miércoles, 2 de octubre de 2013

La barbarie comienza en casa


La barbarie comienza en casa … la familia: (otra) institución de la Modernidad.

Tus viejos te cagaron
Fue sin querer, pero así fue.
Te llenaron de sus propias fallas
Y agregaron algunas extras, solo para vos.

A ellos también los cagaron en su momento
Tontos con sombreros y abrigos pasados de moda
La mitad del tiempo era sentimentaloides-severos
La otra mitad se degollaban el uno a la otra.

El Hombre llena de miseria al Hombre.
Se profundiza como geografía costera.
Andate de ahí tan pronto como puedas
Y no tengas nunca hijxs.

Philip Larkin. Sea este el vers
o


Toda niÑio sensible sabrá entender


Determinados por nuestras familias –la célula base de la sociedad, según se nos repite una y otra vez en la escuela- lxs niñxs en nuestra civilización son nacidxs, son críadxs y son desarrolladxs, en una atmósfera de desaprobación de la vitalidad. El pedagogo inglés A. S. Neill, famoso por su proyecto de escuela Summerhill, afirma: “El niño amoldado, condicionado, disciplinado y reprimido, no libre, cuyo nombre es Legión, vive en cada rincón del mundo. Vive en nuestra ciudad, cruzando la calle. Se sienta en un aburrido banco de una aburrida escuela, y luego, se sienta en un escritorio aun más aburrido en una oficina o en una fábrica. Es dócil, tiende a obedecer la autoridad, teme la crítica, y es casi un fanático de su deseo de ser normal, convencional, y correcto. Acepta lo que se le enseña sin cuestionárselo, y le entrega todos sus complejos y frustraciones a sus hijxs”.
Muchxs, entre ellxs los profesionales del inconsciente, suscriben a la idea de que casi todo el daño psíquico se le hace a una niño en los primeros 5 años de vida. Pero podríamos decir que el daño es previo, comienza incluso antes de nacer, antes del adoctrinamiento en rosa y azul, antes de las muñecas, antes de los autitos para jugar, antes de la educación sexista y heternormativa sexante de nuestras corporalidades inclasificables, antes del bisturí en la episiotomía de mamá o en el clítoris intersex, antes del abandonó de persona en la noche de la nursery, o de los tactos obstétricos ultrajantes de la parturienta. Comienzan con la rigidez física de nuestras progenitoras. La criatura disciplinada por la estrechez de su madre, previamente ella disciplinada, pondrá el trabajo delante del placer. A su vez, la familia, célula base de la sociedad -no nos cansaremos de repetirlo, porque en ello fuimos repetidas una y otra vez- cuya etimología deriva del latín “conjunto de esclavos y esclavas” (
famulus, sirviente, esclavo, de acuerdo al Diccionario Etimológico de Corominas) da por sentado que una niño debe ser enseñado para comportarse de tal manera que haga la vida de lxs adultxs progenitorxs de la familia, y de lxs adultxs en general, lo más tranquila posible: modales, obediencia y docilidad. Pero también, un tejido de mentiras y prohibiciones, cual batitas y escarpines, forzadas a encajar en una sociedad que se sabe enferma, aniquilada: “No hagas ruido, no te masturbes, no mientas , no robes…Se les enseña a decirle que si a todo lo que es negativo de la vida. Respetar a los mayores, la religión, al director de la escuela, respetar la ley de los padres. No cuestiones, obedecé.”, parodia a los padres el pedagogo Neill.
La familia opera así no sólo como el conjunto de esclavos sino también como la mirada moral omnisciente y ominipresente sobre nuestras vidas que lo reduce todo al binomio víctima y victimario donde quienes no podemos demostrar nuestras propias formas de abuso tal como las tipifica el Código Penal, y solo poseemos como testimonio intuiciones y pruebas de otras dimensiones, y seremos
ad aeternitatem sospechosas de nuestra culpabilidad. Porque la letra con sangre entra, no sabíamos qué hacer, soy tu padre, a los mayores hay que respetarlos, eras una nena muy rebelde, un chirlo no hace mal, sos muy chica para tener novix, es tu responsabilidad tener buenas notas… y así seguimos con la lista de aquello que no tiene límites éticos y donde al final del campo de concentración, presas del poder familiar para ser el fusible de toda la frustración clasemediera alguien dirá -si es que alguien lo dice-: “hicimos lo (mejor) que pudimos”. Pudieron poco.
Escribimos para todas aquellas individualidades cuyas familias intentaron y hasta a veces lograron hacerlas minusválidas en algún aspecto, intentaron y a veces lograron anularlas con su amor y sus cuidados, o imposibilitarlas con su odio y frustraciones, para todas aquellas cuyos padres trataron alguna vez de puta, calenturientas, ardidas, cuyas madres compitieron con ellas y desvalorizaron, a todas aquellas que se vieron sometidas al cruel método de disciplinamiento y subjetivización que tiene el Estado Moderno (cualquier Estado) llamado familia, para todas aquellas que sus progenitorxs protegieron tanto, tanto que no proveyeron de herramientas con las cuales auto-gestionarse una sexualidad placentera no heterosexual -especialmente-, singular y consensuada que les permita resistir los avasallamientos de abusadores heterosexuales -especialmente-. Y también escribimos y nos organizamos para todas aquellas que no necesitamos el Código Penal y sus tipificaciones para reconocer(nos) y saber que tan sólo una bofetada fue suficiente, pero que de todas maneras fueron más, mucho más que una: insultos, menoscavo, menosprecio y mentiras, malas caras, neurastenia, golpes de nuevo, sometimiento, callarse la boca, silencio que papá mira la tele, silencio que papá mira la carrera, silencio que papá mira el partido, silencio que papá escucha el noticiero. Y la sonrisa del hermano incestuoso y reprimido que dice “me voy a quedar con todo, ya vas a ver.” Y la madre, muy ocupada con su carrera, y con que todo parezca “más o menos bien”, heteronormal, que nadie note nuestra verdadera extracción de clase, borrando pruebas, haciendo oídos sordos. Escribimos para todas las víctimas sobrevivientes de la familia -Estado impuesto a costa de la decisión propia resignada diariamente- para posibilitar pensar y expresar desde una mirada ácrta nuestra vida como hijas y contrarrestar su interpelación. Escribimos porque tenemos que empezar a hablar por fuera del relato familiar, por fuera del exilio familiar y por fuera de lo que La Ley nos permite decir.






