viernes, 1 de noviembre de 2013

Nota Clarín Mujer, por Alejandro Margulis



Leonor es el nombre que figura en su documento pero en realidad todo el mundo le dice Leo. ¿Leo como quien diría Leonardo? “No, como Leo a secas. Además es mi actividad. Me preguntás qué hago. Yo leo”, dice Leonor Sivestri, activista de género, anarquista, poeta, performer, ensayista y filósofa de reconocido accionar contra los encasillamientos que impone una norma sexual única. Autora a los 37 años de media docena de títulos claves de la cultura Queer argentina, miembro fundador del colectivo Ludditas Sexxxuales, Manada de Lobxs y Foucault para Encapuchadxs, desde el que trabaja para modificar “los mandatos del amor sentimentaloide y romanticón almibarado”, siente que lo mejor que le pasó es haber “dejado de ser normal, definitivamente”, según dice. “No quiero ser como los normales. Para mí, ser diferente es una cuestión vital. Me rebelo contra la norma social que excluye, esa que nadie elige y que se nos impone a todos siendo que algunos cuerpos, algunas personas más ostensiblemente que otras, no consiguen ni pretenden alcanzar”.
Soy, técnicamente hablando, una persona bio-políticamente asignada al sexo mujer”, agrega en el monoambiente donde vive con su gata, con paredes llenas de libros, discos y tapas de fanzines. “Pero fugando de esa identidad hacia ningún lugar en particular porque tampoco me interesa ser un varón trans”. ¿Se piensa algo varón esta joven de cuerpo menudo y aires de muchachito arisco? “Tampoco. Me gusta habitar esa bruma, ese lugar indiscernible”, recalca. Singularmente, a Leo le parece bien que la mencionen con el pronombre femenino ella. “Lo femenino es siempre el orden menor de la cultura”, denuncia.

Varonera en rosa y negro

Hija de una psiquiatra que cuestionaba la homosexualidad (“para ella no estaba ni bien ni mal, era una perversión”) y de un ex militante del partido comunista que trabajó poco tiempo como maestro mayor de obras y librero, critica sin vueltas a su familia de origen. “Podría decir que mi padre abusó de mí, que fue brutal porque para ellos yo era una nena terrible; a mi vieja le hablé del abuso, de las golpizas y por eso quiso internarme en un psiquiátrico. Pero el pasado no es un lugar que visite habitualmente. El presente es mejor, más alegre”.
¿Fue triste entonces su infancia en Nuñez, cuando se vestía siempre de rosa? “Vivía arriba de una bici de cross en vez de jugar con muñecas. Me gustaban los colores de las princesas, sí, el mundo de hadas y elfos, quizás para no estar en este mundo. Era una varonera y me lo decían: peleadora, camorrera. Como ahora, eso no cambió”, dice y se arremanga sonriente la camisa escocesa donde se ve uno de los muchos tatuajes que decoran su cuerpo (RECUADRO).
Adolescente punk, dark, gótica, siempre de negro, pálida y con los pelos parados, Leo nunca se sintió, sin embargo, sola. “Había una vocecita adentro mío que creía en mí. Lo que Baruch Spinoza llama el Ser que quiere preservar en el Ser. Los otros eran los que estaban equivocados. Yo me miraba en el espejo y decía: ´No ven bien´”. Una de sus compañeras del colegio Hans Christian Andersen era la futura modelo Dolores Barreriro: “Sus piernas eran como salchichas de Viena: largas, enclenques y sin forma. A mí me interesa tener piernas para pegar patadas, no para ser mamá”. Su modelo de belleza era la cantante irlandesa Sinnead O´Connor pero cerca del final de primer año un grupito de “matones” de quinto la acorraló con una cámara para que hablase como “la primera persona con cambio de sexo”: “La directora había dicho que el pelo largo promovía la homosexualidad de los chicos y el corto la de las mujeres. Me fui corriendo al baño y me quedé en el molde porque no tenía con quien hablar de eso”. Tiempo después, cuando la misma directora pasó por las aulas negando que había habido campos de concentración en la dictadura, Leo volvió a su casa diciendo que no iba a ir más. “Fue la gota que rebalsó mi paciencia”, dice ahora.
El paradigma heterosexual

