domingo, 18 de agosto de 2013

Más allá de toda luminosidad. (Foucault para encapuchadxs adelanto nuevo libro)


Más allá de toda luminosidad

Mientras exista una clase inferior, perteneceré a ella.
Mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de él.
Mientras permanezca un alma en prisión, no seré libre.
La dijo Eugene Debbs, pero hubiéramos querido que la dijera Bakunin.




Hoy por hoy, es inapelable el planteo de que el binarismo sexual (la construcción de los cuerpos sexuados como varón/mujer de acuerdo a un ideal regulador llamado género) es un mito, una ficción cuyo objetivo (uno de los...) es presentar diferencias económicas, políticas, de formas-de-vida como hechos naturales, y de ese modo, perpetuarlas. Y recordemos que nada hay más real y tangible que una ficción (genérica).
A través de la repetición de esta noción contingente, como así también de toda otra noción sobre las que se asienta “comodamente” el mundo que hasta ahora hemos conocido (familia, propiedad, trabajo, monogamia, amor romántico, heterosexualidad et cetera), se logra la encarnación de las normas hegemónicas en cuerpos e identidades que se presentan como hechos naturales. Si bien el ejercicio mental que implica siquiera concebir eso de manera diferente es titánico, todos estos datos no responden a una naturaleza transparente, sino que son convenciones que tarde o temprano caerán en desuso, y serán reemplazadas por otras, más útiles a otro sistema. Sin embargo, ¿cómo se deshace esto? ¿Sólo por la voluntad? ¿Dónde están los sueños de cambio radical? ¿Cuáles son sus estrategias? Es momento de armar entonces nuevas máquinas de guerra libertarias, de afilar nuestros cuchillos, ai feri corti pero anomal.
La violencia de género llamada “mujer”, tal como hemos sido advertidas muchas veces, ignora la subordinación en términos de raza, clase, elección sexual, entre otras cuestiones relevantísimas. Contra esa violencia nos expresamos. Podríamos trazar un juego de sentidos entre “apropiado” que en la crítica literaria de la antigüedad es llamado “to prépon” (en griego) o “decus” (en latín), y el género (binarismo sexual, pero también literario) como ficción narrativa: lo que no es apropiado refiere a aquellos modos de narrar que no se someten a las reglas de la correcta escritura literaria, de la correcta ficción heterosexual. Ficción del latín fingo: crear, hacer, dar forma. De este modo, además de hetero-normativizar todos los cuerpos, la biología y su brazo armado, la medicina, encontraron un buen campo de acción entre todas aquellas personas cuyas potencias eran, al parecer, diferentes, aunque, como nos recuerda Thomas Lacqueur, nada hay más parecido a un ser humano, biológicamente hablando, que otro ser humano.
Las feministas excluyentes y esencialistas ponen en evidencia no sólo la reproducción del modelo de segregación racial/física/corporal/de clase/ et cetera, que ya el feminismo había tenido con sus mujeres negras, judías, pobres, latinas, lesbianas y todos los cruces que se puedan imaginar en otras épocas. ¿Quiénes se hacen presentes cuando se dice “movimiento feminista”? ¿Quiénes se dicen “mujer” y bajo qué prerrogativas? El problema no sería tanto quiénes pertenecen al movimiento llamado “feminismo”, sino, qué piensan y cómo viven quienes quieren estar dentro de él, o quienes lo están efectivamente. Opt out, I prefer not to, preferimos no . Usted tiene que desistir...
Asimismo, la trampa de la identidad atrapa bajo el lema trans, allí también se escuchan ontolgías que se presentan como libres elecciones de una nueva identidad, no reconocida aún, que golpea a gritos las puertas para poder ingresar tanto al género como al sexo, poder ser (hetero)normales... La gestión de los deseos de la heteronormalidad desconoce límites. Reclamar sus derechos, imitar los gestos de la antigua gesta feminista, sobre todo indignarse cuando los médicos (la policía de la biopolítica) maltratan con sus protocolos...Y más temprano que tarde, imitarán los errores del caduco feminismo humanista: libretas sanitarias e identitarias, trabajos dignos, una familia, salud reproductiva, maternidades alternativas, profesiones, prestigios, ... peticionando ciegamente ante un Estado que solo se hace fuerte -como el dios de los evangelios- cuando se lo invoca y se lo convoca. Sus cuerpos pierden en ese proceso de adaptación todo lo que había en ellos de disruptivo.
¿La única manera de existir es “ser ontologicamente”, ser “identitariamente”, la única manera de tener existencia social? ¿Cómo se puede pensar que es más digno trabajar como sirvienta de una mujer, que como puta de un varón con una paga mucho más elevada? ¿Cómo, cooptadas por el discurso de la correción e inserción social, se forman, con subsidios estatales, cooperativas de trabajo textil, con jerarquías y presidentas, se dialoga con los poderes para pedir trabajos, para salir de las calles y entrar a la línea de reposición o de caja de un supermercado para controlar los bolsos de clientes que quizás estén cometiendo pequeños actos de expropiación? Reflujo de las identidades y sus reterritorializaciones, la única fuga posible es el nomadismo permanente tal vez hacia la nada. ¿Cómo hacer?