El futuro llegó, hace rato

De los niños revoltosos
Que no quieren crecer
Hay que encargarse
De las niñas revoltosas
Que no se apaciguan
Hay que encargarse

Un golpe en la cabeza
obtenés si no pedís
Un golpe en la cabeza
Obtenés si pedís


Un golpe en la cabeza
justo obtenés
por ser cómo sos
un golpe en la cabeza
por las cosas que decís
y las cosas que hacés
por ser quién sos
Morrisey





El anarquismo siempre contempló entre sus temas el análisis y modificación de los vínculos entre seres humanos. El amigo barbado Bakunin en un texto poco conocido llamado “La sociedad y los niños”, afirma que no somos propiedad de nadie, ni siquiera cuando pequeñas: ni de nuestros padres ni de la sociedad. Las niños sólo pertenecen a su propia libertad futura. Libertad, de todas formas, en potencia, que aún aguarda la conciencia plena y su realización” basada en “el sentimiento de la propia dignidad y en un auténtico respeto por la libertad y la dignidad de los otros”. Sin embargo, Bakunin en ese mismo texto no radicaliza mucho más allá la cuestión al respecto de cómo serán criados estas niños, o de si es deseable que no sean criadas por padre y madre. O más aún, si es deseable continuar procreando esta progenie maldita de humanos en un mundo donde ya no entre nadie más.
En cambio, podemos citar
La Questione Sociale, publicación de finales del siglo XIX, en cuyo número segundo, un autor anónimo afirmó: “Queriendo el hombre propietario transmitir a sus descendientes el fruto de sus rapiñas y habiendo sido la mujer hasta hoy juzgada como inferior, y más como una propiedad que como un asociado, es evidente que el hombre ha sugestionado a su familia para asegurar la supremacía sobre la mujer; y para poder, a su muerte, transmitir sus bienes a sus descendientes; así, ha sido necesario declarar la familia indisoluble. Basada sobre el interés, y no sobre el amor, es evidente que necesitaba una fuerza y una sanción para impedir que se disgregara bajo los choques ocasionados por el antagonismo de intereses.”
Asimismo, la gran anarco-feminista Emma Goldman supo ver -e involucrarse- en el análisis de “la producción” de seres dentro de aquello que se conoce con el nombre de conjunto de esclavos, como ya vimos, la familia: “La mujer no quiere seguir siendo la productora de una raza de seres humanos enfermos, débiles, decrépitos y miserables, que no tienen ni la fuerza ni el valor moral de sacudirse el yugo de su pobreza y de su esclavitud.” Finalmente, también el anarco-sindicalista italiano Malattesta que llegó hasta estas regiones sudamericanas tuvo algo que agregar al respecto: “Algunos dicen que el remedio se hallaría en la abolición radical de la familia; la abolición de la pareja sexual más o menos estable, reduciendo el amor al solo acto físico o, mejor dicho, transformándolo, con el añadido de la unión sexual, en un sentimiento semejante a la amistad, un sentimiento que reconozca la multiplicación, la variedad, la simultaneidad de los afectos. ¿Y los hijos...? Hijos de todos.”
Más del lado de este siglo, los filósofos insurrecto-franceses de Tarnac, Tiqqun, afirman en el 2ªcírculo de La Insurrección que viene, en su lúcido análisis de la familia en clave
post-anarco-comunista: “Se dice que regresa la familia, que vuelve la pareja. Pero la familia que regresa no es la que se fue. Su regreso no es más que una profundización de la separación reinante, que sirve para engañar, volviéndose ella misma el engaño. Cada uno puede testimoniar las dosis de tristeza que condensan cada año las fiestas familiares, sus trabajosas sonrisas, los apuros de ver disimular en vano a todo el mundo, ese sentimiento de que hay un cadáver ahí, sobre la mesa, y que todo el mundo hace como si no pasara nada. De la aventura al divorcio, del concubinato a la reconciliación, cada cual se resiente de la inanidad del triste núcleo familiar, pero la mayoría parece estimar que sería más triste aún renunciar. La familia no es tanto la asfixia de la influencia maternal o el patriarcado de las trompadas sino este abandono infantil a una cómoda dependencia, en la que todo es conocido, este momento de indiferencia frente a un mundo en el que nadie puede negar que se derrumba, un mundo en el que “volverse autónomo” es un eufemismo que significa “haber encontrado un patrón”...La pareja es como el último escalón de la gran catástrofe social. Es el oasis en medio del desierto humano. Se viene a buscar en ella bajo los auspicios de lo “íntimo” todo lo que ha desertado tan evidentemente de las relaciones sociales contemporáneas: el calor, la sencillez, la verdad, una vida sin teatro ni espectador (…) la descomposición de todas las formas sociales es una oportunidad...la condición ideal para una experimentación masiva, salvaje, de nuevos arreglos, de novedosas fidelidades... En la muerte de la pareja, vemos nacer inquietantes formas de afectividad colectiva... Lo que hay de incondicional en los lazos de parentesco, contamos con hacerlo la armadura de una solidaridad política tan impenetrable a la injerencia estatal como un campamento de gitanos...”
Pero más allá o más acá de las abundantes citas de autoridad al respecto, no todo esto está bien en el mundo de las familias alternativas. Lleno de buenas intenciones, de nuevas familias, de nuevos modelos, hasta los suplementos GLTB de los diarios progresistas hablan de las madres lesbianas y de la capacidad de los gays para la crianza, o podemos ver a las así llamadas familias anarquistas (¿No convendría tener afinidades y manadas como todo parentesco sin hijxs?), mayormente casos de embarazos adolescentes no interrumpidos.
Que se nos entienda. No queremos más familia -que no es lo mismo que decir no queremos vivir más, aunque estamos segura que no queremos más hijxs-. Queremos construir manadas y comunidades, queremos dejar de ser como en el verso de Alejandra Pizarnik rehén en perpetua posesión, víctimas fatales de las instituciones. Ni mejoras, ni reformas.
al Estado de las cosas, de las cosas del Estado.

Sortilegios

Mi problema es fundamentalmente la definición de los sistemas implícitos dentro de los cuales estamos presos: lo que me gustaría comprender es el sistema de límites y exclusión que practicamos sin saberlo, me gustaría hacer patente el inconsciente cultural.
Michel Foucault




