miércoles, 24 de julio de 2013

La guerra recien ha comenzado

"Lo relevante no es quién combate sino qué se combate, ni quién organiza, ni el grado de organización, sino lo certeras de las acciones y el fortalecimiento de las luchas".

Proposición V

A toda preocupación moral, a todo anhelo de pureza, oponemos la elaboración colectiva de una estrategia.
Nada es malo salvo lo que perjudica el desarrollo de nuestra potencia.
Pertenece a esta resolución dejar de distinguir entre economía y política.
La perspectiva de formar bandas no nos espanta; la de ser tomados por una mafia más bien nos divierte.
Explicación
Se nos ha vendido esta mentira: lo que tendríamos de más propio es lo que nos distinguiría de lo común.
Nosotros hacemos la experiencia inversa: toda singularidad se experimenta en el modo y la intensidad con la que un ser hace existir algo común.
En el fondo, es de ahí desde donde partimos, donde nos encontramos.
Lo más singular en nosotros apela a un compartir.
Ahora bien, constatamos la siguiente evidencia: lo que tenemos para compartir no solamente no es compatible con el orden dominante, sino que este persigue encarnizadamente toda forma del compartir de la que no dicte las reglas. En las metrópolis, por ejemplo, el cuartel, el hospital, la cárcel, el asilo y el geriátrico son las únicas formas admitidas de habitación colectiva. El estado normal es el aislamiento de cada cual en su habitáculo privado. Es allí donde se vuelve invariablemente, por más conmovedores o repulsivos que sean los encuentros que se experimenten en cualquier otra parte.

Nosotros hemos conocido estas condiciones de existencia y jamás volveremos a ellas. Nos debilitan demasiado. Nos vuelven demasiado vulnerables. Nos marchitan.

El aislamiento, en las “sociedades tradicionales”, es la pena más dura a la que pueda condenarse a un miembro de la comunidad. Hoy en día es la condición común. El resto del desastre se deduce de aquí lógicamente. Es en virtud de la idea limitada que cada uno se hace de su “hogar” que parece natural dejar el espacio de la calle en manos de la policía. No SE habría podido convertir el mundo en un lugar tan inhabitable bajo la pretensión de controlar toda sociabilidad –de los mercados a los bares, de las empresas a las trastiendas– si no SE hubiese acordado antes a cada cual el espacio privado como refugio.

En nuestra fuga de las condiciones de existencia que nos mutilan, hemos encontrado las okupaciones o, mejor dicho, la escena okupa internacional. En esta constelación de lugares okupados donde se experimentan, se diga lo que se diga, formas de agregación colectiva fuera de control, conocimos, en un primer momento, un aumento de potencia. Nos organizamos para la supervivencia elemental –reapropiación, trabajos colectivos, comidas compartidas, puesta en común de técnicas, de materiales, de inclinaciones amorosas– y encontramos formas de expresión política –conciertos, manifestaciones, acción directa, sabotaje, octavillas.