“A mí me gustaban los nenes y me esforzaba por ser femenina. Pero me salía medio chungo, torcido. Hasta que a los 14 me “enamoré” de una chica de mi barrio, guitarrista de un grupo de rock; era una piba súper masculina, de pelo muy corto, medio paradito”, evoca. “Yo iba a las fiestas de quince y siempre era la rara. Siempre una desencajada. No me ubicaba en ningún lado y no tenía amigas como yo, eso era todo”.
En el nuevo colegio tampoco se sintió cómoda. “Ahí había algún que otro niño distinto pero se consideraba que tenía problemitas de adaptación a la norma”, dice y entrecomilla los dedos remarcando la última palabra. “No usábamos uniforme pero la directora de Aula XXI leyó mi punkitud como un uniforme cuando yo me sentía El joven manos de tijera de Tim Burton. Quiso hacerme cambiar de ropa y claro, quería que tuviera el estilo común y correcto de los heterosexuales. La desobediencia de género, la objeción a la heterosexualidad como régimen político, como dice Monique Wittig, se paga. Y mucho más en la adolescencia. Yo no quería lo que querían las otras chicas.´Ya vas a querer´, me respondían”.
El placer compartido
Lectora precoz de James Joyce -“leí el Ulises a los 15”-, se volcó al estudio de las letras clásicas en la Universidad de Buenos Aires. Junto al despertar sexual -“a los 18 conocí a una chica claramente lesbiana y ahí pasaron algunas cosas…”-, desplegó una carrera brillante en literatura antigua. Cuando le faltaba entregar la última monografía ocurrió un incidente crucial. “Era adscripta y miembro delgrupo de investigación de una cátedra de Latín y además coordinaba los eventos en una organización LGTB, Brandon Gay Day. Hablé de ambas cosas en una nota para la revista peronista Debate y la titular me llamó para gritarme que la visibilidad LGTB y encima en una revista peronista eran incompatibles con la Cátedra, que tenía que elegir. Tenía 26 años y había detalles que no comentaba, como que me gustaban las mujeres a pesar de tener un novio varón desde los 23. Dije: ´Ya elegí´. Y no volví más. Me odiaron durante un tiempo, me difamaron y después se olvidaron de mí”.
Al año siguiente rompió con su novio. “Ahí dejé de hacer las cosas que se suponía debía hacer. No quería más un noviazgo, ni ser monógama y heterosexual. Empecé a parecerme más a la que se ve hoy. Quise a muchas personas pero nunca más dentro de la estructura de ser la novia, nunca más con un vínculo exclusivo-excluyente. Empecé a tener amistades políticas, que incluyen diferentes maneras de compartir el cuerpo, algo que podríamos llamar uso reflexivo de los placeres. ¿Quiero menos? No. Quiero mucho más profundo, solo que de una manera menos apegada, menos sometida, y por ende menos coercitiva, liberada de la territorialidad heterosexual”.
A los 31, durante una terapia con el psicólogo esquizoanalista Emilio Montillia -seguidor de los franceses Gilles Deleuze y Félix Guatari- entendió el abuso de su familia: “Con el argumento de que te puede pasar algo, la familia te controla. Y el control es la perversidad. No voy a dar datos morbosos pero tengo muchas escenas de mis padres reaizándome interrogatorios para saber si me habían penetrado o no, o diciéndome puta por volver tarde. La buena conciencia progresista, esa que en nombre del Bien genera las más grandes atrocidades, como dice Nietzche”. De aquel develamiento, hizo un eje de trabajo: “La filósofa Judith Butler dice que el sujeto se apega a normas de sometimiento porque gracias a eso adquiere existencia social. Bueno, yo me fui a vivir a Irlanda durante varios años y cuando volví, estaba libre de mi familia”.
No hablo de amor. Jamás diría amor. Compañeras de ruta, sí, obvio. ¿Parejas? No uso. Del mismo modo que no voto, no uso Windows ni transporte público, ando en bici. Tengo la potencia de la alegría en el cuerpo. Viajo por el mundo, hago y enseño deportes de combate, no me alimento de animales, escribo libros, doy charlas, cursos y talleres. Quiero propagar la epidemia de desafiliación de este mundo tal como lo conocemos; desobedecer, objetar, desistir, desertar y fugar lo más rápido posible del hetero capitalismo. Y al revés del modelo Maru Botana, encontrar tiempo para tener amantes con quienes combinarme en profundidad”.

RECUADRO
Los tatuajes de una librepensadora

  • “Omnia Mea Mecum Sunt de Seneca” (Todas mis cosas están conmigo) junto con las letras griegas Gamma y Pi (en la espalda).
  • “Quienes despiertan son la pesadilla de quienes aun duermen”, del grupo anarquista francés Tiqqun aka Comité Invisible (en brazo derecho).
  • “Salvaje”, en honor a su apellido Silvestri (en el cuello).
  • “Devenir”, cita al filósofo Gilles Deleuze en alusión a lo que fuga del ser y las identidades (en muñeca derecha).
  • “Vis”, término del poeta latino Lucrecio, algo así como “violencia dinámica” o “fuerza vital” (en la muñeca izquierda).


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