Siguiendo a Foucault, la niño de la que se nos habla y se nos invita a liberar del abuso invisible de esa familia/humanidad que la deviene problemático, y sólo así, como problema a resolver o desvalido a proteger, nos lo hace inteligir, es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo puesto que la sujeción es el principio de regulación conforme al cual se formula o produce un sujeto (
subiectum participio pasivo de sub iaceo, en latín, arrojar debajo; o subject en inglés súbdito, tema, no persona, la tercera, persona de la cuál se habla pero jamás enuncia frente a la primera, sujeto, el exponente más claro de la disminución de las potencias). Sujeto forma de sujeción, sujeta, profundo control interior que se ha denominado interpelación: el proceso por el cual nos convertimos en elemento societario comprensible y asimilable, nos convertimos en res.
En este orden de cosas, nos han acostumbrado a confundir el poder con su despliegue, o como algo que ejerce presión sobre nosotrxs, sujetos a priori y naturalmente constituidos, desde fuera, algo que subordina, coloca por debajo y relega a un orden inferior, del cual hay que emanciparnos/liberarnos. Sin embargo, en esta sociedad el poder nos forma y proporciona las condiciones de nuestra existencia, y la trayectoria de nuestro deseo (de allí que el inconsciente tampoco sea un espacio absoluto de resistencia). Tal como escribiría Rossi, periodista de La Comuna Socialista a finales del siglo XIX y que logró asentar el proyecto anarquista comunal en Brasil llamado Colonia Cecilia “Cambiemos los ritos y los nombres cuanto queramos,… pero mientras tengamos un varón, una mujer, unos hijxs, una casa, tendremos una familia, es decir una pequeña sociedad autoritaria, celosa de sus prerrogativas…”.
Por eso, y nunca más claro en las relaciones de parentesco llamadas familiares, el poder nos preserva como los seres que somos, siempre y cuando seamos los seres que debemos, ya sea buenos, ya sea malas. De allí que acabamos internalizando (aceptando acalladamente/inconscientemente) sus condiciones, que procuran, por otra parte nuestra existencia y nuestra inteligibilidad social. Puesto que el sometimiento (al poder) consiste en esa dependencia fundamental ante un discurso que nos permite ser en este mundo tal cual existe hoy, es que podemos analizar otras formas de abuso infantil, en las cuales el avasallamiento sexual explícito (con acceso carnal, por ejemplo) es el cenit (o el efecto) de algo anterior que lo posibilita, de algo que mayormente ocurre, como todxs sabemos, dentro las familias. Nos referimos a un abuso previo, indisociable, en nuestra posición, de la estructura de parentesco que sobreviene con la Modernidad (la familia), más refinado, un dispositivo disciplinar y coercitivo, que opera represivamente y simbólicamente, que reemplaza a y puede llegar a habilitar (y producir) posteriormente el set o conjunto tipificable de conductas sexuales “aberrantes” sobre una menor cercano, en pos de, paradójicamente, “cuidar” (controlar, administrar, deberíamos decir) a esa niño, su sexualidad y las sexualidades (o avasallamientos, dependiendo del caso) que sobre ellxs recaen.
Este abuso podría ser definido como el abuso del vínculo apasionado sobre un ser que necesita como condición
sine qua non para no cesar de existiri los cuidados psíquicos, físicos y espirituales de las personas que la tienen a su cargo. Asimismo, los regímenes de aniquilamiento naturalizados que penden sobre las cabezas de quienes tuvimos que sobrellevar la experiencia de ser hijas hacen tuétano hueso adentro hasta el punto tal de ya no poder verlo en la heteronormalidad familiar se convierte en el abuso de la pasión que nos une a nuestras progenitores, vínculo amoroso que nos liga indisolublemente, por lo menos tempranamente, con quienes no solo nos dieron la vida sino que nos la restituyen diariamente como crías humanas vulnerables que somos, necesitadas de cuidados cotidianos. De hecho, según la filósofa feminista Judith Butler: “La idea de que el sujeto está apasionadamente apegado a su propia subordinación ha sido invocada cínicamente por quienes intentan desacreditar las reivindicaciones de los subordinados…si se puede demostrar que el sujeto persigue o sustenta su estatuto subordinado entonces la responsabilidad ultima de su subordinación quizás resida en él mismo. Por encima y en contra de esta visión, yo argumentaría que el apego al sometimiento es producto de los manejos del poder y que el funcionamiento del poder se transparenta parcialmente en este efecto psíquico, el cual constituye una de sus producciones mas insidiosas.”