Luego, poco a poco, vimos cómo lo que nos rodeaba se transformaba en ambiente y de ambiente en escena. Vimos el dictado de una moral sustituir a la elaboración de una estrategia. Vimos cómo se solidificaban normas, se construían reputaciones, lo que fueron hallazgos se ponían a funcionar y todo se convertía en algo previsible. La aventura colectiva mutó en triste cohabitación. Una tolerancia hostil se apoderó de todas las relaciones. Hicimos una componenda. Y como no podía ser de otro modo, lo que supuestamente debía ser un contra-mundo se vio reducido finalmente a un simple reflejo del mundo dominante: los mismos juegos de valorización personal en el terreno de las reapropiaciones, de la pelea, de la corrección política o de la radicalidad. El mismo sórdido liberalismo en la vida afectiva, el mismo afán de territorio, de dominio, la misma escisión entre vida cotidiana y actividad política, las mismas paranoias identitarias. Y para los más afortunados, el lujo de poder escapar periódicamente de su miseria local llevándola consigo allí donde todavía puede resultar novedosa.
No achacamos estas debilidades a la forma-okupación. Ni renegamos ni desertamos de ella. Decimos que okupar no volverá a tener un sentido para nosotros más que bajo la condición de entenderse a partir de este compartir al que nos hemos comprometido. En las okupaciones, como en todas partes, la confección colectiva de una estrategia es la única alternativa frente al repliegue en una identidad, a la integración o al gueto.
En materia de estrategia, recordamos todas las lecciones de la “tradición de los vencidos”.
Nos acordamos de los inicios del movimiento obrero.
Nos son cercanos.
Porque lo que se puso en marcha en aquella fase inicial se relaciona directamente con lo que vivimos, con lo que hoy queremos poner en marcha.
La constitución en fuerza de lo que habría de llamarse “movimiento obrero” se apoyó en su inicio en la puesta en común de prácticas criminales. Las cajas de solidaridad en caso de huelga, los sabotajes, las sociedades secretas, la violencia de clase, las primeras formas de apoyo mutuo como modo de superar la supervivencia individual, se desarrollaron a sabiendas de su carácter ilegal, de su antagonismo.
Fue en Estados Unidos donde la similitud entre formas de organización obrera y criminalidad organizada se hizo más tangible. La potencia de los proletarios americanos al inicio de la era industrial obedeció tanto al desarrollo, en el seno de la comunidad de los trabajadores, de una fuerza de destrucción y de represalia contra el Capital, como a la existencia de solidaridades clandestinas. La reversibilidad constante del trabajador en malhechor trajo como respuesta un control sistemático y la “moralización” de toda forma de organización autónoma. Se criminalizó como gang todo lo que excedía al ideal del honesto trabajador. Hasta quedar la mafia de un lado y los sindicatos del otro, ambos producto de una recíproca amputación.

En Europa, la integración de las formas de organización obrera en el aparato de gestión estatal –fundamento de la socialdemocracia– se pagó con la renuncia a asumir la más mínima capacidad de ataque. Pero también aquí la emergencia del movimiento obrero fue producto de solidaridades materiales, de una urgente necesidad de comunismo. Las “casas del pueblo” fueron los últimos refugios de esta similitud entre necesidades de comunización inmediata y necesidades estratégicas ligadas a la puesta en marcha del proceso revolucionario. El “movimiento obrero” se desarrolló desde entonces como progresiva separación entre la corriente cooperativista –nicho económico segado de su razón estratégica de ser– y las formas políticas y sindicales proyectadas sobre el terreno del parlamentarismo, de la cogestión. Del abandono de todo objetivo secesionista nació un absurdo: la izquierda.
Y el punto culminante se alcanzó cuando los sindicalistas denunciaron el recurso a la violencia clamando a quien quisiera oírlos que colaborarían con la policía para controlar a los que rompiesen lunas de comercios o bancos.

El endurecimiento policial de los Estados en los últimos años solamente prueba que las sociedades occidentales han perdido toda fuerza de agregación; no hacen más que gestionar su ineluctable descomposición.
Es decir, esencialmente, impedir toda reagregación, pulverizar todo lo que emerge.
Todo lo que deserte.
Todo lo que rompa con lo establecido.
Pero poco importa. El estado de ruina interior de estas sociedades muestra un número creciente de grietas. El continuo reestablecimiento de las apariencias nada puede hacer al respecto: más allá se forman mundos. En okupaciones, comunas, grupúsculos, barrios que intentan escapar a la desolación capitalista. La mayoría de las veces estas tentativas abortan o mueren de autarquía, incapaces de establecer los contactos, las solidaridades apropiadas. Incapaces también de percibirse como parte activa en la guerra civil mundial.
Pero todas estas reagregaciones no son apenas nada comparadas con el deseo masivo, el deseo siempre pospuesto, de dejarlo todo. De partir.
En diez años, entre dos censos, cien mil personas han desaparecido en Gran Bretaña. Han cogido un camión, un billete, han tomado ácidos o se han ido al monte. Se han desafiliado. Han partido.
Nosotros habríamos deseado, en nuestra desafiliación, tener un lugar al que llegar, un partido que tomar, una dirección que seguir.
Muchos que parten se pierden.
Y no llegan jamás.

