viernes, 2 de mayo de 2014

Saga Games of Crohn, diario de una internación. El cuerpo sin órganos.


30/4/14

 



En el 2006 en Galway, Irlanda, bebí agua de la canilla, tal como lo hacía en mi ciudad de origen, Buenos Aires, antes de escuchar en la radio en el anuncio del Gobierno que decía que habían tenido un problema con una bacteria que se coló en las redes de agua potable, cuyo nombre ahora no recuerdo, y que advertía a la población que ese agua no era bebible. Después de poner la panza sobre el frío helado de los azulejos de la casa donde vivía, conseguí arrastrarme hasta la dietética, y comprar mucha vitamina C y extracto de naranja y matar las bacterias.
En el 2008, en Nicaragua, en la ciudad de Masaya, la primera noche que aterricé, no sé tras cuantas horas de vuelo, lo único que conseguí comer que no tuviera un animal muerto adentro fue una porción bastante parecida a la provoleta de queso frito (oh, sí veganos, asesínenme con su moral... que me importan todos ustedes asquerosos hijos del juicio final en estos momentos!). Al día siguiente amanecí en la casa de la pareja de amantes que me habían invitado con una intoxicación tan furibunda que se tuvo que llamar a un médico amigo (el cual, por fortuna, no nos quiso cobrar). El hombre me colocó suero durante dos días y afirmó que si no mejoraba en ayunas, debería volverme a Buenos Aires, a riesgo de que el riñón se dañara. También dijo que no recomendaba llevarme a un hospital local porque mi sistema inmunológico no lo iba a tolerar, que esto se resolvía en casa o no se resolvía acá. Y se resolvió.
En el 2013, viajando por Brazil, en una isla llena de delfines, a 3 hs en lancha de Superagüí que a su vez está a 3 hs de la ciudad de Curitiba, bebí, por descuido una tasa de agua de la canilla. Desde las 9 de la noche hasta la próxima lancha a las 5 de la mañana, vomité primero todo lo que tenía en el estómago, luego un contenido verde fluorescente, envuelta de los más terribles dolores y contracciones jamás experimentados hasta ese momento, unas 60 veces, mientras la temperatura subía y yo me sentía Linda Blair. La noche se hizo inmensa para las amigas que me asistían allí, y la vuelta en lancha a Superagüí donde había un hospital la recuerdo como una crucifixión. En el hospital, lo de siempre: suero. Luego en Curitiba no llegamos a volver a consultar a un médico, un amigo sugirió “parásitos”, recomendó un remedio de venta libre en la farmacia...El cuadro se despejó por completo luego de las más aterradoras 48hs jamás experimentadas a nivel abdominal y ese padecimiento insuperable con cada vómito de lo más profundo de mi entraña.
No soy un cuerpo al cual le asusta el miedo. No soy un cuerpo al cual le asusta el dolor. No soy un cuerpo que no sabe lo que es que duela, duela hasta casi perder la razón y el conocimiento, y no obstante, consigue ni perder el sentido ni la templanza.
Nunca antes mi cuerpo había alcanzado este punto, su punto más bajo de tolerancia y potencia hasta conocer a Crohn, a quién subestimé por completo, como una mala boxeadora o ladrona -jamás se roba sin temor, jamás se sube al ring sin vértigo-. ¿Será este el famoso cuerpo sin órganos que fabricamos y del cual Deleuze y Guattari hablan para construirse un nuevo cuerpo? Desde aquí parte mi cuerpo para armarse otro cuerpo. Un cuerpo nuevo que debe traducir, en el sentido más etimológico del término, aquello que le gustaba del viejo apaleado y zaherido. Ese viejo cuerpo que también ahora debe partir para devenir otra potencia. Este nuevo cuerpo en su potencia más baja en este instante que de cualquier modo hace surgir flujos de afectos inéditos e inesperados, que incrementa con su mutación y su laceración potencias y afinidades, máquinas y agenciamientos que estaban ahí a la espera de conectarse con mi cuerpo, y que el viejo cuerpo, infinitamente más sano y más potente, no conseguía conectar.
Incertidumbre: ¿Seré candidata a qué tratamientos?¿Son estos tratamientos reterritorializaciones o potencias? ¿Seré enferma?¿Discapacitada? ¿Cómo se recuperarán los flujos de vida, las fuerzas vitales?
Por increíble y nimio que parezca, cuando estás encerrada cosas muy absurdas te alegran el día: el sol que sale, una linda luz encontrada entre los botones y cableríos que hay detrás de la cama por donde pasan los controles médicos y las enfermeras que me permite leer toda la noche. Aun me cuesta encontrar las ganas para salir de la habitación. Tampoco es que haya adonde salir, por algo los hospitales son instituciones modernas de encierro tal como la prisión, la escuela o la fábrica: producen una subjetividad. Dentro mío una voz que pulsa como un plan de acción: no aislarse, no pelear, aceptar lo que se te ofrezca (no irrestrictamente pero escuchar que me están ofreciendo), no confrotar con pelotudos, no abrir frentes ni flancos por todos lados.
Como siempre la noche es lo más difícil de afrontar por los huecos de hálito vital. Hay preguntas ociosas que el ciclo vital corrompido por enfermedad, medicación e inanición le hace al cuerpo: ¿qué sentido tiene levantarse de la cama para llegar hasta el baño a mear? “para qué” es una interrogante estúpida que aflora todo el tiempo.
¿Cómo parar esa máquina idiota que busca sentido en la inmanencia a la cual hoy le digo “paranoia” y que quizás me haya traído el cuerpo hasta aquí por mi propio pie?

1 comentario:

  1. No me trates asi. Lucharemos juntxs.
    (es tu fuerte).
    Crohn. (C)

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