martes, 8 de octubre de 2013

Encontrarse en el desierto, armar la manada






Encontrarse en el desierto, armar la manada

Somos desertoras de nuestra clase, como lo eran los esclavos americanos fugitivos cuando se escapaban de la esclavitud y se volvían libres. Para nosotras, ésta es una necesidad absoluta; nuestra supervivencia exige que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a destruir esa clase- las mujeres- con la cual los hombres se apropian de las mujeres. Y esto sólo puede lograrse por medio de la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas de la diferencia entre los sexos para justificar esta opresión”.
Monique Wittig


No es solo en la actualidad, como suele creerse, que los humanos experimentan con animales, y los modifican geneticamente de acuerdo a su beneficio. Roland Barthes cuenta en sus clases publicadas bajo el nombre de Cómo vivir juntos que el primer animal domesticado fue el perro. Todo comenzó, aparentemente, 10.000 años atrás cuando los lobos comienzan a seguir a los hombres y sus restos de caza -que para ese momento ya se había tornado hace rato indiscriminada-. Lentamente, los humanos hacen de los lobos perros que favorecen sus estrategias como cazadores y la uso de la ganadería, es decir, los perros -docilización lobuna por la mano humana- estimulan, una aún mayor explotación animal y la aparición de la propiedad privada de manera extensiva y eficiente. El perro, mutación dócil y bonsai expropiada en sus potencias a partir de los lobos de Europa y Asia por la mano del hombre. El perro, pobre animal servil y sumiso, fiel seguidor de sus Amos, esclavo de humanos.

Hoy perduran dentro de los cuerpos humanos varios de los gestos perrunos de sumisión, y casi ninguno de la animalidad que un can todavía porta, pese a no ser más lobo. Hoy, de un lado la nueva humanidad ciudadana, meticulosamente formateada, ausente de sí y dócil hasta la zombificación, fiel a sí misma, a su proyecto de Progreso, Humanismo, Industrialización. ¿Cómo conseguir fugar de esa subjetividad doméstica-da de caniche toy para devenir lobos esteparios? Dentro de ese panorama, es mejor, tal vez, exiliarse. Quien se exilia exilia, el extranjero que parte se lleva consigo la ciudad habitable. Quien se pierda adentrándose en el desierto, quizás porte la fatalidad de nuevos encuentros que se abaten con tanta gratuidad. Frente a la comunidad terrible que se propagó como plaga por el planeta, diezmándonos en nuestra capacidad de responderle y enfrentarla, hecha de buena conciencia e intenciones, hecha de adulación, ausencia sin gestos, mediocridad, hecha de vigilancia y control recíproco para quienes desertan (o desiertan), oponer una máquina ascética hecha de simpatía, ligereza, y affidamento, que roce intimamente lo que nos rodea y se aleje raudamente de las formas por todas conocidas de las tristezas. Allí está el desierto, que no es, como los humanos sedentarios creen, el abandono absoluto al vacío, sino el lugar habitado por las multiplicidades intensivas, paraje de manadas, que los humanos no se atreven ni siquiera a ver. En el mundo del nomadismo no existe encuentro que no sea político.

Desertar es tal vez acercarse, a través del devenir, a la situación más alejada del humanismo, privativamente dueño de sus propias soberanías sometidas, amo y señor de su esclavitud mendicante de mejoras. Desertar la sociedad heterocapitalista porque ahí solo hay ciudadanos imperiales haciendo bloque contra todo lo poco que aún queda de potente en nuestros cuerpos. Desertar significa irse al desierto, arrojarse, dejarse caer, precipitarse a los devenires alegres, decir que “no”, preferir no hacerlo. Devenir lobas y órdenes menores. Desertar equivale a la ausencia de jefes, la línea de fuga de la línea de fuga, la anomalidad. El desierto no es la desertificación afectiva del campo de soja germinando semillas de Monsanto que alimenta la subjetividad de la metrópolis hetero-imperial. Nada está más desertificado que la fertilidad programada de los nacimientos y los cálculos reproductivos de las nursery, la estimulación estrogénica blanda mujeril de la reproducción asistida y demográfica de la civilización estatal y los deseos productivos de maternar. Por lo tanto, desertar implica resistir el socialitarismo civil imperial despótico propio del día del amigo de la cerveza Quilmes, y de la reunión de ex compañeros de la escuela. Resistir así reincorporarse socialmente a la filas de las madres coraje en pos de un uso reflexivo de los placeres que destrabe una subjetividad gatuna, fluida, hecha de distancias y encuentros, no de vinculación, pertenencia y sangre. Desertar es decir negarse a lo que aún haya de humano en nosotras.