Nuestra estrategia es pues la siguiente: establecer aquí y ahora un conjunto de focos de deserción, de polos de secesión, de puntos de reunión. Para los que se fugan. Para los que parten. Un conjunto de lugares donde sustraerse al imperio de una civilización que camina hacia el precipicio.
Se trata de darse los medios, encontrar la escala en la que puedan resolverse una serie de cuestiones que, planteadas individualmente, nos sumen en la depresión. ¿Cómo deshacerse de las dependencias que nos debilitan? ¿Cómo organizarse para dejar de trabajar? ¿Cómo establecerse fuera de la toxicidad de las metrópolis sin, por otro lado, “irse al campo”? ¿Cómo detener las centrales nucleares? ¿Cómo hacer para no verse forzado a recurrir al triturador psiquiátrico cuando un amigo se vuelve loco, ni a los medicamentos burdos de la medicina mecanicista cuando se pone enfermo? ¿Cómo vivir juntos sin aplastarse mutuamente? ¿Cómo acoger la muerte de un camarada? ¿Cómo arruinar al imperio?

Conocemos nuestra debilidad: hemos nacido y hemos crecido en sociedades pacificadas, en estado de disolución. No hemos tenido ocasión de adquirir la consistencia que dan los momentos de intensa confrontación colectiva. Ni los saberes a ellos asociados. Tenemos una educación política que madurar conjuntamente. Una educación teórica y práctica.
Para eso necesitamos lugares. Lugares donde organizarnos, donde compartir y desarrollar las técnicas requeridas. Donde ejercitarnos en el manejo de todo lo que pueda revelarse necesario. Donde cooperar. Si no hubiese renunciado a cualquier perspectiva política, la experimentación de la Bauhaus, con todo lo que contuvo de materialidad y de rigor, evocaría la idea que nos hacemos de espacios-tiempos dispuestos para la transmisión de saberes y de experiencias. Los Black Panthers también se dotaron de tales lugares, a los que añadieron su capacidad político-militar, las diez mil comidas gratuitas que distribuían diariamente, su prensa autónoma. Muy pronto se convirtieron en una amenaza tan evidente para el poder que este tuvo que enviar a los servicios especiales para masacrarlos.

Quien se constituya de este modo en fuerza sabe que se convierte en un partido en el desarrollo mundial de las hostilidades. La cuestión del recurso o de la renuncia a “la violencia” no es de las que un partido así se plantea. Y el propio pacifismo nos parece, en cualquier caso, un arma suplementaria al servicio del imperio, junto a los contingentes de CRS (Compagnies Républicaines de Sécurite. Cuerpo de la policía nacional) y de periodistas. Las consideraciones que deben ocuparnos en las condiciones del conflicto asimétrico que se nos impone, atañen a los modos de aparición y desaparición adecuados a cada una de nuestras prácticas. La manifestación, la acción a cara descubierta, la protesta indignada, son formas de lucha no solamente inadecuadas al régimen actual de dominación, sino contraproducentes, puesto que lo refuerzan alimentando, con informaciones continuamente actualizadas, sus sistemas de control. Parecería de buen juicio, vista la inconsistencia de las subjetividades contemporáneas, incluso la de nuestros dirigentes, y también considerando el pathos lacrimógeno con que se ha conseguido rodear la muerte del más insignificante de los ciudadanos, atacar los dispositivos materiales más que a los hombres que les confieren un rostro. Por cuidado estratégico. Por lo demás, son las formas operativas propias de todas las guerrillas a las que debemos prestar atención: sabotajes anónimos, acciones no reivindicadas, el recurso a técnicas fácilmente apropiables, contraataques a objetivos concretos.

No hay cuestión moral en el modo como nos procuramos nuestros medios de vivir y de luchar, sino una cuestión táctica sobre los medios que nos damos y el uso que hacemos de ellos.

“La manifestación del capitalismo en nuestras vidas es la tristeza”, decía una amiga.
Se trata de establecer las condiciones materiales de una disponibilidad compartida al goce.

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