeministas cada día más cerca de la policía de la corrección política y la censura a las más jóvenes. (Como de muestra sobre un botón, solo diré que hubo pica en el Encuentro La Celebración de las Amantes de Rosario porque algunas tortas quería romper todo en la Catedral, y llenarla de sangre menstrual, y las viejas carcamanas decían “no se consensuó”. ¿Desde cuándo se consensúa romper una Catedral entre tortas? Bueno, quizás sea tiempo de dejar de ser torta entonces.)
Desde hace 20 años, las cosas parecen no cambiar, o al menos las mentes de las tortas más viejas parecen no cambiar. Mucha gente debe pensar que ser fascista es llevar la cabeza rapada, usar borcegos con cordones blancos, una remera de Hitler y militar al partido de Biondini. Mucha gente debe pensar que tener un amigo judío alcanza para no ser nazi y no está enterada que si hay algo peor que un skinhead es un microfacho porque eso es hasta indetectable, sútil y sofisticado dado que opera con nociones tales como el bien común.. No obstante hay muchas otras formas del fascismo más insidiosas y encubiertas, como un cáncer, o un Crohn. Y no me refiero a la obviedad que significa desear un tatuaje de una esvástica, lo cual es una frase que no debería ser dicha, mucho menos pensada, jamás deseada, una frase que no tiene disculpa, ni sentido y de la cual NO SE VUELVE, como quien desea tatuarse la insignia del ejército argentino o las fuerzas de ocupación israelíes. Por favor, no me vengan con pavadas, nadie en su sano juicio se tatúa una esvástica so pretexto de que es un símbolo indoeuropeo en el mundo de hoy, todo el mundo sabe lo que representa, y el único uso que se le puede dar, como a las cruces, es el del escarnio, para ridiculizarles los símbolos del terror, volverlos puré, hacer una perfo, sacárselos de la vagina, o cojerse brutamente con amigas tortas mientras se destruye la seriedad de esos símbolos de horror. Desear una esvástica para llevarla en la piel todo el tiempo como quien se tatúa un dragón o una flor de loto es lisa y llanamente una provocación antisemita a la cual debemos responder crítica y agresivamente, sin dar espacio a réplica. No debemos sentir vergüenza de no tolerar los agravios y provocaciones de gente que sustenta, bajo pieles de inocentes corderos, toda la intolerancia discriminatoria de este mundo, y el microfrascismo de los jueces que prescriben quién es y quién no es lesbiana. Es menester volver a vivir en un mundo donde no estamos expropiadas de nuestra capacidad de reacción ante las provocaciones segregacionistas de todo tipo. Contestar la provocación es necesario. No temerles. Que les quede claro, son mierda, basura y el mundo es mejor si personas así no viven en él. Abandonar el vicio de la tolerancia de maestras jardineras que comprenden al nenito que se hace popó cuando estamos tratando con gente que no tiene ningún prurito en manifestar su provocación al mundo con su deseo fascista, aunque piensen que fascista es tal vez un miembro del partido neonazi y nadie más.
Sin embargo, hay otro fascismo, uno más solapado, un fascismo micro, que vive en cada corazón humano, y que se manifiesta de las más diversas formas. Ojalá todos los fachos andaran con tatuaje de svásticas, serían fáciles de identificar y de atacarles (sí, de atacarles, se acaba la paciencia y la no violencia ante ellos, porque creen que violencia es un cachetazo, y fascismo es un oficial de la SS, probablemente porque nunca les pegó la policía o porque son las beneficiarias del monopolio de la violencia estatal que no quieren reconocer y que solo beneficia al Estado). Ya lo había dicho Wilhem Reich: las masas desearon al fascismo, no se les impuso. Y la pregunta de por qué los seres humanos luchan por su propia esclavitud (lo cual tiene todo que ver con dejarse intervenir médicamente sin ningún tipo de cuestionamiento crítico, como NO es mi caso) es una interrogante que ha acuciado las mentes filosóficas más dignas de ser tenidas en cuenta.
