miércoles, 19 de febrero de 2014

seminario deleuze foucault en Debates Actuales

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 7 encuentros semanales los días miércoles de 19:00 a 21:30. A cargo de distintos expositores, que presentarán una propuesta durante una hora, con posterior discusión de una hora y media.

Fechas de la Actividad, Miercoles: 19 de Marzo - Primer Encuentro, 26 de Marzo – Segundo Encuentro, 9 de Abril - Tercer Encuentro, 16 de Abril - Cuarto Encuentro, 23 de Abril - Quinto Encuentro, 30 de Abril - Sexto Encuentro, 7 de Mayo - Séptimo Encuentro

19 de Marzo - Primer Encuentro
Emiliano Sacchi
Biopolíticas post-orgánicas: una actualización del diagnóstico del biopoder en la "era de la información"

26 de Marzo - Segundo Encuentro
Facundo Casullo
Foucault y la astucia de la crítica

9 de Abril - Tercer Encuentro
Adrian Velazquez
Espacio y política en Foucault y Deleuze

16 de Abril - Cuarto Encuentro
Gustavo Melera
La Zombilogía como Indisciplina de estudio (y fuga) de los Procesos de Subjetivación Contemporáneos.

23 de Abril - Quinto Encuentro
Leonor Silvestri
El devenir lesbiano con el dildo en la mano: Monique Mystique y el devenir mutante.

30 de Abril - Sexto Encuentro
Santiago Diaz
Deleuze, una micropolítica de lo impersonal. Estética, Cuerpo y Subjetividad en el semiocapitalismo actual.

7 de Mayo - Séptimo Encuentro
Rubens Mendez.
La política de la excepción: las políticas sociales

Inscripciones: debatesactuales@gmail.com



23 de abril en las jornadas organizadas por Debates Actuales de la Teoría Política Contemporánea
gracias  a Ricky Esteves
El devenir lesbiano con el dildo en la mano: Monique Mystique y el devenir mutante. Leo Silvestri


En Mil mesetas se dice que la mujer está atrapada en una máquina dual que la opone al hombre en tanto determinado por su forma, asignado como sujeto. El cuerpo que nos roban para fabricar organismos oponibles. Al mismo tiempola pensadora lesbofeminista Monique Wittig dice sobre la categoría "mujer":


    Para nosotras, ésta es una necesidad absoluta; nuestra supervivencia exige que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a destruir esta clase -las mujeres- con la cual los hombres se apropian de las mujeres. Y esto sólo puede lograrse por medio de la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas de la diferencia entre los sexos para justificar esta opresión. (No se nace mujer en El Pensamiento Heterosexual y otros ensayos.)

Entonces, potencia, possest, nadie sabe lo que el cuerpo puede podría ser la biología no es destino. El devenir “lesbiana” por fuera de la categoría mujer del heterocapitalismo. Un devenir que nunca se define por los caracteres específicos de un cuerpo o por sus órganos, ni por su pertenencia a una especie o género, sino por sus potencias. La mujer “biológica” (es decir, la mujer como construcción de la historia o como dispositivo de reterritorialización del heterocapitalismo) una afectación triste, una disminución de las potencias, un artefacto político producto de la manipulación de la heterosexualidad como régimen político, el producto de una relación de explotación dentro de un orden de producción del mundo. Rechazar ser “mujer” significa rechazar ser “hombre” o “mujer”, si algo hemos aprendido de D&G, es que el hombre no tiene devenir, siendo puro orden mayor. Ese rechazo, abre un tajo no solo hacia un fluir entre géneros, desquiciándolos, sino también a la experimentación por fuera de lo humano, para visitar en nosotras al huespedanimalmutante más inquietante, para no caer siempre en ese feminismo que defiende a las mujeres y que crea teorías donde llama a la pasividad femenina “no violencia”.

Por su parte, una política del devenir supone no se definida por los caracteres específicos genéricos: el cuerpo no se define por sus órganos ni sus funciones, ni por su especie, ni su género. Romper mediante los devenir estimulados por agencimientos y encuentros con órdenes menores las líneas duras del ser, siempre guiadas por las identidades. Si un cuerpo no se define por su pertenencia a una especie, sino a los afectos de los que es capaz, por el grado de su potencia, no se puede saber a priori de la experiencia lo que puede un cuerpo. Lo que un cuerpo puede es lo que hace, no lo que la pertenencia a la especie de ese cuerpo le dicta que es o lo que debería ser. Devenir mutantes, por fuera del hombre y su peste hetero-humanista.
El devenir lesbiano con el dildo en la mano: Monique Mystique y las políticas mutantes.

