lunes, 9 de junio de 2014

La salud, los enfermos, las madres. Games of Crohn. Diario de una externación


6/6/16



Games of Crohn: Diario de una externación

La salud, los enfermos, las madres

Para Olaya

Los enfermos y los medicos
Antonin Artaud

La enfermedad es un estado,
la salud no es sino otro,
más desagraciado,
quiero decir más cobarde y más mezquino.

No hay enfermo que no se haya agigantado,
no hay sano que un buen día
no haya caído en la traición,
por no haber querido estar enfermo,
como algunos médicos que soporté.
He estado enfermo toda mi vida
y no pido más que continuar estándolo,
pues los estados de privación de la vida
me han dado siempre mejores indicios
sobre la plétora de mi poder
que las creencias pequeño burguesas
de que:  BASTA LA SALUD.

Pues mi ser es bello pero espantoso.
Y sólo es bello porque es espantoso.
Espantoso, espanto, formado de espantoso.

Curar una enfermedad es criminal.
Significa aplastar la cabeza
de un (torcido para desdoblarlo al nivel oficial) pillete
mucho menos codicioso que la vida

Trabajo de enferma de Crohn. Mi rutina es ir a médicos, hacerme controles, tomar medicación, descansar, y realizar trámites en el estado y en la obra social para conseguir con el primero el certificado de discapacidad que costeará la muy cara terapia biológica (supuestamente la mejor para mi tipo de Crohn fistulizante, ese que silenciosamente un día te perfora sin aviso el intestino y te genera una sepsis generalizada y una peritonitis, y para la cual, sin esa terapia de 40000 por mes, el único tratamiento es cortar y cortar el intestino con cada perforación hasta quedar sin ano) y en el segundo caso para que entretanto eso salga, también cubra las otras terapias. El ano se vuelve un lujo capacitista, alguien que le avise a Preciado. El resto del tiempo es administrar el dinero que tengo para comprar la medicación, que es muy costosa. La anemia me impide disfrutar de muchas cosas, me canso rápido, camino lento, me agito y tengo taquicardia (pero el otro día conseguí bailar media canción de salsa con mi amiga Olaya!). No hay energía para todo, y todavía no sé bien cómo administrarla de manera más eficiente. Me gustaría ir a lugares, hacer cosas, y sencillamente no puedo. En un tiempo todo esto me resultará tan ajeno que no podré casi recordarlo, no obstante el miedo a recaer estará ahí por siempre. En algún punto, soy mi propia enfermera, intento ir sola a las consultas médicas, un poco porque lo elijo, otro poco porque no se pueden andar pidiendo tantos favores, pero a veces me gustaría estar más con alguien, porque no tengo quien me acompañe, porque he emprendido sola una revolución permanente y solitaria y no tengo quien me lleve al hospital. Me siento como dice Yourcenar en Cuentos Orientales aun “a merced de las añagazas de este mundo y muy poco preparada para las renovaciones de la otra vida”. Tampoco quiero ser como esas mujeres que necesitan ir acompañadas a todos lados. El transporte es lo peor, porque como no se me nota, o no se me nota demasiado ni el Crohn ni la operación, ni la anemia, tengo que esperar colectivo vacío, si es que puedo a viajar sentada. Como tampoco tengo tono muscular en las piernas, gracias a la atrofia de 50 días postrada y a la cantidad inmensa de corticoides subir escaleras se torna un calvario, y vivo en una de las ciudades más inhóspitas en cuanto a facilidades para discapacitados, casi no hay escaleras mecánicas ni rampas. Un asqueroso mundo de normales que discriminan y te invalidan con su normalidad.
Por otra parte, los normales tienen una idea de la enfermedad que si no te ven de color verde-amarillo, vomitando bilis, postrada en una cama y sin poder andar, quiere decir que no estás mal, que fingís y que no necesitás ayuda. Quien enferma no tiene derecho ni de maquillarse, ni de intentar verse bien, o no sentirse tan mal con su cara de Quico del Chavo del 8 esperando transplante a 40 mgs diarios de corticoides obligatorios, quien enferma no tiene derecho de ir al cine, ni de comer en un bar, o caminar por la calle, quien enferma tiene que quedarse en su casa esperando recibir visita, sopita y polenta. La gente con su morbo espera que esté encerrada y no haciendo esfuerzos para recuperarme, tendría que estar durmiendo todo el día, aburrida y sufriendo. Salir y la calle es para los sanos, no para las enfermas. Por eso, les sorpreden que esté tan arreglada, porque saqué a reluciar las pinturitas y la ropa extravagante, me disfrazo de queen, bueno o mi versión de queen, después de tanto tiempo. Además tengo ganas de teñirme el pelo, y saben qué, no tendré un centavo porque no puedo trabajar, pero tengo todo el derecho del mundo a comerme algo rico, además de mi obligatoria polenta con aceite de canola, y todo el derecho del mundo a ponerme el pelo del color que se me canta la argolla. No por estar pobre y enferma debo vivir sintiéndome aún peor, feo, débil (no consigo subir bien el peldaño del colectivo, yo que podía hacer más sentadillas que nadie en el gimnasio y saltando!). O mientras tanto, la mirada de piedad y misericordia. Nunca la ayuda, pero sí la lástima. O sencillamente al abandono de las frases hechas y de la buena onda. Solo la soberbia de los normales puede suponer que alguien con una afección es una persona sometida. Solo quienes se creen sanos ven enfermos en todos lados. Y por eso, porque me niego a verme como una verdadera mierda que está a punto de morir, porque no estoy a punto de morir, y no soy una mierda, y volveré a tener mis piernas, y cuando no tenga más piernas tendré una espléndida silla de ruedas cromada y una remera que diga “Lame mi llantas y se mi perra”, es que muchas veces quienes tienen que ayudarme y protegerme se desentienden, o no se dan cuenta (qué sí, que estoy vulnerable, que no soy omnipotente, y que no es verdad que no pido ayuda, no me cuesta pedirla, simplemente me topo con mis propios límites, solo que quiero llegar sola al límite y cuando veo que no puedo, pido). De los otros, no espero nada, fantasmas desaparecedores. Como si el destino de quien enferma pero intenta estar bien entonces ya no está convaleciente y no necesita ni ayuda ni nada.