entonces, “familia” viene a querer significar vigilancia permanente sobre los cuerpos y las potencias por alguien que ejerce sobre ellxs un dominio -y que, porque ejerce el poder contra los cuerpos, tiene la posibilidad no solo de vigilar sino también de constituir un saber sobre aquellxs a quienes vigila: nadie sabe más de vos que mamá y papá. Es éste un saber que se caracteriza por tratar de verificar si un cuerpo y sus potencias se conduce o no como debe. Y de ayudar a que nunca, nunca se vaya lejos de la casa del Amo.
Más aún, ¿cómo el poder produce a sus sujetos, cómo éstos acogen al poder que los inaugura en una inteligibilidad? El deseo de supervivencia, en nuestro caso de las niños que fuimos y somos, el deseo de ser, de spinozianamente perseverar en nuestro ser y no cesar de existir, es ampliamente explotable por el poder al nivel de la estructura psíquica de la interpelación: para existir en este mundo tal como lo conocemos no nos queda otra que ser sujeto (es decir estar subordinada). La subordinación no solo forma al sujeto sino que además le proporciona su condición de posibilidad
hic et nunc en esta sociedad. Para poder persistir psíquica y socialmente dentro del heterocapitalismo, debe haber dependencia y formación de vínculos heteronormados de posesividad y esclavización subjetiva.
De allí que no existe posibilidad de no amar por parte de los niñas cuando el amor está estrechamente ligado a las necesidades básicas de la vida dentro de las familias. Las niños carecen, dentro de la institución llamada familia, la capacidad de odiar, por lo menos no en su totalidad. Privadas de nuestra capacidad de defenestrar, cual síndrome de Estocolmo, solo podemos identificarnos y ver como deseable la manera en la que se nos constituye como sujetas las potencias insondables de nuestras corporalidades. Por eso, coincidimos con Butler cuando afirmamos que el problema no es tanto que “…el adulto imponga de manera unilateral cierta sexualidad, ni de que el niño fantasee de manera unilateral con cierta sexualidad” sino que éste “explota el amor del niño, un amor que es necesario para su existencia, y se abusa de su vinculación apasionada”. El poder no solo actúa para dominar u oprimir a los sujetos ya existentes sino también para formar sujetos. Así el abuso del vínculo apasionado en relaciones de parentesco llamadas familiares forma ciertos tipos de sujetos, con ciertas prácticas y conductas, deseosos de reproducirlas ni bien tengan la oportunidad sobre sus propias crías, deseos de pareja, de hogar y de continuar con las mismas formas de vinculación de “siempre”, del heterocapitalismo global cognitivo e integrado. Dar cuenta del deseo de la norma, y el deseo del sometimiento, es en última instancia el deseo de existencia social, explotado por el poder regulador de lxs progenitorxs aniquilantes, conducta naturalizada en todas sus prácticas –incluso intangibles- y vistas como “amor”: “Cuando las categorías sociales garantizan una existencia social reconocible y perdurable, la aceptación de esas categorías, aun si operan al servicio del sometimiento, suelen ser preferible a la ausencia total de existencia social”. En la medida en que funcionan como fenómenos psíquicos, restringiendo y produciendo el deseo, las normas rigen también la formación del sujeto y circunscriben el ámbito de la sociabilidad vivible. El funcionamiento psíquico de la norma ofrece al poder regulador un camino más insidioso que la coerción explícita, cuyo éxito permite su funcionamiento tácito dentro de lo social. Por eso, repetimos, el abuso del vínculo apasionado que se entabla en el entramado familiar con las crías humanas, inseparable, según nuestra opinión, de tal forma de estructurar el parentesco, es casi imperceptible incluso hasta para quien la padece, solo perceptible en el daño, y los efectos (las marcas) con las que se cargan -susceptibles, por cierto, de ser desandadas- dentro de ese ideal regulador que no sólo determina qué formas de amor son posibles y cuáles otras no, sino que además determina qué formas de odio no son posibles y aceptables socialmente: el tabú de ya no amar más a la propia familia o de abandonarla.
Suponer que el estado inconsciente, el deseo de la norma encarnado en nuestras prácticas cuando tenemos nuestras propias familias (que no dejaremos de desear ni osaremos cuestionar pese a la insoslayable evidencia de la catástrofe) es una quimera, puesto que sabemos que las instituciones no se conmueven simplemente por la voluntad individual, ni que el deseo es puro, y propio, por fuera de la norma. De allí la necesidad de prácticas resistentes y opositivas en manada no sólo para entender cómo son mantenidos específicos estados de dominación sino para destruirles con la misma pasión que fuimos abusadas, primer intento familiar de aniquilar nuestras potencias y posibles formas de vida.