Formaba yo parte de un grupo de estudio y de intervención institucional llamado Posthumanxs, donde había un amigo, muy deleuziano él y por ende lector de Spinoza. Un día yo estaba exponiendo una serie de conceptos relativos al género como ideal regulatorio, matriz de inteligibilidad y dispositivo de construcción de los cuerpos (en cuanto sexuados como “varones” y “mujeres”), las identidades, y sus modos de afectación a partir de una lectura de Judith Butler, cuando este amigo me dice que a él le costaba mucho comprender no sólo las luchas GLTB  sino también las del feminismo porque para él lo importante eran los modos de afectación, y no las taxonomías identitarias, que él no veía identidades cuando se afectaba con un cuerpo sino que percibía sus potencias. Por supuesto, el amigo en cuestión está casado -o en concubinato-, con una mujer delgada y blanca, universitaria y femenina; es decir, sus modos de afectación no dieron -en apariencia, y ya sabemos que toda estética es política- ni para travesti, ni para cartonera, ni para maricones (que Brad Pitt no cuenta porque nos gusta a todxs, obviamente)... Su potencia, es decir, su capacidad de afectación – en última instancia su deseo en el cual confía por fuera de las lógicas identitarias, por fuera de las taxonomías y las pertenecias a cierta especie, por fuera de toda lucha contra la opresión y sus genealogías- estaba en él ya manipulada para asegurar un vínculo tradicional y conservador con una mujer hetero-normal. Sin saberlo, su potencia ya estaba delimitada por la heterosexualidad como régimen político, y esta historia sólo se consigna aquí no para moralmente denuncian un deber ser de las supuestas acteaciones queer, sino para expresar una vez más cóm los sujetos se aferran acríticamente y sin cuestionamientos, cómo encarnan aquello para lo cual fueron programados y creados a desear dejando de lado la posibilidad de poner el cuerpo.
Diego Tatián -otro hombre blanco, occidental, decano de universidad, y heterosexual- me comentó alguna vez en diálogo informal que desde cierto spinozismo se diría que el cuerpo es sobre todo conservador: quiere seguridad, previsibilidad, regularidad, repetición, policía, comer y dormir a horario. El cuerpo tiene miedo de dejar de ser ese cuerpo que es. ¿Tiene miedo del devenir, acaso? El cuerpo quiere ver lo que ya ha visto, escuchar lo que ya escuchó y confirmar las rutas de siempre. Encontrar lo conocido, reconocer y huir de lo que no reconoce. Comencé a reflexionar entonces. Si la potencia aumenta con la capacidad de afectación -es decir, a mayor grado de la potencia, mayor capacidad de afectación (tanto las alegrías pasivas como las alegrías activas: “verse afectada por” vs. “afectarse con”), se puede pensar que esos modos de afectación o esas potencias en realidad en nuestro mundo desagradablemente tendiente  a la mediación biotécnica farmacopornográfica ya están mediadas por el régimen biopolítico y el género dentro del orden heterosexual. ¿Nuestro deseo está cooptado de tal manera que acaso no podemos afectarnos más que con aquello que los poderes dictan, iteran, prescriben y que nosotras -acriticamente- encarnamos, subyugadamente? Y desde ese cuadro estamos interdictas a pensar y desear, y por ende construir y activar, otros nuevos modos de vida.
Antes que nada, no me refiero a la emancipación del deseo, como si existiera la posibilidad de una aurea aetas del deseo liberado de los equipamientos, sino a cómo construir otros deseos que permitan salir al encuentro de aquello inquietante, abyecto, preclaro, que permita deconstruir el cuerpo, sus deseos y sus modos de afetación. Ninguna pulsión interna vehiculiza el deseo, que ya está previamente delimitado por lo que el agenciamiento permite que sea. El deseo se encuentra más cerca de una ingeniería genética heterocapitalista que de una “drive” pre-lingüístico, a-histórico, transcendente y natural: las estrateficaciones y segmentarizaciones crean una subjetividad que en esto que hemos denominado “ser humano” desea el fascismo, o al menos es exagerdamente condecendiente con su statu quo. El  deseo es producido socialmente y codificado por los bio-hetero-poderes. Quienes ejercen el poder buscan interpretar el deseo, es decir, darle una representación para poder codificarlo, para que se torne manejable y administrable, previsible y sin potencial de cambios: el deseo de calidez, de sociego, de tranquilidad reterritorializado en la norma de la cuidadanía del HeteroImperio al cual estamos todas subjetivada y seducidas, y el cual, a veces, defendemos, diciendo cosas tales como “no me fijo en las identidades”. El deseo manipulado, rotulado, etiquetado, nomenclado para ejercer dominio sobre las personas. Entonces, los sujetos saben quiénes son, lo que quieren y sobre todo cómo deben comportarse y cómo deben hacer comportar a otros ciudadanos de la buena conciencia del Bien del Hetero-Imperio con sus conductas, deseos y subjetividades heteronormales. En ese sentido, el deseo heterosexual es micro-fascista porque depende de una estrategia de dominación insoslayable de unos cuerpos con cierta manera de ser estéticamente inteligidos, vale decir políticamente condificados a través de la percepción de cierta apariencia -“varón”- sobre otros que siempre quedan, consintiendo, o sin hacerlo, en la posición menor de un par polar y binómico al cual a-históricamente se designa “mujer” y se otorga una relación política como dato natural a no cuestionar. La incorporación del deseo heterosexual mediante los equipamientos, aparatos y dispositivos al cual el cuerpo se ve conectado sine qua non desde el nacimiento  hace