Obtejamos el deseo de querer llevar adelante una existencia “normal”, es decir hetero, para obtener una buena calidad de vida, llegar a ocupar el nivel de la variable mayor del par metafísico. E insistimos: cualquier identidad de género que pudiera ser materia de reivindicación carece de todo planteo revulsivo. Aquí la coartada de los derechos civiles y de la ilusión de la inclusión, armadilla que la democracia (o el socialismo), el mejor sistema de boicot a la lucha, creó para que todas nos quedemos tranquilitas, y trabajando como Dios manda. La famosa anarquista Emma Goldman a principio del siglo XX había advertido acerca de los peligros de confundir el derecho a voto con el poder de decisión y emancipación física y mental. La heternorma se viene apropiando de las expresiones de género subalternas haciendo que todo lo que tenía de incivilizado perezca al ser tomado, debatido y aceptado por el Estado y sus instituciones micro-instaladas y encarnadas por los cuerpos. Lo subalterno se convierte, entonces, en proyectos de legitimación política domesticados por el sistema heterocapitalista.
Si el cuerpo es un artefacto político, social y cultural y no una naturaleza pasiva gobernada por la cultura, el sexo emerge desde el género, y no el género desde el sexo; se trata de un complejo mecanismo, una tecnología que define al sujeto como masculino o femenino en un proceso de heteronormalización y regulación orientado a producir el ser humano esperado para asignarle una función social, sus deseos, sus formas-de-vida, sus modos de afectación, sus maneras de percibir todo lo que le rodea. Por eso, la importancia de desestabilizar las heteronormatividad de las formas hegemónicas de la identidad sexuada y la búsqueda de nuevos agenciamientos ya no como sujetos identitarios de una política civilizada, civil y ciudadana, sino como manadas desatadas desquiciantes del régimen.
¿Cuál sería el objeto de los derechos civiles, de que nos acepte la sociedad, de que nos deje convivir “en paz”, cuál sería el sentido de iguales derechos? ¿Iguales a qué? ¿A quiénes? ¿Iguales para quién? Más aun, ¿el deseo es acaso real, individual, efectivo, y depende de los sujetos, o está mediado y normativizado por nuestra cultura, construido, gestionado, administrado, controlado en el proceso de encarnación de la identidad sexo-génerica humana? El deseo, que indudablemente ha variado a lo largo de la historia, viene de la mano de un concepto todavía más peligroso: la elección, o libre albedrío, o soberanía, que habla de la garantía de los sujetos individuales de expresarse libremente en un mundo de posibilidades, el concepto liberal de “autonomía de los sujetos” (¡vaya oxímoron!). ¿Quiénes hablan a través de nuestros cuerpos cuando decimos “Yo quiero esto para mí”? Como creía Spinoza, la libertad solo puede ser contruida, no es algo dado, algo con lo que nacemos.
San Foucault llama policía al orden de los cuerpos que hace que una actividad sea visible y que otra no, que una palabra sea entendida como perteneciente al discurso y otra al ruido. Opone la política como actividad que desplaza un cuerpo del sitio que le estaba asignado, y hace ver lo que no tenía razón para ser visto, una arquitectura, un régimen sobre lo cuerpos rebeldes, alegres y nómades de la performatividad que ponen en evidencia lo construido (y por ende lo modificable) de las identidades de género y de su relación y la socio-sexualidad, con las afectaciones. En el análisis del pensador francés, las prohibiciones y reglas que refieren a los comportamientos sexuales, lejos de reprimir o inhibir la sexualidad (y nosotras aregaríamos los deseos y las afectaciones que allí se desprenden), las producen, tal como la maquinaria industrial produce mercancías o bienes de consumo, y al hacerlo producen también relaciones sociales. Las tecnologías del sexo de funcionan como un conjunto de técnicas dispuestas para maximizar la vida en torno a figuras privilegiadas de una sociedad que apila espanto cual arena en las playas. Como aparato de producción y captura, el género constituye individuos concretos en cuanto “varones” y “mujeres” masacrando sus potencias insondable que apriorísticamente no puede ser definidas de acuerdo a la moral taxónomica de la pertenecia al género y a una especie.
No podemos continuar desentendiéndonos del género como cómplice cuando ha jugado un rol fundamental en la construcción histórica de la división heterocapitalista y en la reproducción de la fuerza de trabajo, pero así también en la división de tareas, en la opresión y exclusión y explotación, en la creación de un régimen familiarista edipizante de formas-de-vida solidarias a este Imperio. Del mismo modo que no podemos resolver o suprimir la incómoda condición del binarismo sexo/género asexuándolo o haciéndolo una mera metáfora, negándolo de facto nominalmente, -como si el hecho de que las sillas no nazcan de los árboles niega su existencia y el disciplinamiento que nuestras vértebras lumbares han sufrido por ese dispositivo-, tampoco podremos resolver el lugar asignado a las diferentes expresiones de género resignado, ignorando y abstrayéndonos de las normas hetero-sociales y las hegemonías que responden y habitan esos cuerpos en pos de un criterio de libre elección de sujetos soberanos. Recordemos que toda relación y toda práctica es un lugar de cambio potencial y de reproducción simultáneamente.
La postmodernidad como mero discurso reconstructivo de la muerte de la razón iluminista nos lleva a creer que las cosas sólo son modificables en términos de reconciliación, resarcimiento y reivindicación (tolerancia, respeto, derechos, ley). Sin embargo, el horizonte de expectativa deseable y deseante estamos frente a una oportunidad única de desacralización de los géneros, y las esencias, pase de magia fundamental para nuestras luchas libertarias concretas contra la heterosexualidad como régimen político.

No hay comentarios:

Publicar un comentario