La delgada línea roja




Y la boca que el insulto deforma
Y los ojos
Que la locura desfonda
Y el espanto
Que oscurece el cuarto
Estremecido por los latidos de mi corazón
Cuando distingo en la penumbra
La línea que divide
La vida de la muerte
María Julia de Ruschi Noche Oscura.


La reforma introducida al código Penal Argentino en 1994 por la Ley 25.0871 orienta la preocupación del Estado por las libertades individuales, entre ellas, la sexual. Por su parte, el paso de “Delitos contra la Honestidad” a “Delitos contra la integridad sexual” es revelador de la sexualidad como bien jurídicamente protegido, es decir la libertad personal, entendida en su realización específica como el derecho de todo individuo a ejercer libremente su sexualidad o no verse involucrado sin su consentimiento en una relación sexual (Buompadre, 2000). El ilícito contra un menor se produce porque éste carece, de acuerdo a la Ley, la capacidad para decidir con responsabilidad en el ámbito sexual, es decir es un abuso de la capacidad todavía no desarrollada. Como inferencia de lo anteriormente dicho, un atentado sexual comporta “un golpe contra la dignidad humana lesionando en sentido general el sublime derecho a la libertad, y de manera precisa, a la libertad sexual” . Sin embargo, nada contempla la Ley con respecto a una vida que fue formada –subjetivada- para inhabilitar una gestión eficiente en el terreno de lo sexual, especialmente por fuera de la heterosexualidad como régimen político.
El abuso sexual, tipificado en el artículo 119 de la ley 25.087, condena con prisión de 6 a 4 años a quien “abusare sexualmente de una persona menor de 13 años, o cuando mediare violencia, amenaza, abuso coactivo o intimidatorio de una relación de dependencia, de autoridad, o de poder, o aprovechándose de que la víctima por cualquier causa no haya podido consentir libremente la acción.” ¿Qué entiende la letra del poder por “abusar sexualmente”? Nada más y nada menos que una serie de prácticas sexuales, voyeuristicamente nomencladas, que tienen en su centro a la penetración del varón con su miembro en los orificios anal y vaginal, respectivamente, porque para que una conducta sea sancionada penalmente, requiere como condición ineludible su tipicidad. La pena asciende de 4 hasta 10 años cuando el abuso por su duración hubiera configurado un sometimiento sexual gravemente ultrajante (y “resultare en grave daño en la salud física o mental de la víctima”); de 6 a 15 años si hubiera acceso carnal por cualquier vía. Todas estas penas se agravan de 8 a 20 si el hecho fuera cometido por “ascendiente, descendiente, afín en línea recta, hermano, tutor, curador, ministro de algún culto, cargado de la educación o de la guarda.” Asimismo, el abuso “conlleva un ataque o agresión sexual violenta del agente contra la voluntad consciente de la víctima”.
El término “violencia” es definido por Rodríguez & Galetta como un despliegue de energía física, animal, mecánica, o de otra índole, llevada a cabo por el agente o un partícipe que recae sobre la persona de la víctima o se dirige directamente a ella, con el propósito de lograr el contacto sexual (nuevamente, confundiendo al poder con su despliegue). La
vis absoluta será la violencia que logra quebrar la voluntad del sujeto como consecuencia de la arremetida. La amenaza es una vis compulsiva, destinada a amedrentar psicológicamente al sujeto pasivo y compelerlo a claudicar a los deseos del autor. El “abuso coactivo o intimidatorio de una relación de dependencia, de autoridad o de poder” se funda en el aprovechamiento de una situación de superioridad en la que se encuentra el sujeto activo y se compadece con la condición de inferioridad del sujeto pasivo debiendo este último al primero obediencia funcional o laboral, y así se vive exactamente (pero encubriéndolo) en la familia. Una buena parte de la doctrina exige la existencia de contacto corporal directo, es decir la producción de actos físicos sobre la víctima (lo cual llegaría a excluir por ejemplo, como sugiere otra parte de la doctrina, el obligar a alguien a desnudarse … ¿acaso aquí nadie recuerda su infancia?). Nuevamente, según Rodríguez y Galetta, en la configuración del delito es materia opinable si se requiere o no contacto corporal directo entre el agresor y la víctima, del mismo modo que todavía es materia opinable y queda librado