que la propia subjetividad convierta el propio deseo en el medio de la opresión, fetichizando esa opresión mediante el amor romántico, por ejemplo, entre otros aparatos de captura y disciplinamiento. Al mismo tiempo, la incorporación del deseo heterosexual nos vuelve humanos, es decir, humaniza a una minoría  de personas que funciona como mayoría encarnadas en varón, blanco, propietario de los medios de producción que en occidente está universalizado en sí mismo, y al cual todo lo viviente debe obedecer, someterse, y si tiene con qué, aspirar. Tal como dice la activista española Gracia Trujillo, no hay libre elección del menú: la heterosexualidad se ha construido como la única sexualidad natural, sana, respetable, legítima, visible, reconocida y legal. La presencia del cuerpo y la sexualidad como algo natural es uno de los más severos ejercicios realizados por el poder que presenta algo construido como no político; es decir, la heterosexualidad como tecnología biopolítica está destinada a producir artefactos-cuerpos hetero-humanos en tanto “varón” y “mujer” heterosexual.
La ventana rota por donde fugar de esta cárcel nos la aporta Spinoza a través de la lectura de la expresión possest, neologismo muy fecundo de Nicolás de Cusa, que une el infinitivo “poder” (posse) con la tercera persona de “ser” (en infinitivo: esse). Una expresión que desmantela lo que hay o al menos lo libera de ser algo: no lo que la cosa es, sino lo que puede soportar o sostener, la intensidad máxima en la que puede vibrar un cuerpo sin aniquilarse. Para Spinoza, un cuerpo complejo como el cuerpo humano es un compuesto hecho de muchos cuerpos simples unidos en una cierta proporción [ratio] que es la esencia del cuerpo. La potentia de un cuerpo es su habilidad para actuar por sí mismo. Actuar significa causar cosas como algo opuesto a ser actuado por otros cuerpos (aquello que veníamos diciendo de afectarse con vs ser afectada). Un affectus es la experiencia de un cambio en la potencia de un cuerpo. Se pueden pensar dos factores o niveles que dan forma a la potencia del cuerpo. Por un lado, la potencia está determinada y limitada por su esencia, es decir por la proporción o ratio de su composición (la heterosexualidad como régimen político en nuestro caso). Por el otro, su esencia o naturaleza puede ser más o menos efectivamente llevada acabo, y su potencia puede ser mayor o menor, y esto depende de las relaciones de acuerdo o desacuerdo con otros cuerpos, con sus combinaciones.  Los encuentros entre cuerpos de naturalezas contrarias pueden enfermar o destruir los cuerpos. Si esto es correcto, puede haber dos maneras en la cual los regímenes del género  dentro del heterocapitalismo pueden dar forma a los cuerpos: ya sea que las esencias de los cuerpos están previamente formadas por los regímenes del género; ya sea que los regímenes del género son relaciones de poder de los cuerpos que empoderan o desempoderan al actuar sobre ellos en ciertas formas que trabajan con o contra sus esencias. Tal es la paradoja del heterocapitalismo: aquello que nos constituye como humanas, y por lo tanto como sujetos/as generizados y biopolíticamente asignados a una violencia, aquel ser por lo que, con uñas y dientes, pugnamos por perseverar, es aquello que más nos despotencia, desempodera y desvitaliza: el sujeto humano,  amo y propietario de todos los existentes de este mundo, incapaz de ninguna afectación alegre, y solo susceptibles de las alegrías compensatorias de destrucción y aniquilamiento de otros existentes, incluyéndonos a nosotras mismos, en pos de mitos tales como el Progreso, el Bien o el Avance.
Nietzsche critica la idea del conatus en Spinoza, es decir, el esfuerzo (experimentado como deseo) de un cuerpo por perseverar, su fuerza de existir; si perseverar o existir significa no cambiar ni transformar la esencia. Necesitamos una idea de poder que no esté ligada a una esencia, a un perseverar en la misma forma, que pueda dar cuenta de los cambios de formas y las transformaciones, de sus mutaciones... En nuestra lectura ad hoc de Nietzsche,  éste concuerda con Spinoza en que hay una esencia humana, pero que esta esencia debe ser traspasada, destruida. Las esencias son solo normas profundamente incorporadas/hechas carne/encarnadas (aquel  cuerpo conservador dictando nuestras existencias al que antes nos referíamos). Para hacerlo, debemos incorporar nuevos sistemas que reemplacen los viejos, y para incorporarlos debemos transformar nuestras ideas en sentimientos e instintos, cosa que podemos realizar peformativamente, mediante una práctica repetitiva, o a través de un afanoso trabajo sobre el “yo”, tal como el género dentro del heterocapitalismo nos hizo (somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotras), o con dinamita para que algo nuevo brote en el lugar menos pensado, abrirnos al acontecimiento, y cuando todo estalle, ni reterritorializarnos ni quedar por entero desmembradas. Si como vemos, hay una esencia generizada, la única manera de sobrepasar sus límites es transformar el cuerpo para que destruya su actual forma y rompa los límites de esa potencia fabricada por el HeterImperio que sustenta su condecendencia y complicidad en una suerte de imanencia de las afectaciones la cual no cuestiona. Y esto no puede ser llevado a cabo sin poner el cuerpo en peligro.