Desertar supone irse al desierto, significa reconciliarse, anacoréticamente, con la soledad. No estamos suficientemente solas en este mundo de hiperconexión permanente aislante fachabukiana. Sufrimos el exceso de comunicación mediante los dispositivos generizantes semióticos del régimen farmacopornográfico que producen hasta nuestros más recónditos deseos solidarios con el heterocapitalismo. Irse al desierto es menester para poder crear “vacuolas de soledad y silencio”, para tener al fin algo que decir, tal como Pal Pelbart nos cuenta que decía el Santo Deleuze. Realizar, entonces, actos de alejamiento del heteromundo, máquinas célibes con los dispositivos de heteronormativización societaria para poder hacer de nuestros cuerpos máquinas de guerra sedisiosas. Buscar en la soledad éxodos necesarios, acurrucarse en el desierto, y otorgar un valor estratégico a la retirada ofensiva, pivotear para alejarse, no enfrentar a los fantasmas: retirarse significa dejar de ir a entablar ciertos debates y diálogos donde ya nadie tiene capacidad de oir, tapadas por el parloteo frenético de la liturgia reformista y poco radicalizada de lo que siempre se ha dicho, el zumbido ensordecedor de la ausencia: las políticas clásicas, sus formas y sus maneras, su marxianismo biologisista hasta el vómito: el Monsanto de la insurrección, ha patentado formas infértiles de devastación desertificante del mundo de los afectos y las afectaciones radicales, reterritorializan todo con su nuevo dios Ciencia. Quienes se alimenten del pan amasado con este trigo, abonan con su heces pestilentes al mundo de la heterosexualidad como régimen político, e intentan destruir con su ausente hostilidad, con su negativa a tomar posición y partido, a quienes aún consiguen combatir este espanto blanco llamado Civilización Occidental. Estar sola es asociarse con el elemento criminal indispensable: traicionar sin nostalgias la familia, la clase, la patria, la condición de autor, la pertenencia, el género.

Y desde el fondo de esa soledad, interrumpida por una puesta en común de las distancias, revelar no sólo el rechazo de una “sociabilidad envenenada”, sino al mismo tiempo llamar-convocar a una nueva solidaridad de manadas por venir. La manada es el tejido de solidaridades y disensiones inconfesables: desviadas, pobres, prisioneras, ladronas, criminales, locas, perversas, corrompidas, demasiado vivas, desbordantes, perdidas, putas cuyas prácticas desobedecen las asignaciones biopolíticas propias de la heterosexualidad como régimen político y los órdenes mayores de una feminidad hegemónica permanenente que quiere gustar-agradar sin ofender a nadie. El desierto tiende el manto de la noche solitaria más poblada de potencias. Desde el fondo de ese exilio, se pueden propiciar los encuentros con otras migrantes, con otras desertoras. ¡Y no sólo con personas! Sino con movimientos, ideas, acontecimientos, entidades. El desierto es la condición sine qua non para la experimentación consigo misma, y ésa es la única existencia digna de ser luego observada sin entristecernos: ¿en qué he conseguido acecharme hasta la mutación y el devenir, en qué no he seguido a los rebaños, para aliarme con las bandas y las manadas de lobos amantes que desean la destrucción de la sociedad, y se disponen al desastre para rebatir la catástrofe creada por el Dios Progreso Humano Civilizador de las salvajes?

Encontrarse no es chocarse con otro, apretujada en el subterráneo de estas ciudades civilizadas, sino experimentar las distancias que nos separan y nos anudan a una suerte común contra este mundo tal como lo conocemos. La manada que vive en los cuerpos singulares, suspende el juicio moral, mediante actos de brujería, convocan aullando a las aliadas que están siempre ahí temporariamente. Tal vez una vela que se consume por ambos extremos no arderá toda la noche, pero su llama enceguecedora prende el fuego esta noche eterna, y, ay, qué hermosa luz nos comparte. Cuando dos o más cuerpos afectados en un chronotopos por la misma forma-de-vida no humanista se encuentran, tienen la experiencia de la manada, es decir, se enciénde el contacto con la propia potencia. Cuando ciertos cuerpos se inclinan y tienden así hacia otro, se alza la manada. Occidente Hetero intenta contener y pulverizar toda la gama de afectos, sobrecogedores grados de intensidades, que pueden producirse entre singularidades en contacto, y subsumirnos a la miseria ético-afectiva del mundo mediante la pareja y la familia, dispositivos claves contrarios a la manada y al incremento de las potencias.

La mujer es el artefacto político que no consigue asumir la soledad, siempre en busca de quién la complete, de quién la ampare, la proteja, la cobije, la resguarde, siempre esperando al príncipe o -la princesa- azul, siempre aguardando algo que estimule su abúlico tedio existencial femenino hegemónico de ángel del hogar sin más afirmación que su melancolía. La soledad en el desierto es la forma que reviste el medio de encuentro de quién procura desertar de las formas del yo-soy-mujer, llevándose en la retirada y el éxodo las armas y los afectos necesarios.

Nos borramos, difuminamos el universal que en nuestra especie humana heterocentrada propaga la muerte de todos los existentes para emprender la fuga, el exilio, fuera de los estratos del control, fuera de las lógicas binarias varón-mujer/humano-animal/heterosexual-homosexual, combatimos para devenir múltiples. No más lágrimas.

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