a la interpretación del juez qué es el acceso carnal, cuándo ocurre, cuándo es ultrajante. Del mismo modo, la ley, erigida y creada a partir de la heteronormatividad obligatoria como toda sexualidad posible, cuyo centro es el pene y su epítome la penetración, solidificando, una vez más, determinísticamente “por naturaleza” a aquellas individualidades biopoliticamente asignadas varón como penetradores y abusadores instintivos, y omite contemplar, por lo menos de manera claramente definible, al abuso, inhabilitante, del ejercicio de la avasallada sexualidad infantil aunque aprecia el aprovechamiento de la especial situación de vulnerabilidad en que se encuentra la víctima (situación que, a nuestro entender, se comprueba en todos los casos de la infancia dentro de la familia). Más aun, a través del párrafo 2° del artículo 119 de dicha ley, que sanciona con pena de reclusión o prisión de cuatro a diez años cuando “el abuso por su duración o circunstancia de su realización, hubiere configurado un sometimiento sexual gravemente ultrajante para la víctima), se define, de acuerdo a la doctrina, “sometimiento”, cuando “se coloca a un individuo, por medio de la fuerza o de la violencia, bajo la autoridad o el dominio de otro”, o hasta incluso “cuando media la ausencia de voluntad de la víctima, la cual es reemplazada por la del autor”. Cualquier parecido con la familia es pura gestión de los biopoderes dentro de la heterosexualidad como régimen político.
Estamos tratando de demostrar, con todo esto, que si pudieramos, en un juego imaginario, reconfiguramos la noción de “sexual”, todas estas máximas aplicarían a la situación de grave riesgo en el cual se encuentra la niño dentro de la familia. Sin embargo, la ley no puede, puesto que esa no es su función, apreciar las formas de abuso de los modos de subjetivación y de producción de ciertas sexualidades (y conductas no explícitamente definibles como sexuales de acuerdo a la heternormatividad) de las niños dentro del seno familiar, como así tampoco los sutiles mecanismos disciplinares y dispositivos de control contra las corporalidades y las potencias de la niño, en el interior de la familia. Su nomeclantura no pretende llegar a cubrir todas esas formas de abuso imperceptibles, y no tanto, porque la Ley misma, interiorizada a su vez por los padres, las produce y las conforma, aliadas a un
statu quo de la Modernidad a perpetrar. Es decir, el abuso del vínculo apasionado entre la cría humana y sus progenitores, intrínseco e indisociable, en diferentes grados de acecho y perpetración, de la familia, tiene como coartada la necesidad fundamental e indiscutible de protección, cobijo y amparo de esa criatura para mucho más que sus funciones fisiológicas. Bajo esa petición de principios sobre la que se estructura la estructura de parentesco familiar (contingente tal como la historia lo demuestra, por cierto, y susceptible de ser modificada y reemplazada por otras formas) como modo de proteger al pequeño individuo humano de una violencia y una amenaza exterior a esa estructura la familia, por un lado, produce y reproduce el martirio del cual, supuestamente, - he ahí su mentira- intenta proteger(nos); y por otro lado, pretende construir(nos) (subjetivarnos) como inhabilitantes (minusválidas) para repeler los embates del avasallamiento, no sólo que podría eventualmente acaecer sobre nuestros cuerpos desde el exterior, sino que necesariamente se produce en el interior de la estructura familiar, con toda una serie de dispositivos que no analizaremos aquí, pero que por sólo mencionar uno podríamos empezar por “la culpa”. Sin embargo, y como cualquier mente mínimamente pensante podría constatar en su relato autobiográfico, este abuso que, como ya dijimos, produce y habilita la condición de posibilidad de los otros tipificados, no es (no podría de todos modos serlo) tipificable de acuerdo al aparato jurídico Estatal, y se torna tan sólo y trágicamente perceptible a través de sus efectos, naturalizados y considerados, desgraciadamente, en la mayoría de los casos y por muchas personas una vez más deseando el deseo del Estado.