De hecho, en una lectura arriesgada del libro III de la Ética de Spinoza, se podría afirmar que el conatus parecería no tener que ver con el incremento de la potencia. La idea de que nada hay en un cuerpo que tienda a su autodestrucción, que la destrucción depende siempre de causa externa se contradice con el hecho de que a veces los cuerpos no desean perseverar en su ser, porque perseverar en el ser significaría quedarse en situaciones de disminución de las potencias. Por ejemplo, si los judíos de la citadela Masada tantas veces asediada con cuya caída concluye la primera Guerra Judeo- Romana se hubieran quedado existiendo, es decir vivos, no hubieran tampoco perseverado en su ser, porque hubieran sido esclavizados una vez más. Ellos recordaron lo que significó ser esclavo y por ende, pudieron tener ideas adecuadas que los llevó a no continuar vivos como forma de resistencia a la esclavitud. En apareciencia, el conatus no parecería una esencia dada y natural de los cuerpos, sino una construcción, en la actualidad y según nuestra lectura especialmente solidaria con la biopolítica.
En nuestras sociedades, parece que se le pide a los cuerpos sujetados que perseveren en su ser, aunque perseverar en su ser signifique una existencia despotencializada. El sujeto moderno parece ser el cuerpo extraído de todas sus potencias, condicionado a perseverar en su ser aunque esa existencia sea una existencia completamente carente de toda potencia insurreccional que le permita vivir connectado a los dispositivos que coloquen su encefalograma plano con signos vitales activos, pero que le destituya de su posibilidad de hacer saltar los cerrojos de la voluntad de poder o el incremento de sus potencias insonsables, el sujeto moderno creado para perseverar en su ser, imposibilitado para disolver o destruir en sí o fuera de sí aquello que en él hay para que persevarar deje de significar una existencia sin potencias, un persistir y redundar, un cuerpo humano moderno generizado y cooptado hasta la tirria por los equipamientos creadores de los deseos del HeteroImperio. Aportemos un ejemplo muy polémico, los judíos que se subían a los trenes que lxs llevaban a los campos de exterminios, en realidad esaban realizando lo que hacían todos los días: yendo al trabajo, consintiendo, con la esperanza de no morir. El ser humano sujetizado y generizado como construcción de pasividad, imposibilitado a sublevarse, expropiado de su capacidad de ataque, prohibido ante la capacidad de engendrar nuevos deseos radicales. Entonces, parece que el conatus no solo no es una idea dada, natural, o propia de un momento histórico, sino que tampoco se condice con la realidad material de los cuerpos; ni con las resistencias políticas contra los biopoderes. Por el contrario, el conatus parece ser, como piensa Butler en Mecanismos psíquicos del poder, un elemento altamente explotable del cuerpo humano para obligarlo a subsistir sin potencias aquella relación donde a condición de existir socialmente (como si esa fuera la única manera de existir) haya que someterse deseosa y felizmente hasta desear ese sometimiento. El conatus-femenino es aquel que hace perseverar en el ser a los cuerpos biopolíticamente asignados a la violencia de género “mujer” e impide que fuguen, resistan, ataquen, golpeen y huyan de esa categoría solidaria con el heterocapitalismo hasta desear, felizmente, ser la sujetadas al “varón”.
Sin embargo, y pese a nuestras “ganas” de infinitud, toda potencia está determinada, por extensa que pudiera ser. La potencia no es neutra, ya está generizada; en nuestras sociedades, el género le da una forma, le impone sus límites, le indica sus “cómo”; que, a su vez, funciona como el dispositivo o la tecnología privilegiada de construcción material de los cuerpos (y sus subjetividades) dentro de lo que Monique Wittig llamaba la heterosexualidad como régimen político por medio de los equipamientos de la semiosis de género, si seguimos la lectura de Teresa de Lauretis. En Mil Mesetas se dice que la “mujer” está atrapada en una máquina dual que la opone al hombre en tanto determinado por su forma, asignado como sujeto. El cuerpo que nos roban para fabricar organismos oponibles, para hacernos como “varones” y “mujeres”, dominadores y dominadas.  Del mismo modo que sin esclavos no hay amos, no hay “mujeres” sin “hombres”. En este orden de cosas, el amo explica y justifica las diferencias que ha creado por medio de la diferencia natural, es decir, una lectura contingente a la cual llama reproducción coital bajo la perrogativa del Dios Ciencia; así la biología se convierte en el brazo armado de la heterosexualidad como régimen político. Como animal estratificado, la vida del ser humano está segmentarizada espacial y socialmente, conectada 24hs al día a dispositivos generizantes de manera continua, sin los cuales no podría persistir en sus formas-de-vida actual, en su conatus contemporáneo HeteroImperial; es decir, el binarismo heterosexual del cual nadie parece dudar como si fuera clorofila hace parte de esa segmentarización: “varón” vs. “mujer”, “adulto” vs. “niño”. Las sociedades modernas utilizan estas máquinas duales para segmentarizar y masacrar los cuerpos, expropiarlos de sus potencias -finitas-  pero insondables; la geometría y la aritmética alcanzan, pues, la precisión de un escalpelo de reasignación quirúrgica que designará como anomalías a corregir “intersex” sobre nuestros cuerpos cuando el recorte genérico de asignación biopolítica dicta qué necesitamos y cómo debemos ser para ser considerados “humanos”, para transitar sin restricciones por el territorio de los posibles devenires, de la humanidad (y del humanismo y sus derechos) debemos portar la documentación de un sexo reconocible y representable desde la heterosexualidad como régimen político, es decir, ser humano, es decir, ser “hombre”, universal anthropos que ya viene generizado, porta ciertos deseos, ciertas