No tengo palabras para describir esa ficción llamada salud y estar sano que solo quienes se creen normales ostentan, únicamente se me ocurre compararlo con las veces que oigo la referencia a la maternidad relacionándose conmigo. Algo que todo lo embadurna con su pátina de naturaleza por todos lados, como si fuera lo mejor, lo más deseable, lo que hay que hacer, lo que va a pasar, como tener novio o novia. En el baño de la clínica una madre forzado a su hijo ya grande, de unos 8 o 9 años, que no quiere ir al baño de mujeres, y ella obligándolo, le dice “Los nenes chiquitos pueden ir al baño de las mamás. El baño de las mamás es para los nenes también”. Mujer igual mamá. Ni baño de mujer tenemos..., es el baño de las mamás, todas somos mamás o debemos serlo. Me acerco al nene, que ya le preguntó a su mamá en voz bajita si soy nene o nena, y le digo por suerte un día vas a aprender que en el mundo hay más que madres y mujeres. O aquella joven mujer que me cruzo en el ascensor y que a su bebé casi recién nacido, porque venía de neonatología, le dice “portate bien, no me hagas quedar mal, no llorés más, qué va a pensar la gente?” 20 años, le digo, esto dura 20 años. ¿O se lo digo al bebé? O la gastroenteróloga que me pregunta, ¿tenés hijos? ¿Le preguntará eso a sus pacientes varones? ¿Es acaso importante para mi tratamiento? Que conste que no tenía que ver con una pregunta clínica sino con un comentario de cómo las madres se preocupan por sus hijxs hasta atozigar a los médicos. No, no tengo hijos por suerte. Tengo una madre. Todas madres.

La enfermedad te normaliza. Te vuelve mujer, humana, si te dejás, en el peor sentido que esa palabra pueda llegar a tener. Te vuelve una persona poco autónoma, víctima, que no se sostiene sola y mutila las potencias de los demás con su propia impotencia, pero que tampoco recibe ayuda, solo le mendigan piedad.


Antonin Artaud: Los enfermos y los médicos. Descripción de un estado físico

Los enfermos y los medicos
 
La enfermedad es un estado,
la salud no es sino otro,
más desagraciado,
quiero decir más cobarde y más mezquino.

No hay enfermo que no se haya agigantado,
no hay sano que un buen día
no haya caído en la traición,
por no haber querido estar enfermo,
como algunos médicos que soporté.


He estado enfermo toda mi vida
y no pido más que continuar estándolo,
pues los estados de privación de la vida
me han dado siempre mejores indicios
sobre la plétora de mi poder
que las creencias pequeño burguesas
de que:  BASTA LA SALUD.

Pues mi ser es bello pero espantoso.
Y sólo es bello porque es espantoso.
Espantoso, espanto, formado de espantoso.