Así las cosas, y pese a la Ley, la estadística arroja de acuerdo a las denuncias que una violación se produce en la región ocupada por el Estado argentino, cada 48hs (más del 60%, de acuerdo a las crifras oficiales, dentro de la estructura familiar), para indignación de las hetero señoras y las buenas feministas que creen que la violencia “espontánea” en términos sexuales es lo peor que puede acontecernos porque la mancha permanecerá indeleblemente en nuestra piel, marcando un camino único –el de la normalidad o la anormalidad- en la gestión de los placeres. Estas mujeres no suelen mostrarse consternadas ante las magníficas redes de violencia y subjetivización por parte de la familia. Las mismas voces que se alzan para condenar y pedir desde castración química, linchamientos públicos, penas de muerte a abusadores, jamás se detendrá a pensar sus propias formas de abuso de su público cautivo, es decir, su prole. Me refiero a quienes tuvimos que padecer la desgracia de ser hijas, violencia de género, privativa a la estructura de parentesco llamada familia, que, como ya vimos, nos produce por y para un heterorégimen de control y disciplina actual a deshacer. Como afirma la especialista en infantilismo, Laura Contrera: “El avasallamiento de las sexualidades infantiles se produce antes de que efectivamente haya acaecido el hecho esperado. La mirada moral y temerosa de la sociedad bienpensante ha engendrado y seguirá engendrando eso mismo que teme para sus tiernos frutos. La vigilancia –parental y estatal- impide por su propia definición la producción de una autogestión responsable del propio cuerpo infantil ... El peligro difuso de la sexualidad autoriza todo tipo de controles y toma contornos definidos: el miedo delinea cuerpos que desconocen sus posibilidades de resistencia, como ha sucedido tradicionalmente con las mujeres y la violación. Seguir pensando –y produciendo- la infancia como una víctima ineluctable de las voracidades adultas no ha salvado a nadie. La infancia es sometida cotidianamente, de distintas maneras –aquí es donde intervienen esos espacios de superposición entre género, sexo, clase y etnia- y es en este mismo sometimiento donde se producen las subjetividades infantiles: cuerpos inermes, expuestos a todo mal, niñxs que no conocen sus potencialidades ni disponen de esos cuerpos.”
La precariedad afectiva, la falta de contención lisa y llana, el psicopateo permanente, la minusvalización de nuestras potencias, la pena y la conmiseración hasta en la vida adulta por parte padres y madres en todos sus grados y medidas y en todas sus formas, el aniquilamiento por parte de la heteronormalidad de la familia moderna nuclear (o alternativa, da igual) ya no nos conmueve: “Necesitamos la crónica de algún crimen sexual especialmente cruento para despabilarnos. Y comenzar otra vez la eterna letanía dirigida al Estado de derecho, ese donde el interés del niño siempre es rey sin corona.”
Sin embargo, hay abuso, aunque no sea reconocido (inteligible) en la tipificación del Código Penal, porque se fuerza una relación de dominación y de dependencia hasta el límite mismo de lo constitutivamente tolerable. Porque el abuso, como ya repetimos hasta el agotamiento, no debe ser, metalepticamente, confundido con el despliegue de sus fuerzas, delitos nomenclados en la lista reactiva del aparato judicial. El crimen es previo: es el abuso del vínculo apasionado y amatorio, abuso y pasión, a la estructura de parentesco llamada familia propias de la heterosexualidad como régimen político contra la cual se despachaba la lesbofeminista radical Shulamith Firestone. Esta metalepsis se produce cuando el sujeto producido por el poder es proclamado sujeto que funda el poder. No obstante, el proceso de asumir el poder puede conllevar una modificación tal que el poder asumido o apropiado acabe actuando en contra del poder que hizo posible esa asunción. Es claro que para que pueda actuar, el poder necesita un sujeto que lo actúe, pero ese sujeto no es el origen del poder. Es fundamental, por ende, socavar su causa mucho más que su efecto. Este razonamiento permite no considerar a quienes abusan como monstruos
sui generis, para comenzar a verlos como productos de estructuras institucionales internalizadas pero contingentes que es necesario destruir. Y por sobre todo nos permite ver el abuso primario que nos constituyó, en esa violencia originaria, a la cual todavía ciegas, se nos introdujo en la pesadilla llamada sociedad, para poder emerger luminosamente a la alegría de la existencia, para poder hacer de lo siniestro, maravilla.