subjetividades y no las cuestiona ni las pone jaque. De hecho, una de las prerrogativas de “ser humano” es tener un sexo definible identitariamente que también organice una sexualidad y unas formas de afectación previamente dictadas por la heterosexualidad como régimen político. Cualquier cuerpo que no pueda ser asignado a una de las dos categorías de  sexo en los términos aprioristicamente marcados por el género dentro de la heterosexualidad como régimen político será considerado un monstruo y pagará el precio de no ser inteligible, no reconocible, socialmente, de carecer de existencia social (la cual se nos indica como la existencia más deseable, o tal vez como la única posible), cualquier cuerpo cuyas prácticas socio-afectivas sean inabordables por el régimen será rapidamente estigmatizado y puesto, mediante medidas de fuerza de todo calibre, en su lugar, o aislado hasta el suicidio o la depresión, es decir, desempoderado (y esto vale para cualquier cuerpo levemante tendiente a lo no humano, desde índigneas hasta autistas pasando por lsa más variadas vertientes de las “otrora” psicopatía sexuales y conductuales).
En el heterocapitalismo. el vínculo con el cuerpo determinado como femenino y/o biopoliticamente asignados a la violencia de género llamada “mujer” tiene la lógica de la devastación, que ha hecho de sus devenires posibles esto que estamos siendo ahora, bajo nuestro propio consentimiento, y deseo. Entonces, potencia, possest, nadie sabe lo que el cuerpo puede podría significar también que la biología y la heterosexualidad no son destino: si un cuerpo no se define por su pertenencia a una especie, sino por los afectos de los que es capaz, por el grado de su potencia, no se puede saber a prioristicamente, alejado de la experiencia lo que podemos. Lo que se puede es lo que hace, no lo que la pertenencia a la especie de ese cuerpo le dicta qué es o lo que debería ser, sentir y cómo debería vivir y desear. Somos lo que hacemos con lo que de nosotras hicieron.
Entonces, ¿cómo hacernos un cuerpo por fuera del régimen heterosexual? Interesa volver a Spinoza como filosofía desde donde poder trazar una trayectoria y una política de un devenir lesbiano-mutante por fuera de lo humano y contra el género como ideal regulatorio de la heterosexualidad como régimen político. ¿Cómo le expropiamos (mediante cuáles contra-dispositivos, ténicas, agenciamientos, solidaridades) al heterocapitalismo nuestras potencias limitadas y masacradas, nuestras subjetividades de masa industrializada (una subjetividad Pan de mesa familiar Bimbo de cena de Maru Botana...) sin creer inocentemente en una emancipación posible del género, mucho menos enunciativa como un acto volitivo del tipo "el género es construido, ergo, decretemos su no existencia". El decreto de facto de abolición del género produce las más insensatas aberraciones hetero-queer del mundo y una confusión absurda que reterritorializa la igualdad en pos de lo más fuertes, donde en aras de la no existencia de ese género como artificio vamos a terminar subiéndonos al ring a pelear con un rival con varias categorías de peso por encima de la nuestra. Tampoco es posible continuar pensando en términos de liberación de ciertas asignaciones identitarias (me refiero a un feminismo como liberación de “la mujer”); por el contrario, desquiciar el género, volverlo loco, devenir imperceptibles en tanto no se sepa quiénes o qué somos, cómo somos, cómo vivimos, qué deseamos, cómo cojemos y con quiénes; utilizar la sexualidad que usualmente desborda el género (por eso, la heterosexualidad no es pura, ni tampoco lo son las otras propuestas menos privilegiadas de la góndola de los deseos) para deconstruir  y desnaturalizar nuestra humanidad generizada, para que el género deje de responder al orden heterocapitalista. Si bien nuestras potencias están determinadas por el género, ninguna determinación puede suprimirlas, la potencia es lo que se hace, insistimos. El devenir de esa potencia depende de las alianzas que se realicen y las composiciones que se tengan, contengan y mantengan. Si nuestras alianzas reafirman el contrato heterosexual, mediante acatamientos voluntarios y deseantes a los típicos dispositivos de pareja, monogamia, parentesco filo-sanguíneo, romanticismos varios antropocéntricos, etc. no podremos fugar el cuerpo y todo lo que éste porta lo más inaccesiblemente posible  de las coordenadas de la heterosexualidad como régimen político que ha expropiado nuestras potencias, y las ha colocado en el sitio que más le conviene a los farmaco-bio-poderes.
¿Cómo destrabar y desometer esa voluntad de potencias determinadas por el género dentro del régimen heterosexual? ¿Cómo funcionan las máquinas de guerra que oponemos a este régimen donde el género funciona como un continuo sistema de regulación performativo, es decir, está hecho de relaciones de acuerdo y desacuerdo entre cuerpos e ideas en una ecología social, retomando el concepto de Félix Guattari? Para recobrar nuestros poderes, necesitamos transformar esas estructuras relacionales, alejarnos de agenciamientos que nos anuden  a ciertas formas, y encontrar nuevas afinidades que incrementen nuestras potencias por fuera de la heterosexualidad como régimen político. Como ya dijimos, el artefacto político de retención de las potencias de los cuerpos biopolíticamente asignados a la violencia de género “mujer” está atrapada en una máquina dual que la opone al “varón” en tanto determinado por su forma, asignado como sujeto, el cuerpo que nos roban para fabricar organismos oponibles y someter unas a otros. La pensadora lesbofeminista, Monique Wittig, afirma