La lesbonorma es uno de los tipos más extendidos del microfascismo, y no importa cuánta campaña los mismos grupos lésbicos hagan, parece ser que la lesbonorma cala tan hondo en eso que Freud ha dado de llamar “envidia al pene”, que no se pueden deshacer de él, porque solo envidiando a los varones, en tanto varones (y no artefactos políticos de un régimen heterosexual que deben desaparecer en su deconstrucción), en tanto portadores de algo tan nimio como una pija, es que se explica esa virulencia que ciertas lesbianas tienen hacia aquellas que como yo, siempre vamos a sostener no solo el deseo de hacer lo que se te venga en gana, sino el deseo, no tanto por la pija, sino por cuerpos que, para desgracia de ellos mismos, han sido asignados a la violencia de género llamado “varón”. Aunque creamos que hay que cuestionar especialmente el propio deseo y desconfiar de él, es también menester mantener un equilibro y ese espacio de agentividad donde nadie puede prescribirte cómo comportarte, lo que está bien y lo que está mal. Somos las únicas jueces de lo que hay en nosotras. Y la única medida es aquello que incrementa nuestras potencias (sin descomponer primariamente a otrxs, excepto a los agentes del régimen hetero-imperial, que viven incluso en corazones no heteros). No veo nada grato, bueno, digno de alabanza en esa supuesta pureza de no haber nunca podido afectarse con otra corporalidad que no esa la de la misma bioasignación. Y solo entiendo la persecusión de cuerpos que si se afectan con cuerpos de otra bioasignación como una relevancia desmedida al pitito de carne.
Por el contrario, en esa incapacidad de poder entablar relaciones afectivas con otros tipos de cuerpos (lo cual no solo se extiende a “varones”, sino a personas trans, travestis, tullidxs, y por qué no, animales no humanos) veo no solo una gran impotencia, en el sentido más spinoziano del término, sino el germen en crecimiento cual cultivo de bacterias del fascismo mucho peor que los gérmenes que llevo en la panza desde hace dos meses y más, que luego niegan. Más aun, veo la incapacidad de ver y experimentar devenires, y la incapacidad de pensar relaciones y formas de tener sexo que no sean heteronormadas, las cuales probablemente también se les trasladen a sus abúlicas y anodinas vidas sexuales lesbonormadas. Igual que nazis, estas lesbianas desean simplemente erigirse superiores, tal vez justamente como maniobra para compensar su complejo de inferioridad, dada su incapacidad, su falta de potencia (recordemos que el incremento de la potencia depende de la capacidad de afectación). Ese lugar supuestamente prístino, sin mácula, puro, donde no tener la capacidad de afectarse con un cuerpo biopolíticamente asignado a algo que no sea “mujer” y cuya identidad no sea necesariamente “lesbiana” equivale a ser mejor, poder señalarle a las demás un error, indicarles cómo comportarse es la puerta de entrada a todos los fascismos, micros y macros, de este mundo. Como hay mucha boluda dando vuelta, quiero aclarar que esta humilde reflexión no está lidiando (no me atrevería, el tema me excede) a ciertos espacios que se piensan “solo para....(complete aquí con la identidad que le guste)”; sino a algo mucho más mundano y pedestre que tiene que ver con el deseo compensatorio de ciertas lesbianas desagradables y micronazis que andan jactándose de su superioridad por no haber estado nunca con un “varón” ni haberlo siquiera deseado, e intentan denigrar con actos y palabras a quienes sí deseamos y podemos otras formas de encuentro y las logramos, y que creen que esa jactacia no es ostensiblemente fascismo persecutorio, discriminatorio y segregador, tal como decir “a los judíos hay que hacerlos jabón”. Para decirlo claramente, quienes así piensan comen choripán en el mismo parador que la policía, los milicos y los fachos. Punto final.
De ese mundo limitado, escueto, estrecho y obviamente microfacho hay que no solo alejarse de esta gente, sino socavarles y atacarles, que se sientan incómodas y demás, que no se la lleven de arriba, y si se acercan, estar preparadas para hacerles frente. Y no confundir la reacción de quien es oprimidx y la reacción de quién dice basta y se levanta contra lxs agentes imperiales del deseo y la policía lésbica con la violencia de quien agrede con sus lesbonormas y sus normas, y su normalidad y su deber ser y su deseo fascistas. Y recordarla siempre a la querídisma Kate Millet, feminisita de fuste, ésa, de la famosa frase “mientras las mujeres amábamos, los varones gobernaban”, esa que decía que “el amor es el opio de la mujer” que tuvo que aguantar la exclusión porque allá lejos en los años 80, donde parecía que queríamos algo más que ser como heterosexuales, fue discriminada porque jamás dejó de negar su bisexualidad.
¿Será todo tan básico?¿Lesbiana significa no tener contacto con cuerpo biopolíticamente varones ni con cuerpos de expresiones de género y/o identidades “varón”? ¿La biología es destino, la sexualidad es estanca, y la identidades fijas y naturales?
Devenir amazona, aquella guerrera montada en una zebra que hace realmente lo que quiere con un deseo de no participar en los ritos mujeriles de la polis y en su reproducción.
A veces me gustaría vivir en Marte y ser su reina (sin los massacre, cuya canción, sobra, por machistas)

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