Remedio para melancólicos

La destrucción progresiva o espontánea de la familia monogámica
prepara el terreno al triunfo de nuestro ideal
Giovanni Rossi

No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas armas.
Gilles Deleuze

La producción heterocapitalista y la heteronorma infantilizan, subordinan nuestras facultades vitales a un guión que obliga –y hacen desear- un tipo de vida completamente sometido, y en la misma avanzada, nos expropia nuestra capacidad de formular interrogantes y cuestionamientos en el espacio esclavizado de nuestra existencia en pos de la felicidad, que reemplaza a la alegría del las potencias. El filósofo francés Gilles Deleuze en un sencillo texto que intenta dar un pasito más allá de la magnífica tesis de Foucault sobre las sociedades disciplinarias afirma: “La familia es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. … Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: todo el mundo sabe que estas instituciones están terminadas, más o menos a corto plazo. Solo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de nuevas fuerzas…Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.”
Todas aquellas que devengo, todas aquellas que hubiera podido devenir, son puestas a obedecer, y a mentir por la familia, y su unidad. El Yo traiciona hasta en lo que recuerda, por ese “amor” (¿?), como anulación de todas las potencias incluso el odio y la rara rabia ardiente. Estos son los nuevos mecanismos de control que rivalizan y concomitan con los más duros encierros y/o las más obscenas sexualidades impuestas.
Por el contrario, postulamos, precisamente para irrumpir en lo que se ha convertido en conocimiento fijo y realidad cognoscible con nuestra propia realidad, una demanda ética primordial que ningún lazo afectivo podrá abusar jamás: la vulnerabilidad, también inmanente al cuerpo y a la vinculación afectiva/amatoria con otras y otros. El conjunto de esclavos se desune en torno a una singularidad que es la tierra fértil donde crece la amistad, afinidad y afectividad antisocial que no se base en el matrimonio, o la pareja, como rector de las sexualidades y las proximidades. Trascender, así, los límites naturalizados de la familia y el parentezco heteronormal, que rigen el deber ser de nuestra sexualidad, y de nuestra existencia, que será reemplazada (no superadoramente en síntesis, sino apasionadamente destruida) por una ética no individual (y, al mismo tiempo, respetuosa de la singularidad y sus potencias), una ética nueva del hacer contra la dominación. Ya no más hijas de Layo, devenir grito de Antígona y cesar de ser mitos. Sin melancolía, dejar atrás agudamente el concepto “familia”, verdadero relación sadomasoquista, auténtico bondage shibari que sí podemos desanudar para construir nuevos lazos: exilio familiar hacia la alegría de vivir sin ser hijxs sin ser madres.







































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