sobre la categoría mujer: Para nosotras, ésta es una necesidad absoluta; nuestra supervivencia exige que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a destruir esta clase -las mujeres- con la cual los hombres se apropian de las mujeres. Y esto sólo puede lograrse por medio de la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas de la diferencia entre los sexos para justificar esta opresión. (“No se nace mujer” en El Pensamiento Heterosexual y otros ensayos). La opresión crea el sexo del mismo modo que la opresión Occidental crea el color y la raza, es decir, la construcción de la “diferencia natural” de los cuerpos en tanto sexos es el origen de esa opresión. Por incuestionable que se nos haya enseñado a pensar este asunto, no hay división sexual pre-existente a la sociedad. Estamos obligadas a corresponder en mente y cuerpo con la idea de naturaleza que ha sido establecida para nosotras (“formación imaginaria-esencial” de los cuerpos con vagina asignados a la categoría de sexo “mujer”) por el régimen heterosexual, que hace ver la opresión como una consecuencia de esta naturaleza nuestra. Así se naturaliza la historia y la opresión. Más aún, si la dominación es el ejercicio de una relación de fuerzas, es decir, es política y social, ¿cómo puede ser natural, tal como pretende la biología y quienes la invocan como objetiva y neutra?, ¿cuál es el papel de los dispositivos en el ejercicio de la dominación? La categoría de sexo establece como natural la relación que está en la base de la sociedad, es decir la relación heterosexual. Rechazar ser “mujer” significa rechazar ser “hombre” o “humano”: si algo hemos aprendido con Deleuze y Guattari, es que el hombre no tiene devenir, siendo puro orden mayor. El rechazo  activo a ser mujer abre un tajo no solo hacia un fluir entre géneros, desquiciándolos, sino también a la experimentación por fuera de lo humano, para visitar en nosotras al huésped animal más inquietante, para no caer siempre en ese feminismo que defiende a las mujeres y que crea teorías donde llama a la pasividad femenina “no violencia”, a la cual alaba mientras moncalmente espera las ayudas de un Estado lábil que la interpela. Incluso, quienes hablan de patriarcado, como si éste no existiera dentro de una matriz llamada heterosexualidad, por un lado cargan las tintas sobre la esencialidad masculina maligna que emerge por naturaleza de los cuerpos que portan un pene, y  por el otro colocan a la “mujer” como naturalemente víctima; y  en el mismo movimiento segregan a todos los cuerpos con vagina deseos de explorar y experimentar alguna suerte de otroa masculinidad no hegemónica como si fuera traidoras a la matria. Para colmo de males, esta posición permite el ingreso a las filas de las heterosexuales sin una revisión drástica de sus formas-de-vida colaboracionistas con el régimen. Por el contrario, lo que hace de los cuerpos con vagina “mujer” es una relación social específica con el “varón” como construcción política que implica una obligación personal y física. La “mujer” en tanto atrapamiento en una máquina dual que la opone al hombre por su forma, provista de órganos y de funciones asiganadas como sujeto/a. La joven es la primera víctima del saqueo de organización binaria oponible, y luego será el ejemplo y trampa de la heterosexualidad como régimen político.  Lo que hace que un cuerpo sea “mujer” no es tanto su anatomía sino una relación social específica con los cuerpos biopolíticamente asignados al sexo “varón”, que implica, a su vez, una cierta lectura estético-política de esa anatomía  previamente manipulada, dictada y cuya interpretación ya ha sido a priori realiazada a partir de una matriz de inteligibilidad heterosexual, como hemos dicho hasta el hartazgo; lo cual también redunda no solo en la adscripción a cierta categoría social de reconocimiento, validación y existencia, sino también en obligaciones personales y físicas, dependecias emocionales y afectaciones dentro de este sistema al cual denominamos heterocapitalismo.
La heterosexualidad es la relación obligatoria entre cuerpos anatomicamente decodificados, socialmente inteligidos y biopolíticamente asignados en cuanto pares opositivos, verdades incuestionables, potencias enconcertadas, expropiadas y masacrada, un axioma y principio anterior a todo orden, una cosmogonía moderna, una lectura totalizadora y totalizante de todos los conceptos y todos los existentes, que crea leyes generales que valen para todas las sociedades, culturas y épocas. El pensamiento heterosexual, tal como nos enseña Monique Wittig, no puede concebir una existencia que no ordene los asuntos humanos y todos los procesos concientes e inconcientes dentro de la heterosexualidad. Aún más, ordena también los asuntos animales, vegetales, minerales … entre otros existentes categorizados de tal manera por los humanos!, y todo el ámbito de lo inernte dentro de sus categorías; de allí que se habla de tornillos “macho”, arandelas “hembra”, de familia de palabras, o parentesco entre fonemas y raíces de palabras y lenguas. La retórica de la heterosexualidad tiene como función poetizar el carácter obligatorio de “tu serás heterosexual o no serás nada” -o por lo menos intentaremos que tu vida sea una mierda cuanto más te alejes de los deseos heteronormales-,  categorías sociales que brindan inteligibilidad social dentro de la heterosexualidad. Funciona como poetizador de la relación obligatoria dentro del régimen mediante su semiosis de género desplegada a través de todos los aparatos a los cuales estamos desde temprano conectadas acriticamente. La heterosexualidad es un discurso opresor que impide no solo hablar sino en sus propios términos y categorías, sino también impide la creación de otras categorías, como un conquistador invadiendo una región e imponiendo sus costumbres y sus lenguas. Como opresor, es el más insidiosos de los conquistadores, porque producirá mediante el tendido de redes de equipamientos tales como la familia, la pareja, la escuela, la monogamia, el trabajo, la alfabetización, deseos de pertenecer al régimen como el mejor empleado del mes: Maru Botana, Valeria Mazza, Dolores Barreiro y sus contraejemplos de la buena conciencia GLTB: profesionales de toda índole desde Ellen Degeneres hasta versiones de madres lésbicas vernáculas de suplementos de diarios progres porteños.  