Curar una enfermedad es criminal.
Significa aplastar la cabeza
de un (torcido para desdoblarlo al nivel oficial) pillete
mucho menos codicioso que la vida

Lo feo con-suena .
Lo bello se pudre.

Pero, enfermo,
no significa estar dopado con opio,
cocaína o morfina.

Y es necesario amar el espanto de las fiebres,
la ictericia y su perfidia
mucho más que toda euforia.

Entonces la fiebre,
la fiebre ardiente de mi cabeza,
--pues estoy en estado de fiebre ardiente
desde hace cincuenta años que tengo de vida--
me dará mi opio,
-este ser-
éste,
cabeza ardiente que llegaré a ser,
opio de la cabeza a los pies.
Pues,
la cocaína es un hueso,
la heroína, un superhombre de hueso.

Ca itrá la sará cafena
Ca itrá la sará cafá.

Y el opio es esta cueva
esta momificación de sangre cava ,
este residuo de esperma de cueva,
esta excrementación de viejo pillete,
esta desintegración de un viejo agujero,
esta excrementación de un pillete,
minúsculo pillete de ano sepultado,
cuyo nombre es:
mierda, pipí.

Con-ciencia de las enfermedades.
Y, opio de padre a higa,
higa, que a su vez, va de padre a hijo.
Y se hace necesario que su polvillo
vuelva a ti cuando tu sufrir sin lecho sea suficiente.

Por eso considero
que es a mí, enfermo perenne,
a quien corresponde curar a todos los médicos
--que han nacido médicos
por insuficiencia de enfermedad--,
y no a médicos ignorantes
de mis estados espantosos de enfermo,
imponerme a su insulinoterapia,
a su salvación de un mundo postrado.

...........................................................

   Descripción de un estado físico
 
Una sensación de quemadura ácida
en los miembros,
músculos retorcidos e incendiados,
el sentimiento de ser un vidrio frágil,
un miedo,
una retracción ante el movimiento y el ruido.

Un inconsciente desarreglo al andar,
en los gestos,
en los movimientos.
 
Una voluntad tendida en perpetuidad
para los más simples gestos,
la renuncia al gesto simple,
una fatiga sorprendente y central,
una suerte de fatiga aspirante.

Los movimientos a rehacer,
una suerte de fatiga mortal, 
de fatiga espiritual
en la más simple tensión muscular, 
el gesto de tomar, 
de prenderse inconscientemente 
a cualquier cosa sostenida 
por una voluntad aplicada.
         
Una fatiga de principio del mundo, 
la sensación de estar cargando el cuerpo, 
un sentimiento de increíble fragilidad, 
que se transforma en rompiente dolor, 
un estado de entorpecimiento doloroso, 
de entorpecimiento localizado en la piel,  que no prohíbe ningún movimiento, 
pero que cambia el sentimiento interno 
de un miembro, 
y a la simple posición vertical 
le otorga el premio de un esfuerzo victorioso.
 
Localizado probablemente en la piel, 
pero sentido como la supresión radical 
de un miembro y presentando al cerebro
sólo imágenes de miembros 
filiformes y algodonosos, 
lejanas imágenes de miembros 
nunca en su sitio.
 
La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios.
          
Un vértigo en movimiento, 
una especie de caída oblicua 
acompañando cualquier esfuerzo,
una coagulación de calor 
que encierra toda la extensión del cráneo, 
o se rompe a pedazos, 
placas de calor nunca quietas.
 
Una exacerbación dolorosa del cráneo, 
una cortante presión de los nervios, 
la nuca empeñada en sufrir, 
las sienes que se cristalizan o se petrifican, 
una cabeza hollada por caballos.
            
Ahora tendría que hablar 
de la descorporización de la realidad, 
de esa especie de ruptura aplicada, 
que parece multiplicarse ella misma 
entre las cosas y el sentimiento 
que producen en nuestro espíritu, 
el sitio que se toman. 

Esta clasificación instantánea de las cosas
en las células del espíritu,
existe no tanto como un orden lógico,
sino como un orden sentimental, afectivo.  
Que ya no se hace: 
las cosas no tienen ya olor, 
no tienen sexo.
 
Pero su orden lógico a veces se rompe 
por su falta de aliento afectivo.
 
Las palabras se pudren 
en el llamado inconsciente del cerebro, 
todas las palabras por no importar
qué operación mental, 
y sobre todo aquellas que tocan los resortes
más habituales, los más activos del espíritu.
 
Un vientre aplanado.
Un vientre de polvo fino y como en foco. 
Debajo del vientre una granada reventada.
 
La granada expande un flujo de copos 
que se eleva como lenguas de fuego, 
un fuego helado.  