Estamos obligadas a corresponder en mente y cuerpo con la idea de naturaleza que ha sido establecida para nosotras (“formación imaginaria-esencial” de los cuerpos con vagina asignados a la categoría de sexo “mujer”) por el régimen heterosexual, que hace ver la opresión como una consecuencia de esta naturaleza nuestra. Así se naturaliza la historia y la opresión.
No podemos desvincularnos de la heterosexualidad más que huyendo de allí. Estas que somos han sido creadas para aceptar voluntariamente nuestra propiaservidumbrecomo sujetas/os humanos generizadas en el heterocapitalismo, por libre elección frente a una góndola de deseos que, cual aguas saborizadas, siempre se encuentra la misma subjetividad  con diferente tonalidad, siempre tapando la podredumbre de un agua servida que de otra manera no podría comercializarse de tan turbia y poluida. Por propia voluntad, estamos asociadas a nuestra esclavitud heteronormal. El contrato social que nos une a esta humanidad heterosexual como mujeres debe ser roto dado que se resume en reglas y deberes que todas acordamos y consetimos: tener hijxs, tener pareja, no estar solas, vivir asentadas en algún lugar, tener una profesión y una carrera, siempre de la lógica “el amor es más fuerte” y lo más importante! Vivir en sociedad significa vivir dentro de la heterosexualidad y su éxito,  fetiche masivo que nos ase en sus efectos y cuya existencia reside en el espíritu de los cuerpos que subjetivó y sujetó, en las formas en las que afecta sus vidas, en los cuerpos de los que pudo hacerse, y en como esos cuerpos actúan, viven, piensan, desean, se afectan, se organizan y mueren, y relevantísimo defienden su sometimiento. De la heterosexualidad no podemos ir más que a la evidencia explícita, de ella no se habla ni se escribe. Con el enemigo, solo hay guerra.
Devenir “lesbiana” por fuera de la categoría mujer del heterocapitalismo y de su simpática heteronormalidad de madre queer. Un devenir que nunca se define por los caracteres específicos de un cuerpo o por sus órganos, ni por su pertenencia a una especie o género, sino por sus potencias. La mujer “biológica” (es decir, la “mujer” como construcción de la historia o como dispositivo de reterritorialización del heterocapitalismo) funciona como una afectación triste, una disminución de las potencias. La política mutante del devenir lesbiana  se realiza con agencimientos que no son los de la familia, ni la religión ni el Estado dado que la producción fialitiva de la reproducción hereditaria retiene como diferencia la dualidad de los sexos en el seno de la misma especie. El devenir se expresa en grupos minoritarios prohibidos y rebeldes en el borde de las instituciones reconocidas. La mutación remite a una máquina de guerra que tiene por objeto la desterritorialización del cuerpo hipersegmentarizado y estratificado. La gran segmentaridad molar organizada tiene una microgestión de pequeños miedos. A la inseguridad molar de la homosexualidad loca le corresponde una micropolítica de la heterosexualidad a través de los equipamientos: cine, tele, literatura, familia, familia, pareja, massmedia; para penetrar la dimensión de los cuerpos de modo individual y al mismo tiempo controlarlos globalmente hasta en sus elementos más tenues. Romper mediante los devenir estimulados por agencimientos y encuentros con órdenes menores las líneas duras del ser que siempre guiadas por las identidades. El devenir solo es posible como variable de desterritorialización de la mayoría. La periferia es el único lugar posible para el devenir, cualquier cosa, hasta lo más inesperado puede precipitarlo. Como dice Butler:"... género no es un sustantivo, ni tampoco es un conjunto de atributos vagos, porque hemos visto que el efecto sustantivo del género se produce performativamente y es impuesto por las prácticas reguladoras de la coherencia de género. Así, dentro del discurso legado por la metafísica de la sustancia, el género resulta ser performativo, es decir, que conforma la identidad que Se supone que es. En este sentido, el género siempre es un hacer, aunque no un hacer por parte de un sujeto que se pueda considerar preexistente a la acción. El reto que supone reformular las categorías de género fuera de la metafísica de la sustancia deberá considerar la adecuación de la afirmación que hace Nietzsche en La genealogía de la moral en cuanto a que «no hay ningún "ser" detrás del hacer, del actuar, del devenir; "el agente" ha sido ficticiamente añadido al hacer, el hacer es todo»." En una aplicación que el mismo Nietzsche no habría previsto ni perdonado, podemos añadir como corolario: no existe una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se construye performativamente por las mismas «expresiones» que, al parecer, son resultado de ésta."
Tal como lo expresaba Adrianne Rich, dar el paso a cuestionar la heterosexualidad como preferencia u opción sexual requiere coraje pero la recompensa es grande: explorar otros caminos, nuevas formas de relaciones personales. Lesbianizar el mundo supone tomar por asalto la categoría de humano diseñada por la heterosexualidad, porque lo humano, aquello legítimo y privilegiado, es un hombre blanco, heterosexual y occidental al le oponemos un cuerpo híbrido y animalezco. No debemos luchar por ser legítimas sino porque no existan esos privilegios y legitimidades, hasta descomponer las barreras entre lo humano y el resto de lo que existe. Los deseos del cuerpo del devenir lesbiano mutante no pueden ocupar el lugar de lo humano y no deben pugnar por el sitio donde se encuentra el sujeto de la masculinidad hegemónica heterosexual; su tarea es demoler esta civilización desde los cimientos mediante figuras mutantes que expresen  los límites de las categorías identitarias, y sus intersecciones. Mezcla de géneros y proliferación de las diferencias a través de las múltiples metamorfosis de los cuerpos, más allá de las categorías de indentidad, disperción de la subjetividad humana en pos de agenciamientos animal-máquina-plataformas-de-código-abierto-técno-vivas-conectadas tal como piensa Haraway con todo lo existente que vibra en una (somos, al fin de cuentas, todas modos del ser). Las monstruas son seres que se hallan en el límite, representa la alternidad por excelentecia, rompen las categorías de heteronormalidad, por fuera de la subjetividad heterocapitalista. La amazona -monstruo mitológico por antonomasia para la cuna de la civilización, es decir Grecia, en agenciamiento eterno con la yegua sobre la que hace máquina y cabalga- rechaza auto-engañarse con la retórica “de un buen compañero”. Si seguimos a la pensadora española Balza Mugica, los monstruos amenazan las heteronormas de reconocimiento que les han excluido poniendo en tela de juicio la estabilidad, cuestionando la tranquilidad del ciudadano, su estatuto humano: delatan la impureza y denuncian la pureza de todo cuerpo, rompen el binario, hacen política con su cuerpo, violan la regularidad, el pudor, destruyen las normas morales, y expresan las formas-de-vida como resistencias, y no sólo como conatus HeteroImperial de subyugada subsistencia. Pero especialmente realizan otro acto mágico político: zarandean, sacuden, desestabilizan, consternan, conmueven, movilizan y afectan hasta la conmosión, contagiando alegremente haciendo posible otras vidas vivivles más fuertes, más alegres, más potentes aquí y ahora donde en el corazón del dispositivo bio-médico-psquiátrico-farmacopornográfico ad nauseam recirculan flujos  hiperbóricos no heterosexuales, ya mismo rezumando vitalidad hasta con la soga al cuello...
Así, el deseo no heterosexual expresa las resistencias a la hetero-norma, principio fundante de la sociedad y la cultura. Como creían las Lesbians in Revolt, los cuerpos biopóticamente asignados a la violencia de género llamada mujer no se comprometen mutuamente, en un compromiso que incluye el afecto sexual, y así se niegan a nosotras mismas el valor tradicionalmente dados a los varones. El devenir lesbianiano es más que una preferencia sexual, es una opción política porque desafía el sistema hetero-político establecido del intercambio de afectos, es al decir de Ti-Grace Atkinson, la zona “criminal” entre las dos clases mayores que componen el sistema sexo-clase. Este es el marco para pensar la heterosexualidad, como único deseo natural.
Finalmente, siguiendo la lectura que Deleuze hace de Artaud, el cuerpo mutante del devenir lesbiano es el otro cuerpo no organizado abierto a lo desconocido, a la experimentación, a lo inenarrarable. El deseo si bien está siempre capturado en el cuerpo organizado, con órganos, no siempre lo está completamente, (de algún modo hoy lo tenemos más conocido a partir de San Foucault, dado que sabemos cómo el poder no controla sus efectos). Esta relación de proporcionalidad inversa (entre el cuerpo con órganos y el cuerpo sin órganos) tiene un vínculo con la política como forma de vida colectiva donde la experimentación le gana terreno a la repetición. El cuerpo se constituye siempre de manera mediada, y el “desarreglo de todos los sentidos” para encontrar el principio de intensidad -que está expectante en toda criatura- es y ha sido siempre del orden del acontecimiento. Un cuerpo abierto, capaz de muchísimas afecciones nuevas, que no se engañe en relación a su capacidad de afectación. La eternidad misma se logra cuando esas afectaciones no son pocas y siempre las mismas: “quien tiene un cuerpo apto para muchas cosas, tiene un alma cuya mayor parte es eterna”, dice Baruch. Entonces, ¿qué somos capaces de hacer con lo que nos cruzamos y nos afecta  y qué somos capaces de hacer para ser afectadas alegremente por lo que no nos cruzamos? La alegría es mayor cuantas más son afectadas por la misma alegría porque la potencia es común. El devenir lesbiana mutante es un proceso político y no una especie ontológica de individuo para devenir animalas que inviten a salir a jugar, porque siempre aún hay tiempo, y ahora es cuando, aunque parezca que solo podemos vivir conectadas a una máquina sin la cual nuestro ileón burdamente irritado que ya no tolera ningún alimento ni sustancia amenace a cada paso con implotar hasta destruirnos irremediablemente. Devenir Monique Mystique, que toda mutante sabe que la paz nunca fue una opción y que de ello debemos estar completamente orgullosas como programación y falla del mecanismo apoptótico del HeteroImperio cuya programación hizo click hoy para contagiar con su vitalidad a cuantos cuerpos pueda tocar.


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