El flujo se agarra del vientre y lo hace girar.
Pero el vientre no da más vueltas. 
Son venas de sangre como vino, 
de sangre combinada con azufre y azafrán 
pero con un azufre endulzado con agua.
 
Sobre el vientre sobresalen los senos. 
Y más hacia arriba y en profundidad, 
pero en otro plano del espíritu
un sol enardecido de manera
que se podría pensar 
que es el seno el que arde. 
 Y un pájaro al pie de la granada.
El sol parece que tuviera una mirada.  
Pero una mirada que estaría mirando el sol.
 
Y el aire todo es una como una melodía gélida
pero una extensa, 
honda melodía bien compuesta y secreta 
y colmada de ramificaciones congeladas.
 
Y todo construido con columnas, 
y con una especie de aguada arquitectónica
que une el vientre con la realidad.
 
La tela está ahuecada y estratificada.
La pintura está muy prensada a la tela.
Es como un círculo que se cierra sobre sí mismo, 
una suerte de abismo
en movimiento que se parte por el medio.
Es como un espíritu que se ve y se ahueca, 
está modelado y trabajado
sin cesar por las manos crispadas del espíritu.
           
Mientras tanto el espíritu siembra su fósforo. 
El espíritu está seguro. 
Tiene un pie bien apoyado en este mundo.
El vientre, los senos, la granada, 
son como evidencias testimoniales de la realidad. 
Hay un pájaro muerto y hay un abundante surgimiento de columnas.
El aire está plagado de golpes de lápices 
como de golpes de cuchillos, 
como de esquirlas de uña mágica.
El aire está suficientemente alterado.
Así donde germina una semilla de irrealidad 
se dispone en células.
 
Las células se colocan cada una en su lugar, 
en abanico, rodeando el vientre,
delante del sol más lejos del pájaro 
y sobre ese flujo de agua sulfurosa.
 
Pero la arquitectura que sostiene 
y no dice nada es indiferente a las células.
Cada célula contiene un huevo 
donde se destaca el germen.
 
Repentinamente nace un huevo en cada célula.
En cada uno hay un hormigueo inhumano 
pero límpido,
las diversificaciones de un universo detenido.
 
Cada célula contiene bien su huevo 
y nos lo ofrece; pero al huevo no le importa demasiado ser elegido o rechazado.
 
Algunas células no llevan huevo. 
En algunas crece una espiral.
Y en el aire cuelga una espiral más grande 
pero como azufrada, 
de fósforo todavía y cubierta de irrealidad.
 
Y esta espiral tiene toda la relevancia 
del pensamiento más potente.
 
El vientre lleva a recordar la cirugía y la Morgue, 
la bodega, la plaza pública 
y la mesa de operaciones.
 
El cuerpo del vientre parece tallado en granito 
o en mármol o en yeso,  
pero un yeso endurecido.
 
Hay un casillero para una montaña.
Las burbujas del cielo dibuja sobre la montaña
una aureola fresca y translúcida. 
Alrededor de la montaña el aire es sonoro, compasivo, antiguo, prohibido.
 
La entrada a la montaña está prohibida. 
La montaña tiene su lugar en el alma.
 
Ella es el horizonte de algo 
que no deja de retroceder.

Produce la impresión del horizonte infinito.
Y yo describo con lágrimas esta pintura 
porque esta pintura me toca el corazón.
 
En ella siento desplegarse mi pensamiento 
como en un espacio ideal, absoluto, 
pero un espacio que tendría 
una forma posible de ser insertada en la realidad.
 
Caigo en ella del cielo.
Y alguna de mis fibras se desata 
y encuentra un lugar en determinados casilleros.
 
A ella regreso como a mi fuente,
allí siento el lugar
y la disposición de mi espíritu....

1 comentario:

  1. "es el baño de las mamás" donde las boludas hacen fila y fila pues se tienen que recontra higienizar la concha durante 3 minutos mínimo, pues es algo sucio, hasta de sus fluidos se asquean. Y se inmolan cuando un bebé (quizá odiado- de Medeas esta lleno) pasa por su canal vaginal. Me pongo de pie aplaudiendo La descripción de un estado físico, tuve que cuidar de seres amados con HPV y esa enfermedad es "una vergüenza social" como el HIV y tenes q explicar a cada medico imprudente 1000 de preguntas indiscretas e inoportunas. BIG DISGRACE. Pero eres tu mucho más que tu carne debil hoy , pero fortalecida mañana LEONA. YOU WILL ROCK THE WORLD, YES YOU WILL. (estoy segura).

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